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La visión de García Márquez

Juan Carlos Botero
05 de septiembre de 2008 – 09:18 p. m.

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DURANTE LAS ÚLTIMAS SEMANAS HEmos debatido la importancia de García Márquez, pero aún nos falta hablar de lo más relevante: la trascendencia de su visión.

Porque el auténtico valor de este novelista no se limita al hecho de que ha escrito buenos libros y firmado obras maestras. Otros en nuestra lengua han hecho lo mismo. El caso de García Márquez es distinto por una razón: confundimos nuestra realidad con su visión de la misma, y desde Cervantes ningún otro novelista en castellano había tenido un impacto cultural, a nivel mundial, comparable.

Los grandes autores, entre otras cosas, describen y recrean la realidad. Pero algunos talentos excepcionales además ofrecen una visión tan original y convincente de la misma, una interpretación tan poderosa y seductora, que a partir de entonces la definen para todos, y basta nombrar el artista para resumir un aspecto completo de la condición humana. Dante, Cervantes y Kafka, entre otros, son claros ejemplos de este calibre de creador, y por eso describimos una atrocidad como “dantesca”, un idealista como un “quijote”, y una burocracia como “kafkiana”. Otro ejemplo es García Márquez. Más aún, es probable que la imagen que se tiene de América Latina en Europa, en Asia, en Oriente y en Norteamérica (una imagen justa o falsa, fantástica o realista) está marcada y hasta determinada, en gran parte, por el trabajo de este narrador. O sea: se acepta la visión creada por García Márquez antes que la misma realidad, y cuando la gente en otros países piensa en América Latina, a menudo piensa primero en el mito de este autor.

 A nosotros nos pasa igual. Muchas veces sentimos la presencia del escritor en la vida diaria del hemisferio, pues su literatura tuvo la fuerza de imponer una manera nueva de concebir nuestro espacio. Se trata de una obra espejo, en la cual nos identificamos y reconocemos. A veces, inclusive, es tan efectiva la suplantación, que al caminar por América Latina, en vez de ver el mundo tangible lo que vemos es el ámbito de García Márquez, y entonces decimos: “Esto es Macondo”.

 Muy pocos novelistas han logrado, repito, algo semejante. Pero ojo: no estamos hablando de popularidad, un indicador endeble y relativo cuando se analiza la importancia de un artista. Sin ir más lejos, el pintor más famoso del norte de Europa a fines del siglo XIX no era Egon Schiele, ni Gustave Klimt ni Edvard Munch, sino el austriaco Hans Makart, hoy casi olvidado. Estamos hablando de impacto social. A nivel mundial. Y hacía 400 años no se reconocía, en torno a un novelista en español, una influencia cultural tan vasta y universal.

 Por eso se puede decir que García Márquez no es sólo el novelista más destacado de Colombia de toda su historia literaria, sino quizás es el más importante de la lengua castellana después de Cervantes. Y no sólo lo digo yo. Así lo señaló Pablo Neruda varias veces, y así lo decía el catedrático de Harvard Juan Marichal, cada vez que podía. Incluso, con el paso del tiempo, ese juicio parece más acertado.

 En fin, para ilustrar lo anterior, no sobra agregar un ejemplo elocuente. Uno de los autores latinoamericanos que admiro como a pocos por la calidad de su obra, la lucidez de sus ensayos y la abundancia de su talento (lo prolífico y el abanico tan amplio de sus inquietudes) es Mario Vargas Llosa. No siempre estoy de acuerdo con sus ideas políticas, pero desde hace años este escritor se merece el Premio Nobel de Literatura (es increíble que estando vivo Vargas Llosa lo haya ganado una escritora menor como Elfriede Jelinek, en 2004). Sin embargo, para ver la diferencia que existe entre estos dos autores, basta señalar que nadie describe un aspecto de la vida o de América Latina con el término “vargasllosino”. En cambio, cada día más se emplea el vocablo de Macondo.

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