Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
HA ALCANZADO A SALIR A LOS MEDIOS de comunicación, después de llevar en operación varios años, una madeja de complejidad inconcebible en la infiltración que ha tenido Don Mario y todo su poder en instancias decisorias de Medellín.
El alcalde Alonso Salazar, periodista e investigador de los hilos del narcotráfico en sus retratos escritos de Pablo Escobar y de Luis Carlos Galán, quien además manejó la Secretaría de Gobierno cuando Sergio Fajardo era alcalde, pide ahora toda atención del Fiscal General y del presidente Uribe para lo que resulta una amenaza concreta en una ciudad que pensaba haberse sacudido el prontuario del que ha sido poseedora.
Con meses de diferencia han salido las historias de Don Mario, de El Cebollero, del asesinato de testigos decisivos, de la penetración de la Fiscalía Seccional y de su director, Guillermo Valencia Cossio, de la Policía y su general Pedreros, de Juan Felipe Sierra, empresario de seguridad privada, y hasta tocó a Gustavo Villegas, quien manejó la reinserción. Y al lado de ellos un grupo de políticos acolitándolos. En este complicado escenario de bloqueo a las investigaciones y detenciones de los responsables del manejo de una criminalidad experta, la ciudad cuenta sólo con la presencia de los medios de comunicación como testigos de lo que mucho tiempo lleva oculto en operación.
Ya se había revelado aquí a Don Berna y a todos los capos del cartel de Medellín, a las oficinas de sicarios, pero también se había conseguido reconstruir una esperanza en un cuidadoso experimento de ciudadanía y de política participante. Es pues un tema urgente que toca al resto del país mirar ahora ese giro que ha tenido y la amenaza que se cierne sobre ella. Desentrañar el tejido de una alianza de impunidad. Por eso es clave que los medios nacionales y locales no cesen de informar este jaque.
Es curioso que Medellín haya tenido una relación tortuosa con los medios de comunicación. Fue consagrada durante los años 90 como el polo de violencia reconocible y de ella hicieron una locación para enviados internacionales que en la policlínica tenían el punto de partida, por las laderas descolgaban sicarios a producir magnicidios, estallaban carros bomba, aparecían personajes de leyenda que producían excentricidades y crímenes por igual, y era un guión para muchos medios que tuvieron su atención puesta aquí varios años. Incluso el periodismo local estaba sofocado por esta avalancha de violencia explícita.
Era tan monotemático el enfoque, tan reiterativos los personajes, que también los medios nacionales tenían sobre Medellín un sesgo que la identificaba con el tráfico de cocaína, con la cuna de Pablo Escobar y de los Ochoa y con unos índices de violencia sin paralelo aun en lugares de guerra declarada. También la ciudad ensayó desde 2003 la entrega de paramilitares y su reinserción a una sociedad para reconvertirlos, con un laboratorio urbano de desarmar a casi 4 mil, de los que muchos reincidieron y otros lograron persistir.
Fue el cansancio de esa imagen resquebrajada y la resistencia civil de una ciudadanía, lo que en muchos órdenes contuvo el apabullante paso de la ilegalidad que parecía adueñarse de todo. En estos últimos años los mismos medios nacionales y extranjeros pudieron ver la reconstrucción que intenta Medellín. Río de Janeiro escogió este ejemplo para mirar cómo era tratable una violencia urbana. Pero a pesar de los avances, este año ha quedado al destape el cruce de cables que ha tenido su nudo en la ciudad, como la sombra que han dejado estos años de armas y lucro. Los medios ejercen un control social que puede ser la diferencia entre retroceder a épocas aciagas o continuar en su correctivo. En esta encrucijada y después de lo conquistado, la ciudadanía no puede quedar sola entre la espada y la pared.