La niña de papá

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Abrir los ojos y descubrir se habita una casa sin techo: eso es perder al papá.

La relación padre-hija pasa ante nuestros sentidos de maneras contradictorias, inexplicables, sospechosas: a través de las historias inenarrables de los noticieros, de anécdotas edulcoradas por el exceso de amor (¿es posible amar demasiado a ese dios sin templo que es el papá?), o salpicadas por el reclamo. Si El olvido que seremos procediera de una pluma femenina, sin duda habría sido tildada de Electra.

Madre sí puede haber más de una. Y el padre no siempre es “cualquier hijueputa”.

El despectivo “hijita de papi” debería llevarse como una medalla en el pecho…

Dicen que los padres baby boomers (nacidos entre 1920 y 1949) educaron bajo la férula de la “doctora Correa”, que la generación X (1950 a 1979) lo hace con las pautas de la liberación femenina y los derechos de los niños, y que los millenials “desnaturalizaron” el castigo.

¿Acaso papá respondió a los esquemas de su tiempo?

A veces nos acosan los discursos de veneración del padre, desde una entrevista a Patricia Lara y la entrañable relación con su papá, hasta la pantalla de un televisor en blanco y negro con Andrea del Boca (Pinina) cantando: “Papi, papito corazón, no hay en el mundo un ser como tú”.

“No digo, naturalmente, que yo sea lo que soy solamente debido a tu influencia”: ¿Kafka “con falda”? O imaginar, en la ternura de la maleta del padre de Orhan Pamuk, no a un hombre que escribe, sino el temor recóndito de develar en nuestro padre a alguien… distinto al propio papá.

El amor de una hija —transformador, manipulador— hubiera domesticado al progenitor rebelde de El hombre que no quería ser padre, de Alfonso Buitrago.

¡Que nunca tambalee el pedestal! Mi papá está en sus apuntes —impecables, con plumilla, en papel traslúcido— de la Ruta Crítica del ingeniero civil. En los poemas de García Lorca y Pedro Salinas. En las suites para chelo de Bach. En el olor (insoportable) del whisky. En el ADN de mi hijo mayor. En los discursos políticos que adaptaba para multiplicar el sentido de sus palabras: “Ese reto es uno que estás dispuesta a aceptar, uno que no quieres posponer y uno en el que estás destinada a triunfar”. Kennedy ante la multitud (“We choose to go to the moon”) transformado en un padre que despide a su hija en un aeropuerto, aturdido por el desasosiego de verla crecer.

Cuando miro las fotos de mis amigos con sus hijas, me pregunto si son conscientes de los rituales secretos que configuran. Si sospechan que, tal vez, sus hijas buscarán algo de ellos en cada hombre que pase por su vida. Y que, al mismo tiempo, huirán de ciertos rasgos que lo traigan a su mente.

Las mujeres que hemos perdido al papá (a uno bueno) somos una casa sin techo, a la intemperie. Y cada amanecer reinventamos formas de despertar, de bailar y de volver a dormir bajo la lluvia.

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