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Apolo en tiempos de Dionisio

Un análisis del último libro de Mario Vargas Llosa, en el que se debate cuán cerca está el fin de la cultura.

10 de mayo de 2012 – 05:00 p. m.

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“Muchachos, maten a papá”.

Julio Cortázar usó esta frase para burlarse de los jóvenes que arrinconan a los viejos. Pero este no es el caso. Aquí, cero Edipo. El Vargas Llosa de Conversación en la catedral, La guerra del fin del mundo o La fiesta del Chivo merece respeto y no hay por qué matarlo. Al contrario, hay que admirarlo. Con estas novelas enormes Mario Vargas Llosa demostró ser un escritor de talento y logró dos cosas que queremos todos: convertirse en millonario y ser miembro del jet set.

Sin embargo —y esto era bien extraño—, al margen de unas historias serias e importantes donde recreaba un continente dolido y ensangrentado, don Mario incursionaba de vez en cuando en el terreno de la ligereza, escribiendo divertimentos fallidos. La cosa empezó con Pantaleón, y después vinieron La tía Julia y otros resbalones que no agregan a la obra de un escritor genial. Siempre nos preguntamos por qué Vargas Llosa —tan bueno cuando se trataba de melodramas o tragedias— no lograba coronar en la comedia. Ahora tenemos una respuesta.

En la cumbre de su fama, con Nobel, Cervantes, PEN/Nabokov y Príncipe de Asturias en su vitrina, Vargas Llosa publica La civilización del espectáculo, un ensayo donde expresa su disgusto porque el mundo no es como le parece que debe ser. Su tono es indignado y su tesis apocalíptica: estamos en el comienzo del fin, en este planeta se acabó la cultura, todo es trivial. Ya nada es “importante”, nada aspira a ser eterno. La representación se relativizó, se convirtió en un espectáculo que no sirve de guía a nadie y sobre el cual no se puede construir una moral. En estas condiciones lamentables, sin un faro que la oriente, la humanidad se despistó. El único estímulo es el placer inmediato, todo está gobernado por la moda y acechado por el olvido. El sexo y la religión perdieron su misterio, el arte su magia y la política su dignidad. Mejor dicho: el acabose; el último que salga, que apague la luz.

Para sacar esta conclusión crepuscular, Vargas Llosa empieza pasando revista a algunos ensayistas. Pero a los que podrían ayudar los desecha y se queda con T.S. Eliot, que lo sume en la desesperación. Imagínense. T. S Eliot, el poeta exquisito que en La tierra baldía cantó el fin de una cultura cercada por la barbarie. Con un aliado tan inteligente y tan pesimista, uno está mal. Llevado por la concepción aristocrática, apolínea, racionalista y finalmente decadente de Eliot, Vargas Llosa termina encerrado en el callejón sin salida de su propio mal humor.

La cosa es tan simple que se deja explicar con un dibujito: arrancando el siglo XX se detectó un malestar en la cultura. Al menos así lo bautizó Freud. El sueño del individuo libre viviendo feliz en una sociedad democrática era una estafa que desembocaba en un aburrimiento atroz, en una angustia sobrecogedora, en una violencia delirante. Así lo sintieron los surrealistas y así lo expresó Joyce, para quien la historia se convirtió en una pesadilla de la que había que despertar. ¿La salida? Negar el tiempo. Escatología pura o reivindicación utópica. En eso nos la pasamos todo el siglo pasado: inventando revoluciones, soñando epifanías que le dieran salida a una cultura agotada. Pero nada que la pillábamos. La Solución nos esquivaba, como si no existiera.

Entonces, sucedió.

Mejor dicho, llevaba tiempo sucediendo. Era tan claro que nos tenía ciegos, pero finalmente lo vimos y lo admitimos. Era muy sencillo: no había qué buscar.

Renunciar a la búsqueda no es la Solución, desde luego. Pero permite tomar aliento. Fatigado de darse contra puertas cerradas, el nuevo siglo arranca bajo el signo de la ligereza, del sentido del humor, del tomársela con ‘suavena’, porque igual —como decía Keynes— a largo plazo todos estaremos muertos.

Viendo fútbol o películas de James Cameron, perdidos en los laberintos de nuestros XBox, dándole al alcohol y a las drogas con frenesí y tirando como conejos, tal vez no encontremos el sentido de la vida. Pero a pesar de su seriedad y de las toneladas de libros que leyeron, nuestros abuelos tampoco encontraron el secreto y no fueron capaces de responder a la pregunta última de la vida, el universo y todo lo demás. En cambio, nos legaron un mundo destrozado por las guerras, desequilibrado por el saqueo y amenazado por el calentamiento global.

Por eso abandonamos las profundidades y subimos a la superficie, a gozar del instante, porque tampoco hay más. Fue fácil. Ni siquiera tuvimos que dejar de jugar ajedrez, bastó con limitar el tiempo de juego a siete minutos.

Se entiende que para un señor tan solemne como don Mario, que nunca fue capaz de escribir una buena comedia, esta actitud rumbera y dionisiaca sea un despropósito. Pero qué le vamos a hacer. Vienen tiempos nuevos y marica el último. Pasemos del ensayo de Vargas Llosa y démosle una oportunidad a John Locke.

Ahora, si insistimos en leer cosas arduas, al menos evitemos a Eliot. Hagámonos pasito, que la vida es corta. Frecuentemos la compañía de Baricco y Zizek, gente amable y cero gruñona que hace rato está bailando en este carnaval de final impredecible.

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