Hablar mal de Colombia en el extranjero

Santiago Villa
12 de junio de 2017 – 09:00 p. m.

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Los estudios psicológicos suelen atar la excesiva preocupación por la imagen a una fragilidad en la autoestima. Los colombianos, quizás por cargar con los estigmas del crimen y del narcotráfico, tenemos profundas heridas en ese ámbito del amor propio atado a la identidad nacional. Por eso “hablar mal de Colombia en el extranjero” es el más grave pecado venial de nuestra nación.

Esto, además, porque conocemos íntimamente nuestras fracturas. Cuando alguien dentro de Colombia alerta que Pablo Escobar no es una anomalía, sino el producto de una cultura de la criminalidad que se halla profundamente atada a las fibras de nuestra vida cotidiana, y que se manifiesta en la política, en la lucha por el acceso a la tierra, en la corrupción estatal, en la inseguridad urbana, y en los efectos violentos de la desigualdad y la injusticia social, está afirmando una perogrullada. Cuando dice lo mismo fuera de Colombia, está “hablando mal de Colombia en el extranjero”.

Ya que invocamos a Pablo Escobar y al Cartel de Medellín, esta semana hubo otro escándalo relacionado con el líder inmarcesible del Centro Democrático, Álvaro Uribe Vélez, esta vez por eso mismo: “hablar mal de Colombia en el extranjero”. 

Los políticos colombianos, al igual que cualquier otro ciudadano, tienen derecho a decir lo que quieran sobre Colombia, aquí y en el exterior, siempre que no sea conspirar con un poder extranjero para hacer la guerra o compartir temas de seguridad nacional. El contenido de las opiniones de los colombianos en el extranjero no puede ser objeto de una valoración moral. Rechazo esa pretensión del Estado, de los empresarios, y de muchos colombianos comunes y corrientes, a tratar a Colombia como si fuese una marca que tenemos que promocionar a toda hora, y más en otros países.

Álvaro Uribe, como todo colombiano, debe ejercer su libertad de expresión. Uribe no es “apátrida” por compartir en un foro internacional una opinión desfavorable del Gobierno y del rumbo del país.

Critico, sin embargo, que al hacerlo caiga en la inconsistencia y en la mentira.

La inconsistencia es que hace diez años, cuando Piedad Córdoba ejerció su derecho a la libre expresión en México para hacer eco de las acusaciones sobre la cercanía del gobierno Uribe con los paramilitares, y llamó a otros países a romper relaciones diplomáticas, fue calificada de traidora a la patria.

La mentira es el uso de sus cifras. Álvaro Uribe es un político que proyecta una gran imagen de credibilidad porque anda soltándolas, pero si se corroboraran una a una, hallaríamos muchas falsas. Casi todas las que dio en el foro de Grecia, por ejemplo, lo fueron.

Quizás sea mucho pedirle a un político que diga la verdad, pero creo que este debate, y todos los que se refieran a las afirmaciones de los servidores públicos (o quienes aspiran a serlo), dentro o fuera de su país, no deberían centrarse en si el fulano se comporta o no como un patriota, sino en si está mintiendo y engañando.

Las cifras son fáciles de verificar. Si son falsas, como en este caso, obviamente el expresidente está engañando a su auditorio. Esto a quienes más debería preocuparles, en realidad, es a los organizadores del Concordia Summit, la organización que tiene el mal juicio de tener a Uribe en su Consejo de Liderazgo.

Los colombianos somos muy sensibles a la mirada del extranjero y nos afectan nimiedades. Nos enfurece, por ejemplo, algo tan inconsecuente como que escriban Columbia en lugar de Colombia, que nos pregunten sobre Pablo Escobar y la cocaína, y que se ponga en duda ese mito del colombiano como una especie de prusiano del trópico, paroxismo de la disciplina y del amor al trabajo.

Si bien estas características de nuestro nacionalismo me parecen más divertidas que negativas, se tornan oscuras cuando devienen en escarmentar a quienes “hablan mal de Colombia en el extranjero”, como ha sucedido en el pasado con personajes como Fernando Vallejo y Piedad Córdoba. Si tanto nos preocupa que nos vean como criminales, no nos comportemos como una familia de mafiosos, exigiendo que “la ropa sucia se lave en casa”.

Critiquemos, entonces, las mentiras de Uribe por amor a la verdad, pero, por favor, no por amor a la bandera.

Twitter: @santiagovillach

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