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Madres del coraje

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EL CORAJE DE LOS EMIGRANTES para enfrentarse a la adversidad casi siempre pasa desapercibido.

El enorme valor con el cual se tienen que enfrentar día a día, en países cuya lengua desconocen, cuyas costumbres les son extrañas, cuyo clima les incomoda y donde las comidas no les agradan, queda opacado en la prensa nacional donde se destacan políticos, narcotraficantes, paramilitares, miembros de la farándula, o quienes pertenecen a varias o todas las anteriores categorías. Las historias de vida de la gente del común no salen en la prensa diaria, sino cuando la violencia los golpea y se registran en las crónicas rojas o en la prensa sensacionalista.

A raíz de una columna que escribí sobre los intentos de las autoridades alemanas para frenar el uso de los matrimonios ficticios para obtener visas de residente en ese país, me relató una amiga un caso que conoció al regresar de Frankfurt a Bogotá.

Una mujer colombiana de mediana edad con quien coincidió en su vuelo de regreso a Colombia, y que ella no conocía,  le contó en gran detalle su experiencia en Europa para conseguir unos euros que la ayudaran para aliviar las penurias económicas de su familia. Ésta última está compuesta de su marido inválido, su hija y su madre. Aquí en nuestro país, en una ciudad del interior donde viven, ella trabajaba en un modesto restaurante en el que no le pagaban ni el salario mínimo.

Desesperada por las dificultades, un día decidió aceptar la propuesta de un conocido que se ofreció a financiarle un viaje a Alemania y vincularla con unas personas que manejaban una red  de trabajadoras sexuales.

Todos estos detalles se los contó a su vecina de vuelo al retornar, en lo que hay que pensar que era una desesperada búsqueda de una catarsis que le permitiera retomar su vida normal y anterior.

Al llegar a Berlín, el primer choque emocional fue la imposibilidad inicial que sentía por acceder a tener sexo con un desconocido. Sólo pudo superar este drama inicial con la ayuda de otra trabajadora sexual colombiana, que la apoyó mucho, y que le consiguió como primer cliente un visitante habitual de ella. Éste último se ofreció a pasar la noche con la neófita, y además le pagó sin haberle exigido ninguna contraprestación.

De allí en adelante, los clientes y el dinero fluyeron, atendiendo como máximo a unos cuatro clientes por noche, pero nunca sádicos o violentos, a los cuales se negó siempre a atender. Algunos clientes habituales sólo querían pasar la noche acompañados. Recordó con especial afecto a un joven que semanalmente la visitaba, pero que no tenía sexo con ella sino que le pedía que lo abrazara en silencio.

Con el dinero que ganaba pudo pagar los gastos de instalación, que incluían una abultada ganancia para quienes la llevaron a Europa, mantuvo a su familia durante este tiempo y se compró una casa de vivienda y otra para inversión.

Ahora regresaba cargada de pesadillas, de remordimientos y de una gran nostalgia por los buenos años de su vida que había perdido. Pero antes de eso tenía que saldar una cuenta con su conciencia. Pero como Dios aprieta pero no   ahorca, a su lado viajaba una joven doctoranda que sabía bien para qué sirve “la curación por medio de la palabra” y la valía de estas madres del coraje.

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