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Jugar al fin del mundo

Liz Jensen es uno de los nombres más prominentes de la literatura actual en Inglaterra. Parte de su obra explora la posibilidad de que la existencia de la humanidad sea un asunto insostenible.

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“Cuando el subconsciente te ordena hacer algo, uno obedece, especialmente si es algo que no te agrada; es una lección que he aprendido como escritora”. El inconsciente de Liz Jensen la lleva a utilizar como narradora a una mujer en silla de ruedas, torturada por las visiones sobre el apocalipsis de una joven que, en vez de llamarla por su nombre, le dice “ruedas”.

Eso para el inconsciente, porque la consciencia ya está jugada: “Creo que, dado el escenario político actual, no hay esperanza de revertir el cambio climático. Hay apenas una pequeña ventana de oportunidad, pero en medio hay mucha negación: demasiada gente queriendo creer que esto no sucede. Como escritora quería hablar de este tema”.

En su último libro, publicado en 2009 (The rapture), Jensen explora la posibilidad de que el mundo, en efecto, se vaya al carajo. No es ciencia ficción. Es apenas un preludio, una inteligente introducción al apocalipsis. Gabrielle (la mujer en silla de ruedas) recibe las predicciones de Bethany (la joven perturbada) acerca de terribles desastres naturales. En medio hay acción y velocidad, apenas la necesaria para conducir de un lugar a otro, de una tragedia a la siguiente. Sí, es un thriller, pero no un relato para machos en donde cada capítulo concluye con un bang. “Me parecía interesante la idea de que la información más importante para la humanidad estuviera en las manos de la última persona a quien le creerías”.

Las historias de Jensen, nacida en Inglaterra, casada con un escritor danés (Carsten Jensen), vienen primero en forma de voz, la primera persona que habrá de precipitar el relato desde un punto de vista dudoso, inestable: un niño que cuenta su vida desde la distancia de un coma bajo una dosis alta de indulgencia y autocompasión, una prostituta que viaja en el tiempo… “La verdad es que todos somos narradores poco confiables, así no queramos creerlo. Lo más entretenido de esta incertidumbre es la forma como todos terminamos por mentirnos constantemente”.

Jensen sabe que la escritura es una lucha que toma forma en un campo pleno de contradicciones. Diseñar un thriller con el pleno conocimiento de detestar escribir secuencias de acción: “Es una confesión terrible, pero una de las escenas de la próxima novela que voy a publicar necesitaba una persecución. Yo no puedo hacer esto. Mi hijo de 17 años lo hizo. Claro, después borré la violencia extra, pero me dio el esqueleto de la secuencia. Todos tenemos cosas que no nos gusta hacer y escribir. Para mí, tiene que ser un asunto que divierta, entre otras cosas, porque es una labor dura”.

Después del final del mundo, del lúgubre anuncio de las cosas por venir, sólo queda la comedia. En el libro que apenas está escribiendo, Jensen abre el telón en un lugar más allá del final que ha sido heredado por una suerte de idiotas que, sin lograr coordinar muy bien las manos, pasan los días preguntándose por qué Starbucks no está abierto.

Jensen no es una activista ambiental, aunque no duda en decir que le gustaría. Sus libros tienden a orbitar sobre la pregunta de “qué pasaría si…”. Si la humanidad no es capaz de enmendar sus pasos. Si estamos condenados al exterminio autoinfligido. Sus métodos son poderosos porque no se trata de la fábula o la moral panfletaria, sino el poderoso reflejo de la narración, un espejo para mirar el horror del futuro. Su convicción es la de un ciudadano común y corriente: “Creo que hemos perdido la capacidad para mirar a largo plazo. Los políticos piensan en ideas que no van a durar más allá del fin de semana porque todos están ocupados pensando en el calendario de su reelección. Tal vez los únicos que aún ven las cosas con esta visión son los empresarios”. Triste balance de un mundo que está por acabar. Triste destino de una especie gobernada por las emociones.

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