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Pierre-Auguste Renoir , opuesto a toda prefiguración, declaró que el fin último de una pintura es decorar una pared. Más tarde en esa misma historia, Renoir se convertiría en uno de los más destacados exponentes del impresionismo francés. Al día de hoy, varias de sus obras se hallan entre las más reconocidas y costosas. Dos de ellas han sido vendidas en más de 70 millones de dólares.
El escozor causado por la afirmación de Renoir debería ser similar entre los lectores al reconocer que, al cabo de la culta y suntuosa y bella parafernalia, el fin último de la Feria del Libro de Bogotá es la venta de libros. Una feria, sin importar su naturaleza, ha sido hecha para atraer consumidores. Si se realiza en un pequeño garaje, su estantería está constituida enteramente por cajas de cartón y su anfitriona es una niña de escuela; o si cuenta con miles de metros cuadrados, centeneras de miles de artículos, y sus anfitriones son intelectuales de prestigio nacional —o transnacional—, esas son cuestiones relativas al marco de la pintura, pero su relación con la pared sigue siendo la misma.
Una Feria del Libro se diferencia de otra no en el tamaño y los acabados del garaje, sino en el contenido de sus libros y en el contenido de sus lectores. Que la versión anterior de la misma feria, para dar un ejemplo, haya tenido como su éxito comercial más memorable el manual sobre métodos para desestresarse escrito por un médico hippie, no habla bien ni de los anfitriones ni de los consumidores. ¡Sería como visitar el Museo del Louvre y dejarse deslumbrar por la camiseta manchada con pintura fresca de algún visitante! No está mal adquirir un libro con técnicas para desestresarse; pero está mal que ese libro sea el más vendido —¿el más destacado, el más leído?— en el que Juan Manuel Roca considera con acierto el evento cultural más importante de Bogotá.
Otra diferencia esencial entre la venta de garaje de la niña y la venta de garaje de los intelectuales colombianos deben ser sus invitados. A la Feria Internacional del Libro de Guadalajara la inauguraron el año pasado Herta Müller y Mario Vargas Llosa, dos premios Nobel de Literatura.
Para que una Feria del Libro goce de un merecido prestigio, y no sólo de cierto prestigio, hacen falta grandes esfuerzos: grandes autores, grandes libros, grandes lectores, pequeñas influencias políticas. La Feria Internacional del Libro de Bogotá ha sabido ganarse, con su acostumbrada pasión, nuestros halagos. Ufanarse de resultados especulares (como ser la tercera más importante de Latinoamérica… tercera de tres), en cambio, es caer en el error de la crédula niña de escuela a quien su madre se ha acercado con ternura, y ha dicho que su venta de garaje es la más exitosa del mundo.
En la Feria del Libro que comienza mañana, la número 25 de una serie ininterrumpida, los lectores pueden anticipar una mezcla todavía desigual de más de lo mismo y unas pocas novedades. Lo interesante, la palmadita en la espalda a los anfitriones, es que esas novedades bastan para justificar a plenitud la asistencia masiva a la 25 Filbo. Brasil, país invitado, ha instalado una muestra cultural rebosante, acaso un paso necesario para destruir el injustificado muro que ha separado a la literatura de ambos países durante años. Los autores invitados en esta oportunidad (Krauss, Jensen, Nettel, el imperdible Gay Talese), aun cuando se siga adeudando la presencia de un Nobel (¡y del nuestro!), conforman un espectro del que críticos y lectores especializados extraen nombres que, al cabo de sus obras, resonarán en la historia.
Usted, que es un apasionado lector, no puede perderse la 25 Filbo. Pero esto último es una perogrullada: por supuesto que no lo hará.