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El pueblo venezolano no da el brazo a torcer en su lucha contra la dictadura chavista, y completa ya 70 días jugándose la vida en las calles contra la Guardia Nacional y los paracos motorizados (una especie de bacrim urbanas oficialistas). El chavismo lo controla todo: medios, instituciones, abastecimiento de alimentos, las altas cortes, el contrabando de gasolina y las rutas del narcotráfico. Solo se le escapan la Asamblea Nacional —dominada por la oposición desde las elecciones de diciembre de 2015, cuando el oficialismo fue vapuleado por el descontento popular— y la fiscal Luisa Ortega, una chavista purasangre que está dando un giro sorpresivo. Y el pueblo, por supuesto, harto de atropellos, demagogia y escasez.
En su afán por tumbar la Asamblea, Maduro convoca ahora a una Constituyente. Amarrada, por supuesto. Y cínica. Y paradojal: el chavismo buscando reformar, por decreto y comparsa, la Constitución de Chávez, aprobada por sufragio universal nítido en 1999.
La fiscal acaba de interponer un recurso contra este asalto a la Asamblea ante el Consejo Nacional Electoral, porque el decreto de Maduro “no cumple con los mínimos legales”, una manera elegante de decir que es una patraña para legitimar a las patadas el golpe de Estado que el régimen trama contra la Asamblea desde el 31 de marzo, la gota que rebosó la taza y que tiene a la gente en la calle desde entonces.
¿Qué sigue? Es obvio: el gobiernista CNE rechazará el recurso de la Fiscalía. La nueva y espúrea Asamblea suplantará a la Asamblea legal, la de 2015. La fiscal será destituida y encarcelada por traición a la patria, como Leopoldo. El Cartel de los Soles seguirá bombardeando al Imperio con toneladas de cocaína y la cúpula militar seguirá haciendo ochas con las mayores reservas de petróleo del mundo, como vender bonos de Pdvsa a la Goldman Sachs, una banca de inversión del Imperio, con un módico descuento del 69 %. Y lo peor: la tragedia humanitaria del pueblo venezolano se prolongará por tiempo indefinido y terminará, si es que termina algún día, muy mal.
Tiene que terminar mal un proceso concebido por un teniente que invocaba en la misma línea a Dios y a Marx. No se puede ser, al tiempo, chafarote, creyente y comunista, y para rematar, caudillo.
No abrigo ilusiones con la inteligencia de los sargentos (son máquinas de exterminio, están entrenados para no pensar) ni con la inteligencia de los generales, que al fin y al cabo son solo sargentos viejos.
La tragedia de Venezuela la incubó Chávez con su anacrónico comunismo radical, su endiosamiento, sus boconadas, su despilfarro y, punto insólito, su ignorancia de la idiosincrasia venezolana, puesta en evidencia en los faraónicos y fallidos proyectos agropecuarios de la Revolución Bolivariana.
Los caudillos son idénticos todos. Por ejemplo Chávez y Uribe. Ambos carismáticos y buenos comunicadores, maestros de la desinformación, mesiánicos, convencidos de que, sin ellos, el planeta daría tumbos hacia la hecatombe final. Ambos ligados, por convicción o por fatalidades históricas, a carteles variopintos. Ambos presos de una irresistible atracción erótica hacia la guerra y las organizaciones paramilitares, y un odio visceral contra la prensa y la democracia.
La posibilidad de que Colombia se “venezolanice” es muy remota (utilizo comillas por respeto a esa tragedia). Tan remota como que Santos termine comunista o las Farc piadosas o Petro presidente. En cambio es probable que terminemos en un narconepotismo de inspiración teocrática si llega al poder un caudillo pentecostal, mesiánico y supermacho como Uribe, el líder secreto, ahora que lo pienso, de la variante paisa del castrochavismo.