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Ocho en punto de la noche en la entrada de la carpa del Cirque en Chantier, de la isla Seguin. Aunque entre las personas que esperan hay parejas colombo-francesas que se distinguen porque uno de los dos lleva una mochilita artesanal, la mayoría de los asistentes supieron del espectáculo Urban de Circolombia por los afiches gigantes con que se promociona en el metro de París o por las reseñas elogiosas que le han dedicado medios como Le Figaro o la revista Marie Claire, y que en algo han ayudado a que las 750 sillas disponibles se llenen función tras función.
Cinco minutos después, la entrada de la carpa se abre y las personas comienzan a buscar sus lugares. Entonces ven que en un telón triple tras la pista se proyecta la imagen de un barrio en las montañas con casas blancas y ocres. En una de las paredes puede leerse un grafiti que dice “Cali es Cali”. La música de fondo es salsa.
Dos minutos después, cuando las luces se apagan, la música de fondo es hip hop en español.
Tres horas antes, un reflector ilumina el centro de la pista. Francisco Javier Hurtado, Franco, “El genio de la calle”, ensaya en medio de un silencio que se extiende hasta fuera de la carpa y por toda la isla Seguin. Desde que en 1992 se cerró la fábrica de Renault, que ocupaba la isla y era el centro de la vida de la ciudad de Boulogne-Billancourt, políticos, representantes de grupos culturales, asociaciones e inversionistas tratan de decidir qué hacer con ese enorme terreno vacío en medio del Sena y vecino de París. Mientras tanto, junto a un jardín, se levantan las tres carpas del proyecto Cirque en Chantier, que la más tradicional familia circense de Francia, los Bouglione, imaginó como “tierra de acogida de los circos del mundo”. Desde el pasado 31 de marzo el espectáculo residente es Urban de Circolombia, que reúne a dos artistas españolas y catorce jóvenes colombianos.
“Caleños todos. No de nacimiento, porque hay gente del Valle, y uno de nosotros, El Rollo, es de Muzo, pero caleños todos de estudio y de corazón”, dice Jonathan Bonilla, miembro de Somos de Bankina uno de los cinco equipos que, junto a Franco, hacen parte del espectáculo Urban. Frente a él, en una mesa afuera de los remolques estacionados tras las carpas, está Johann Alemberg Gil que, con diecinueve años, es el más joven de un equipo que incluye, además de a Rollo, a Joinner Barreiro, el líder del grupo, y a los dos Humbertos, Palacios y Arboleda. Desde hace cuatro años, cuando representaron a Colombia en el Festival del Circo del Mañana, en París, los seis comparten la vida del circo.
“Esa vez quedamos de terceros. Medalla de bronce”, dice Bonilla.
El trabajo no ha faltado desde entonces, excepto cuando, dicen, ponen algún problema para una visa. “Aunque ahora hemos viajado mucho y nos molestan menos por eso”, comenta Bonilla.
“Salimos de Colombia una o dos veces por año y duramos tiempo fuera, juntos para arriba y para abajo. No sé cómo me aguanto tanto tiempo seguido a estos manes”, bromea Gil. “¿Cómo nos aguantamos?”.
En los camerinos, entre tarros de talco Mexsana imposibles de conseguir en Europa, hay juegos de video y algunas revistas. Entre los remolques alguien ha dibujado una cancha de micro. Esa tarde, después de un almuerzo, hubo un partido.
“Esas son las cosas que hacemos cuando no estamos entrenando. A veces algunos se toman una cerveza o chatean con las familias”, dice Bonilla.
“Salir a discoteca es más difícil porque somos demasiados manes y no nos dejan entrar”, afirma Gil.
“Si el trabajo es bueno -intercede Bonilla-, uno va gira tras gira. Estuvimos en Hamburgo; ahora vamos para Inglaterra. Al puro principio a mi familia se le hacía raro…”.
“A la mía no. Tengo tíos malabaristas y mi papá es payaso internacional, su nombre artístico es Pachequín”, interrumpe Johann Gil.
Circo para todos
También su hermano trabaja en el circo. Si su entrada a los talleres de la fundación Circo para Todos casi que se debió a causas genéticas, Bonilla supo de ellos cuando estuvo detenido en un centro de menores. “Los talleres de circo eran los únicos que se hacían por fuera, así que lo vi como una manera de salir al menos algunas horas cada día”.
Los dos fueron acumulando práctica y niveles y lograron pasar al siguiente: la Escuela Nacional Circo para Todos, la única en Colombia que tiene una carrera profesional y la única del mundo especializada en los jóvenes de barrios problemáticos.
En la escuela los estudiantes, alrededor de tres mil desde su inauguración en 1997, reciben tres años de formación general en las artes circenses antes de escoger la especialización que cursarán en los dos años siguientes. Diploma en mano, casi la totalidad de quienes se han graduado de la carrera profesional trabajan como artistas en circos de todo el mundo.
“En los noventa, Héctor Fabio Cobo y yo estábamos locos por el circo, y él quería transmitir esa locura a la gente de su región”, dice Felicity Simpson, la inglesa que durante 18 años fue la compañera de espectáculo de este fallecido artista caleño junto al que, en 1995, creó la fundación Circo para Todos.
El primer apoyo monetario que consiguieron fue el del Fondo Católico de Ayuda Internacional de Escocia. Eso bastó para empezar. Hoy en día, Felicity Simpson está al frente de una estructura que pasa por los talleres de corta duración, la carrera profesional, la asesoría sobre los derechos laborales de los trabajadores del circo y la gestión de giras internacionales. “Mira el tamaño de esas carpas. Hemos llegado lejos”, dice, orgullosa de la invitación para presentarse en el escenario del Cirque en Chantier, donde el espectáculo de Circolombia Urban fue precedido por el Circo del Sol. Luego cuenta que la Alcaldía de Boulogne-Billancourt está tan satisfecha con el espectáculo que les ha propuesto aumentar de seis a diez semanas el tiempo que permanecerán en las carpas.
Poetas del barrio
Simpson insiste en el carácter colectivo de la creación, algo de lo que Jonathan Bonilla ha hablado antes. “Metemos cosas de nuestro barrio, de la música que nos gusta, también de esa realidad dura”, dice. “Lo que hace nuestro equipo al principio del espectáculo es mostrar ese lado medio agresivo, medio oscuro”, complementa Johann Gil.
Las luces se apagan. A la entrada de Somos de Bankina sigue la de los cinco miembros de Los Parceros de la Catapulta, las acrobacias en trapecio de las gemelas García-Sáez y la aparición de los hermanos Caycedo, quienes a ritmo de un estribillo que sobre ritmo de hip hop repite “poeta que escribe con los pies”, presentan su espectáculo sobre las cuerdas dinámicas.
Durante las dos horas siguientes, los equipos se mezclan en el escenario y se suceden ascensos sin red de seguridad, cortos sketches de humor, acrobacias de cuerda y saltos de catapulta en los que, desde el momento en que los artistas se despegan del suelo para dar vueltas en el aire, el público no respira ni parpadea. Lo mismo pasa cuando Franco, ayudado por su percha de equilibrista y vestido de blanco, comienza a subir por una cuerda tendida entre el suelo y lo alto de la carpa mientras una nueva voz, esta vez femenina, repite que los poetas, los de la calle, escriben con los pies.
Luego, cuando los hombres de la catapulta regresan a la tierra mientras Franco alcanza el cielo, y vuelve a aparecer la proyección que dice que “Cali es Cali”, vienen los aplausos y el zapateo sobre las graderías, que es una versión aún más circense del aplauso.