Goytisolo, heraldo de la España peregrina

Ricardo Bada
08 de junio de 2017 – 11:21 p. m.

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El 5 de diciembre de 2014 publiqué aquí una columna donde me congratulaba de que, por fin, le hubiesen reconocido a Juan Goytisolo ese Premio Cervantes que se merecía desde 1976, cuando se instituyó tal galardón. Dije entonces que él era el representante de la España peregrina; la de Gonzalo Guerrero, mi paisano de Palos, Huelva, el primer español que se aculturó en América y murió combatiendo como jefe maya contra los conquistadores; la de José María Blanco White, quien en el siglo XVIII huyó de un país que rebuznaba “¡Vivan las cadenas!” y clausuraba las universidades; la que en el siglo XX se volcó en América al terminar la guerra civil, y en la que se contaban Juan Ramón Jiménez, Pedro Salinas, Luis Buñuel, Luis Cernuda, Max Aub, Manuel de Falla, la flor y nata de la intelectualidad española, y en fin, la compuesta por quienes eran niños, o nacimos ya terminada la guerra civil, y nos expatriamos voluntariamente para no seguir sufriendo la mordaza de la censura y la inferiocridad del régimen del felón Franco. Y aunque no somos ni pocos ni muchos sí somos los suficientes, y de entre todos nosotros, el grande era Juan, harto más que sus coetáneos anclados en la península. Por eso saludaba jubiloso su Cervantes: porque, amén de merecerlo por su obra, él era también nuestro mascarón de proa.

Ahora me llega la noticia de su muerte, y qué puedo decir que no suene a retórica de obituario. Para hacerlo prescindiré de hablar de su obra, lo recordaré como un ser humano intachable, de una integridad y una seriedad personales (que no excluían el humor) nada frecuentes en el repodrido mundo de la intelligentsia.

Con él, además, estoy en una deuda impagable. Es gracias a Juan que me están leyendo ustedes: él fue quien me sacó de mi rincón, en 1987, e hizo que publicaran en España a un hombre de la España peregrina a quien nadie conocía, excepto un par de amigos. La vez primera que nos encontramos fue con motivo de una entrevista para mi emisora, y después nos quedamos charlando y me preguntó si yo, además, escribía. Le dije que sí y me pidió que le mandase algunas de mis cosas. Así lo hice, a su dirección en Marrakech, y unas semanas más tarde me escribió en una de esas (ay, pocas) cartas suyas autógrafas que conservo como tesoros: “Supongo que te llegó el último número de [la revista] Quimera. Yo fui el lector avieso que les pasó con nocturnidad y alevosía tus páginas. Espero que te haya gustado la publicación y perdones mi admirativa audacia”. Mi admiración por su obra venía desde mucho antes: la gratitud, el afecto y la admiración por la persona se añadieron entonces, y se fueron renovando a cada nuevo encuentro.

¡Salam aleikum, Juan!

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