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La artista colombiana Gloria Ortiz-Hernández transita entre Bogotá y Nueva York, después de haber vivido durante 50 años en la gran manzana.
Fue en Estados Unidos donde desarrolló su carrera artística. A principios de los años 70, la sociedad estaba influenciada por el feminismo y la revolución sexual. El arte no escapaba a esta gran influencia temática y Ortiz-Hernández confiesa que pintaba lienzos furiosos, políticos, lienzos gigantes, y se sentía captiva del problema que se estaba viviendo.
Por esa razón se mudó a una finca en Pennsylvania y esperó. Fueron dos años en los que iba al taller todos los días, se ponía el delantal y esperaba. “Esperé dos años. El formato se volvió más íntimo, más pequeño, y empecé con el lápiz y el papel”. Como en cualquier relación amorosa, quedó prendada del lápiz, ese instrumento familiar, sencillo, barato, que le ha seguido dando posibilidades infinitas y maravillosas.
La obra Continuum marcaría para siempre su arte. Se trata de un cuadrado macizo hecho con lápiz, totalmente cubierto, que se va desenvolviendo en matices hasta llegar a un tenue gris conformando cinco piezas distintas, que son variaciones de la primera.
La técnica es exhaustiva, milimétrica y perfeccionista. La artista asegura que esta obra fue su punto de inflexión, marcó un cambio radical y, por lo tanto, es un dibujo muy importante, que nunca saldrá de sus manos. “Quería mostrar cómo hago los dibujos, porque siempre he creído que mi biografía personal cuenta cero, sólo el trabajo. Sale de mí, pero hay que buscarlo, no estoy buscando inspiraciones, ni referencias externas, no dibujo a la persona humana, ni a los árboles, tiene que ver más con la interioridad. Es una sensación, una experiencia que todos tenemos, y quería ilustrarla”.
Así, sus dibujos, hechos sólo en lápiz y con su más reciente técnica mixta, con la que logra darle más peso, pendulan entre la oscuridad y la luz, de lo sólido a lo disminuido, del movimiento a la quietud.
En sus más recientes trabajos hay una preocupación marcada por el desplazamiento de sus cuadrados. Con ligeros cortes logra que la geometría pareciera ir al vaivén del viento, como si el cuadrado encerrado en sus cuatro esquinas quisiera salirse del marco. Hay un ritmo de ascendencia y descendencia en ese juego de tonos que se destiñen y se acentúan dependiendo de la dirección.
Galería Casas Riegner, calle 70A Nº 7-41.