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El escándalo del superávit de Irak

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ALGÚN DÍA PUBLICARÉ MI COLECción  de titulares sobre los altibajos de Irak, un país donde el verdadero sentido de la historia es lo opuesto a lo pretendido. (Hasta ahora el premio se lo lleva un informe según el cual muchos sepultureros de Irak han perdido sus empleos al reducirse la tasa de muertes. ¿No me creen? Esperen a leer la antología). Mientras tanto, pueden recrearse con el informe del superávit de presupuesto iraquí y  la manera como fue divulgado en la prensa.

El superávit se debe a la bonanza en los precios del petróleo, a nuevos descubrimientos de yacimientos desde el derrocamiento de Saddam Hussein y al éxito en el aumento de las exportaciones iraquíes a través de los oleoductos de Turquía. El superávit podría llegar a unos 79.000 millones de dólares hacia finales de año. Una buena parte de ese dinero está guardada en Nueva York.

Yo llamaría a esto buenas noticias, aunque entiendo el fastidio del senador Carl Levi y de otros involucrados en la auditoría de Irak. Ellos se quejan de toda la riqueza no gastada por la nación árabe, dado el pesado desembolso del departamento del Tesoro de Estados Unidos para reconstruir  Mesopotamia.  Sí, es cierto, Irak debería pagar por su reconstrucción. Pero, antes de que coincidamos en esta obvia proposición, ¿podemos tomarnos un momento para disculparnos con Paul Wolfowitz? De todas las muchas calumnias arrojadas contra el ex subsecretario de Defensa partidario de la liberación de Irak, probablemente ninguna fue más criticada que su testimonio ante el Congreso de que la recuperación de Irak podía ser autofinanciada.

Ahora, los enemigos de la invasión están gritando a voz en cuello que Irak debería abrir de inmediato su protuberante billetera. Habrá tiempo suficiente para que eso pase. Los vastos recursos de Irak han retornado a las manos de sus habitantes y no son ya la propiedad personal de una sicópata familia criminal.

El senador Levin fue el demócrata de mayor rango en el subcomité del Senado que investigó el ultraje del “petróleo por comida”. Él sabe muy bien lo que solía ocurrir con la riqueza petrolera de Irak, que fue prostituida a través de un programa de la ONU y desviada hacia causas tan nobles como el subsidio de los atacantes suicidas en Gaza o el financiamiento de los políticos pro-Saddam y “pacifistas” en Londres, París y Moscú.

Mientras tenía efecto este criminal enriquecimiento de las élites iraquíes y extranjeras, la población del país  vivía de la basura y bebía agua contaminada como resultado de las sanciones internacionales ordenadas por la ONU.

Deberíamos estar contentos de que el sádico y agresivo régimen de Saddam Hussein no esté más en el poder para convertirse en el beneficiario del aumento en los precios del petróleo. Seguramente Saddam hubiera compartido su riqueza con los terroristas, ladrones y demagogos de su nómina secreta. También deberíamos estar contentos de que su propiedad privada de las fuerzas armadas de Irak, y su control sobre el partido monopólico Baath haya sido destruido.

Los recursos de Irak ya no están más a disposición de una oligarquía agresiva, parásita. Su ejército ha sido entrenado y equipado para librar campañas de limpieza general contra al-Qaida y el Ejército Mahdi, en lugar de luchar en guerras contra sus vecinos o causar genocidio entre sus habitantes.

No tengo  espíritu de venganza al recordar que, apenas hace un año, la  inteligente opinión liberal creía que la disolución del partido Baath y del militarismo había sido un error, que Irak era un pozo sin fondo de dólares desperdiciados y muertes sin sentido, y que la única opción era retirarse lo más rápido posible y dejar que la  guerra civil se consumara.

Hacia la izquierda de ese consenso liberal, gente del calibre y la calidad de Michael Moore describían a los “insurgentes” nihilistas como el equivalente moral de los Minutemen que libraron una guerra de guerrillas en la lucha de independencia de Estados Unidos. Y hacia la derecha, personas como Pat Buchanan insinuaban que habíamos sido engañados por una cierta minoría cuyo nombre colectivo comenzaba con la letra J.

Si se le hubiera hecho caso a algo de este siniestro desatino, no hubieran sido ni siquiera los matones de Saddam los encargados de apropiarse de aquella fantástica riqueza en ese estratégico país. Habrían sido las repugnantes milicias que responden ya sea a los fanáticos wahhabi en un ala o a los fanáticos chiítas en el otro, y que son los instrumentos de fuerzas tiránicas en países vecinos. No precisamente una perspectiva para ser mirada con indiferencia. Todavía me estremezco cuando recuerdo cuántas personas supuestamente responsables eran partidarias de entregar a Irak sin dar una pelea.

Antes de 2003 había de algún modo una base socioeconómica para el fascismo en Irak, por el hecho de que la falta de petróleo en terreno sunita ofrecía una excusa a los gangsters basados en Tikrit para la dominación de las áreas curdas y chiítas que sí poseían los yacimientos petrolíferos necesarios.

Pero ahora, nuevos descubrimientos de petróleo y nuevas leyes sobre la descentralización regional y provincial proveen de al menos una base socioeconómica para el federalismo.

Nuevamente, una mejora sustancial. Este elemento de la infraestructura, como nosotros los marxistas lo llamamos, no garantiza en sí mismo la superestructura. Como tampoco la vasta nueva riqueza  iraquí constituye de manera automática una promesa de prosperidad para todos. (Después de todo, pese a enormes mejoras en las condiciones en general en las prisiones de Irak, es necesario admitir los crímenes y encubrimientos de Abu Ghraib). Pero, ¿alguien realmente lamenta que se planteen estas cuestiones en el único contexto factible, a saber la era posterior a Saddam, que fue la condición necesaria si no suficiente?

Entonces, sí, las operaciones de combate más importantes parecen haber concluido. Y en ese sentido uno puede decir  “misión cumplida”. Irak ya no juega más juegos engañosos sobre armas de destrucción masiva o es anfitrión de grupos terroristas internacionales. No es más objeto de las sanciones que castigan a su pueblo y enriquece a sus gobernantes.

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Las minorías religiosas y étnicas de Irak —que en conjunto forman una mayoría— no son ya más tratadas como basura desechable. Su discusión interna más reñida es sobre la fecha de las siguientes elecciones. Seguramente es a aquellos que se oponen a cada paso de esta emancipación, en vez de a aquellos que la defendieron, a quienes se les debe pedir que expliquen y se justifiquen.

* Periodista, comentarista político y crítico literario, muy conocido por sus puntos de vista disidentes, aguda ironía y agudeza intelectual. (Traducción de Mario Szichman).c.2008 WPNI Slate

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