Comunidad y desarrollo

¡Junio, mes del campesino!

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Con el debido respeto, quiero pedir al Gobierno que en este mes de junio, dedicado al campesino, se ocupe del campesino paupérrimo, el que toda su vida desde que nace hasta que muere trabaja la tierra con fe y sumisión, y finalmente muere en la más absoluta miseria.

Lamentablemente, dentro de la Colombia rural también existen las desigualdades sociales: el campesino paupérrimo, el pequeño y mediano productor, y finalmente los potentados que todo lo tienen y lo acaparan.

El campesino paupérrimo es el mismo trashumante, que desde que nace hasta que muere va de finca en finca, prestando los servicios de jornalero, recolector o cosechero —como quiera llamársele—, sin percibir lo más mínimo de prestaciones sociales, vivienda, educación o salud, lo más grave es que no tienen edad límite para pensionarse, puesto que no está afiliado a ninguna entidad prestadora de salud y de seguridad social.

Cuando muere ya en avanzada edad, el espectáculo es más que desolador: su viuda e hijos lloran incansablemente, puesto que no disponen de los más mínimos y elementales recursos económicos para amortajarlo y darle cristiana sepultura, tocándoles acudir a la caridad pública para medio lograrlo. 

Por lo regular, el campesino llega a viejo bajo el yugo de un capataz que no le tiene compasión; hemos visto ancianos de más de 80 años trabajando la tierra contra su voluntad, desafiando las últimas energías que les quedan, lo tienen que hacer, para poder medio vivir y subsistir; sus modestas viviendas carecen de los más elementales servicios públicos, como energía, acueducto y servicios sanitarios.  

Su vivienda es un humilde cuchitril, construida con rezagos de materiales en desechos, sin las más mínimas condiciones de habitabilidad, carente de las más elementales comodidades; cuando enferma, tiene que acudir también a la caridad pública, para poder medio cubrir las citas médicas y las drogas, puesto que no está afiliado a ninguna entidad prestadora de salud.

Es hora de que nos sinceremos con nuestros campesinos, especialmente con los que, no obstante serlo, no poseen el más mínimo terruño para labrar su propia sepultura, por eso, insisto en que hay que censarlos y expedirles su carnet de campesino, para que puedan reclamar y hacer valer sus derechos.

Millones de ellos, desde que nacen hasta que mueren, son esclavos de la servidumbre de las fincas como jornaleros, cosecheros o recolectores, siempre esclavos del mismo yugo, para satisfacer a medias las más urgentes necesidades con sus familias.

Qué importante fuera si el Gobierno, en el mes de junio, dedicado por ley de la República a honrar a nuestros campesinos, mirara con un poco de más compasión a la Colombia rural, que desde siempre ha estado abandonada y en gran parte en poder de los grupos que operan al margen de la ley.  

Como en la obra Siervo sin tierra, escrita por Eduardo Caballero Calderón, son millones los campesinos, especialmente los paupérrimos, pequeños y medianos productores, que primero fueron víctimas de la violencia partidista y últimamente de la guerrillera, paramilitar y del narcotráfico.

Dentro de las comunidades campesinas hay historias tristes que contar, la mayoría de ellas han sido víctimas de la violencia guerrillera o paramilitar, pero también existen miles de historias de mujeres campesinas que han sido violadas por los grupos que operan al margen de la ley, muchas veces en presencia de sus esposos e hijos, lamentablemente, estos hechos han fortalecido los cinturones de miseria en las áreas urbanas, puesto que ingresan a lo que son las legiones de población desplazada.

Nuestros niños campesinos nacen y crecen en presencia de la explotación en que viven sus padres, no tienen la oportunidad de ingresar a una escuela, ni mucho menos disfrutar de la alegría de ser niños, puesto que el hambre y la miseria de sus progenitores los obligó desde temprana edad a iniciar las arduas tareas agrícolas.

urielos@telmex.net.co

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