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Aunque los Estados Unidos piensen que están ganando la batalla mediática en el caso de Abkhazia y Ossetia del Sur, lo cierto puede ser que a la larga nada obtengan ante el ímpetu de una Rusia herida en su orgullo como potencia regional.
El mundo es así. El anunciado acuerdo militar entre Estados Unidos y Polonia, que permite el desplazamiento de armas americanas en la propia sede del antiguo Tratado de Varsovia, sólo sirve por el momento para agravar la situación de enfrentamiento entre Rusia y Georgia. Y no se ve la fórmula para que los rusos dejen de insistir, con sus tanques y demás armas que sean necesarias, en el ejercicio de una supremacía regional que nadie puede por ahora, ni de cerca ni de lejos, contrarrestar.
Ossetia del Sur y Abkhazia, dos pequeñas provincias que gozaban de cierta autonomía dentro del régimen soviético, han querido aprovechar la marea del desmonte de la URSS para ser independientes. Georgia las considera parte de su territorio y no acepta las pretensiones independentistas. En varias ocasiones les ha prometido una buena dosis de autonomía pero la promesa ha encontrado dos obstáculos comprensibles: el gobierno de Tbilisi, esto es Georgia, sólo está dispuesto en la práctica a ceder muy pocos poderes, y los locales jamás estarán satisfechos con lo que se les confiera.
La dinámica de círculo vicioso a la que conducen unas relaciones sometidas a ese juego fue la que llevó a la más reciente escalada en busca de independencia y también a una reacción armada de parte de Georgia, que provocó a su vez la intervención rusa. Es decir que el intento georgiano de evitar la separación, mediante el envío de tropas particularmente a Ossetia, todo lo que provocó fue una reacción tremenda y contundente de Rusia, que no se conformó con expulsar a las fuerzas disciplinarias sino que se ha dedicado a debilitar la amenaza que, en su criterio, se cierne sobre las provincias a menos que Georgia tenga bien claro que no se debe atrever a actuar de nuevo de esa manera.
La política de Georgia hacia las provincias es uno de los entuertos políticos, diplomáticos y militares más complicados. Lo anterior se debe al hecho de que no es fácil gerenciar unas relaciones asimétricas con la gran potencia de la región, Rusia, máxime cuando al tiempo se pretende un acercamiento ostensible hacia una potencia exótica como lo son para esa parte del mundo los Estados Unidos. Edvard Shevardnaze, Presidente de Georgia luego de haber sido el último canciller de la Unión Soviética, fracasó en el intento. No pudo acercarse tanto a Occidente ni retirarse tanto de Moscú.
La decisión del joven presidente Mikhail Saakashvili en el sentido de enviar sus tropas a Ossetia, a sabiendas de una previsible reacción rusa, con todo lo que ello significa, parecería un acto a la vez de audacia y de ingenuidad. Pero estaba atrapado. Si se quedaba quieto perdía todas sus apuestas y los suyos no lo perdonarían jamás. Y si actuaba, como actuó, provocaba, como provocó, una reacción que Rusia conoce y practica muy bien, sobre todo en esa región, en defensa de lo que considera sus intereses nacionales. Esto es que no vacila en usar sus tropas, sin pararse en demasiados argumentos verbales, para hacer respetar sus antejardines y sus patios traseros.
No todo el mundo conoce imágenes de la ciudad de Tskhinvali, capital de Ossetia, castigada al parecer por los georgianos y retomada luego por los rusos. Las complejidades de los crímenes contra la población civil que entrañan batallas de tipo urbano se despejarán algún día. Entonces se sabrá si es cierto que los rusos intervinieron para evitar un genocidio, como afirman ahora. Entretanto todos miramos con asombro, a través de la lente de los medios occidentales, las proporciones de la incursión rusa en Georgia, que viola toda regla del derecho internacional y que sin arrugarse se presenta como una necesidad de saneamiento regional.
Los Estados Unidos se encuentran frente a un dilema tan grave como el de Saakashvili. Porque difícilmente podrán ir más allá de la condena y las incitaciones al retorno de las cosas a su estado anterior. Y porque Europa se halla dividida frente a los acontecimientos y de pronto no quiere, ni puede, obrar de manera contundente para frenar a una Rusia provocada en un punto clave de su sentimiento nacional.
El intento de convertir la fallida operación militar de Georgia en Ossetia en un triunfo diplomático sobre Moscú, puede tener por ahora un cierto éxito en el terreno de la propaganda. Pero a Washington no le quedará nada fácil salirse con la suya ante la presencia física de los rusos en la región. Como no le quedará jamás fácil a nadie acercarse al territorio de un oso molesto y libre de ataduras capaces de mantenerlo bajo control.