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Bolivia: la unidad es el caos

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El referendo boliviano tuvo un resultado más o menos previsible. Tanto el presidente Evo Morales como su principal opositor Rubén Costas pueden sentirse satisfechos después de una especie de jornada cuyo balance se anticipaba neutro: sin derrota pero sin posibilidades de triunfo.

Según informes de prensa Bolivia cumplió una fiesta cívica y electoral en paz, pero en medio de una polarización social que genera preocupaciones sobre su futuro. Gobierno y oposición reclaman el triunfo y descalifican al adversario, mientras el ciudadano común se debate en medio de las tensiones existentes entre la unidad y el caos.

Ese es uno de los grandes dramas que vive el Estado moderno, inclusive allí donde nació, es decir, en la mismísima Europa. Hace pocos meses el rey de Bélgica se vio precisado a hacer un llamamiento a la unidad nacional, amenazada por la vieja tensión entre flamencos y valones.

El problema es más grave en Iberoamérica, en donde el Estado no fue producto de un proceso de formación nacional, sino resultado de la imposición de las grandes potencias europeas del siglo XIX. Como lo han escrito, por estos días, algunos comentaristas, lo destacable de la realidad que en este momento vive Bolivia es, precisamente, la posibilidad de su desintegración como Estado a mediano plazo.

No sólo en Bolivia –pero especialmente en Bolivia- resulta muy difícil consolidar la unidad nacional en el siglo XXI, a la manera del Estado unitario que conoció el siglo XX. Allí el Estado allí nació como una realidad no sólo artificial sino abstracta. Aún hoy el sentimiento comarcano en Santa Cruz o en Cochabamba, en Potosí o en Oruro, puede ser superior al de nacional boliviano, en un país cuyas mayorías hablan español pero no lo asumen como lengua original.

Más de la mitad de la población boliviana es de origen indígena y sólo hay un 15 por ciento de blancos. La eventual fragmentación de Bolivia estaría atravesada por razones étnicas y culturales más que por razones políticas. Su diversa población aborigen registra una historia milenaria. Algunos de sus pueblos son más antiguos que los de la Grecia clásica.

Especialistas en sistemas computacionales de la actualidad encontraron en el idioma aimara, características que no posee ningún otro en el mundo. Es el único que tiene alta compatibilidad con el sistema binario. Tal cosa lo convirtió en un enlace perfecto para programas de traducción múltiple a cualquier idioma conocido.

En medio del despertar universal de las diversidades los pueblos originarios de Bolivia están buscando su propio centro de gravedad por encima –o por debajo- de la realidad artificial del Estado moderno. Su nueva Constitución Política –precariamente aprobada y con debates y ratificaciones pendientes- reconoce autonomía, autogobierno y autodeterminación a los pueblos originarios. Además proclama a Bolivia como un Estado que “se funda en la pluralidad y el pluralismo político, económico, jurídico, cultural y lingüístico, dentro del proceso integrador del país”.

Sólo una integración así entendida y, sobre todo, cabalmente aplicada puede superar las tensiones entre la unidad política y la autonomía territorial. El pluralismo tiene que reconocer derechos a los pueblos originarios, pero también a las minorías blancas y a los mestizos que representan el treinta por ciento de la población. Evo Morales debe entender que su acceso al poder tiene un sentido de recuperación de derechos históricamente conculcados, pero que su gestión es para buscar el día de la justicia y no el día de la venganza.

Me temo que, de otra manera, Bolivia no es viable como Estado nacional. La razón es poderosa: su realidad es multinacional, es decir, multicultural, multiétnica, multijurídica. Lo es así desde hace más de diez mil años, pues el escenario boliviano conoce algunas de las organizaciones sociales más antiguas del mundo. Bolivia no se puede matricular en el juego de los pequeños caudillos que, en otros países, pretenden convertirse en símbolos hasta más allá de sus fronteras. Los bolivianos no necesitan personas sino instituciones, siempre y cuando sean a su imagen y semejanza. Tampoco necesitan Estado unitario sino Estado autonómico. En Bolivia la unidad es el caos.

Ex senador, profesor universitario.  atm@cidan.net

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