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Las guerras se sienten en el cuerpo. Es el cuerpo el que inflige el dolor de la violencia. Es el cuerpo el que lo padece. Por eso, quizás, la búsqueda de la comprensión de los fenómenos de la guerra, la construcción de su memoria, ha llevado a muchos estudiosos y museos a volcar su mirada sobre el cuerpo y adentrarse con él en los uniformes, las ropas y trapos que lo cubrieron y protegieron en los tiempos de las penurias.
Justamente, esta semana se ha abierto en Alemania, en el Museo de la Industria de Ratingen, una exposición bautizada Del glamour al horror: la moda del Tercer Reich, que busca exhibir y desentrañar las formas del vestido de la Alemania nazi durante las décadas de los 30 y los 40.
“Los vestidos de la exhibición muestran diferentes aspectos de la moda durante el Tercer Reich. Se puede apreciar la ropa de la población normal, que sufría las condiciones de la guerra, y también el contraste con la ropa lujosa de los nazis de las clases más altas”, explica la curadora de la muestra, Christiane Syré, quien asegura que la exhibición adopta ese nombre porque también se pueden ver los zapatos que los judíos del campo de concentración de Sachsenhausen tuvieron que usar para hacer las pruebas de fatiga y de durabilidad del material. “Esos zapatos son el recuerdo de que entre 15 y 20 personas morían al día en la ‘prueba de los zapatos’”, añade la curadora, quien está convencida de que en los vestidos, en sus formas y colores, en sus desgastes, quedó también contada la historia.
La Segunda Guerra Mundial tuvo importantes efectos en la moda, sobre todo por la estrechez económica que trajo. En tiempos difíciles a las mujeres se les demandó que fueran austeras, los vestidos se libraron de adornos y botones inútiles, los colores y las siluetas se emparentaron con la paleta de los uniformes usados por los militares, de modo que fuera más fácil producir en una misma fábrica vestidos para el ejército y para la población civil.
Durante la guerra, además, la racionalización del uso de los tejidos fue determinante en términos políticos. Los gobiernos emitieron leyes que confiscaban la producción de tejidos naturales para el uso exclusivo de uniformes, carpas de campaña, cascos y aditamentos para la guerra. Los fabricantes de ropa tuvieron que recurrir entonces a los laboratorios para crear tejidos sintéticos y suplir las demandas naturales de la población, aunque para entonces pareciera una necesidad menos vital y se consideraba casi un lujo.
“Usaron una importante presión ideológica y moral para comprometer a la gente con la ‘actitud correcta’. La población debía evitar el lujo excesivo y evitar a toda costa inspirarse o seguir la elegancia parisina. Incluso tenían prohibido comprar moda francesa”, explica Syré, y hace notar que en los vestidos recogidos para la exhibición es constante ver prendas remendadas y hechas de retazos. “Los vestidos estaban siempre fuera de las proporciones; tenían muchas costuras y mangas muy estrechas. Muchas mujeres se entregaron a reusar cualquier tela que pudieran encontrar. Por su parte, las revistas se encargaron de mostrarles a las mujeres cómo con pequeños adornos se podía transformar el más paupérrimo vestido en algo bello”.
El glamour y la euforia de los años 20 había quedado atrás. Las mujeres se vieron abocadas a dejar los tacones en casa para poder caminar largas distancias y evitar el uso del transporte público, vieron cómo se alargaba su falda ante la imposibilidad de costear o conseguir en el mercado siquiera un par de medias, y además tuvieron que ceñirse desde 1939 al “Panfleto de ropa del Reich”, en donde se daban directrices claras sobre lo que podían o no usar. “Desde ese momento, el consumo de moda estuvo racionalizado para todos, sobre todo para los judíos, a los que no se les permitió comprar ninguna prenda nueva”, explica Christiane Syré.
Tan marcada intención de fiscalizar el vestido delataba que la moda no estaba por fuera del terreno de lo político entonces. Los nazis la usaron para crear un fuerte sentido de “comunidad nacional”, a la vez que la utilizaron para identificar a los individuos que querían dejar por fuera de esa comunidad.
Pero en la sala del museo no sólo se ven los rastros de creatividades estilísticas, resultado de la pobreza. Se exhiben también largos vestidos negros de seda, otros rojos de flores bordadas, chaquetas con piel en el cuello que parecen decir a gritos cómo, durante esa misma década, otras mujeres no hicieron caso omiso de la solicitud de austeridad y podían pavonearse con caras confecciones y joyas por la calle. “Los vestidos nos sirven también para evidenciar cómo la realidad de las altas clases de los nazis parecía continuar indemne a los avatares de la guerra”.
Después de ver cómo la moda se convirtió en una manera de crear un gusto único alemán, se pueden encontrar en la exhibición prendas que revelan lo que pasó cuando la guerra terminó, que muestran los apuros en los que se vio Alemania con tantos uniformes e insignias que ya no podría usar. “Cuando finalizó la Segunda Guerra Mundial también la moda vivió su proceso de desnazificación: en agosto de 1945 el Consejo del Control Aliado prohibió, con efecto inmediato, lucir uniformes militares e insignias del Tercer Reich. De esta manera, los uniformes se convirtieron en abrigos para niños, con las banderas que tenían la cruz gamada se fabricaron delantales y, paradójicamente, las insignias en las hebillas de los cinturones fueron ocultadas con elementos decorativos, esos que se habían dejado de producir para darle un lugar privilegiado a la máquina de la guerra”.