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China agridulce

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HISTÓRICAMENTE, LOS JUEGOS OLÍMpicos han sido para los países anfitriones una forma privilegiada de mostrar una buena imagen al mundo y de promover el desarrollo interno.

China no ha estado ajena a este propósito y es así como con los Juegos actuales ha querido mostrar que es una potencia en lo político y en lo económico, y de igual manera presentar lo mejor de su cultura, el progreso económico y social producto de políticas iniciadas hace 30 años, el desarrollo urbano y la modernidad de las obras olímpicas y el avance educativo de sus gentes. Igualmente, y por último, con los Juegos ha buscado legitimar el régimen con un sentimiento nacionalista y de orgullo de su país.

La inauguración de los Juegos Olímpicos ha sido impecable y llena de fantasía y ha contado con el mayor número de dignatarios extranjeros en la historia de las Olimpiadas. La ciudad de Pekín se ha preparado para este certamen mundial embelleciéndose y educando a sus ciudadanos para que atiendan bien a los extranjeros y, finalmente, la organización en lo deportivo ha sido perfecta.

Pero efectivamente cuando se abren las ventanas al mundo, como en este caso, se muestra todo, o sea lo bueno y lo malo. En medio de esta perfección aparente se dan numerosas contradicciones por lo que se han levantado voces de protesta tanto de chinos y extranjeros como de líderes mundiales que denuncian la violación de los derechos humanos y la falta de libertades en esa nación.

Así se profundizaron estas voces con las protestas de los monjes en el Tíbet, los ataques a la antorcha, los atentados terroristas de grupos islámicos en Xinjiang, las quejas de ciudadanos expropiados de sus casas en el barrio Qianmen y varias campañas de activistas de derechos humanos.

Igualmente, 127 deportistas firmaron una carta dirigida al presidente Hu para que se acuerde una solución pacífica para el problema del Tíbet, se respeten los derechos humanos de sus defensores y se permita la libertad de expresión. En este sentido los periodistas han protestado, pues son rigurosamente vigilados y se han visto obligados a hacer acuerdos para limitar ciertos contenidos además de que existen limitaciones al acceso a internet.

La verdad es que todo esto no es nuevo. Cuando se le otorgó la sede de los Juegos a este país, éste prometió reformas políticas que finalmente no han llegado; a pesar de la admiración por ciertos aspectos no necesariamente hay respeto y de ahí que líderes mundiales como Ángela Merkel, Nicolás Sarkozy y George Bush hayan hecho comentarios fuertes y reproches sobre la falta de libertades. Este último ha sido el más duro y denunció en Tailandia la falta de libertad de opinión y se opuso a la detención de disidentes políticos, defensores de los derechos humanos y activistas religiosos; sin embargo, su voz ha sido criticada por la guerra en Irak, que le resta autoridad en estos temas.

La realidad es que los líderes mundiales tienen que ir despacito y con guantes de seda en este caso, pues China es la cuarta economía del mundo, y hoy en día ésta se mueve a través de la economía china. Tal vez por ello Sarkozy, quien en un principio asumió una posición de boicot contra los Juegos, suavizó su discurso y asistió a la inauguración, pues no ha querido poner en riesgo los intereses económicos de Francia en ese país.

La admiración por la cultura china y por los avances económicos y sociales son innegables, pero en lo político todavía queda mucho camino por andar en cuestión de derechos humanos y libertades. El mundo aspira a que estos Juegos ayuden a producir cambios, pues el hecho de poner a la población china en relación con el resto del mundo genera apertura, transparencia y pérdida del temor hacia un Estado que ha sido bastante represivo. ¡Bienvenidos los Juegos!

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