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Jean-Jacques Annaud tiene el aire de un científico loco, por el cabello rizado y blanco y porque no deja de reírse, pero quien lo conoce sabe que es un director de cine de la vieja escuela y un viajero imparable. Desde que con La victoria cantando, que rodó en Camerún a los 32 años, ganó en 1976 el Óscar a mejor película extranjera, su trabajo lo ha llevado a filmar en Kenia (La guerra del fuego), el Himalaya (Siete años en el Tíbet ), varias abadías alemanas (El nombre de la rosa) y la selva de Tailandia (Dos hermanos). “Me faltaba trabajar en Oriente Medio. Estaba sorprendido de escuchar tantas cosas malas y decidí viajar con mi familia a Yemen. La gente era extraordinariamente amable y cálida; quería recuperar esa complejidad en una película. Luego, en un viaje a Omán hace unos tres años, recibí la novela y la leí en las dunas. Así supe que eso ero lo que estaba buscando”.
La “novela” es Sed negra, del aventurero suizo Hans Ruesch, una historia que obsesionaba desde hacía veinte años al productor tunecino Tarak Ben Amar, quien al saber que Annaud aceptaba ser el director se puso al frente de una coproducción de cuatro países (Qatar, Francia, Túnez e Italia) y 40 millones de euros.
“Y un casting que incluye una actriz india, Freida Pinto (¿Quieres ser millonario?)”, dice Annaud, “un francés de origen argelino (Tahar Rahim, que se consagró con su papel protagónico en El profeta), un inglés (Mark Strong), además de cuarenta tunecinos, dos turcos, tres egipcios, un camerunés, una somalí, varios pakistaníes y marroquíes, y un árabe-español, que es como se define Antonio Banderas”.
“Es algo abstracto, pero probablemente tiene que ver con el hecho de que en la región de donde vengo tuvimos 800 años de convivencia entre árabes y españoles. Yo camino por mi ciudad y veo que la música, la arquitectura y la comida está llena de ese espíritu”, dice Banderas.
Rodada en Túnez y Omán, con más de mil extras, marchas épicas por el desierto y batallas que involucran tanques, camellos y aviones de los años treinta, Oro Negro es la historia de la rivalidad entre dos sultanes que, tras décadas de una paz frágil, terminarán por enfrentarse cuando una misión americana les informe que existe petróleo en el terreno que separa sus reinos. Uno de ellos, Amar (Strong), no dejará de desconfiar de los recién llegados y se lanzará a la guerra para defender la vida tradicional de su pueblo frente a su enemigo y aliado de los extranjeros, Nessib (Banderas), quien está a medio camino entre un emir progresista y un tirano obsesionado con el poder.
En cierta forma sobre ese personaje recae el peso del humor de la película. ¿Lo pensó como la caricatura de un dictador?
“Había algo muy multicolor en el personaje”, dice Banderas. “No es bueno ni malo, es un rey que gobierna sobre un pueblo sumido en la miseria y que de repente se da cuenta de que está parado sobre la riqueza que, eso cree, le permitirá sacar adelante a su gente. Un hombre normal en una situación límite que cree que hace lo correcto y no se da cuenta cuándo pasa del ‘para nosotros’, el pueblo, al ‘para mí’. Supongo que así es como muchos soberanos se intoxican y terminan siendo dictadores. Yo no le deseo la muerte a nadie, pero la vida de Gadafi era una caricatura. Mi personaje se pierde de la misma manera”.
La mención de Gadafi obliga a pensar en una coincidencia. Annaud y Banderas se encontraban rodando en Túnez una película donde el pueblo le da la espalda a sus príncipes al mismo tiempo en que el país se levantaba contra Ben Alí. “Nunca sentí miedo”, dice el director. “Me sentía protegido por la amistad que me ofrecía mi equipo y porque un viento de optimismo llevaba a la revolución. Ni una sola palabra contra los extranjeros, ni una consigna ofensiva contra ninguna religión. Sólo gente que quería librarse de un hombre que gobernaba en beneficio de sí mismo y de su familia. Yo estuve en Mayo del 68 y en medio de levantamientos armados en Camerún y Camboya, pero imagínate la emoción cuando en el set la gente gritaba ‘¡Abajo el tirano!’, la misma frase que escuchábamos en la radio local”.
“Cuando llegamos a Túnez, la cara de Ben Alí estaba en todas partes. Era un hombre admirado y amado por su pueblo. El 14 de enero, a las cinco de la tarde, cuando él estaba a punto de caer, tuvimos que salir en dos caravanas escoltadas por el ejército. Por la carretera veíamos gente disparando y autos quemados, pero la situación era más de emoción, de ver las ilusiones de todos esos jóvenes”, dice Banderas.
En la práctica, la revolución los obligó a lidiar con toques de queda, problemas a la hora de desplazar los equipos y días de trabajo que les resultaban cortos a pesar del conocido perfeccionismo de Annaud que lo llevaba, por ejemplo, a levantarse en la madrugada a buscar la mejor duna para la escena en que uno de los ejércitos se lanza desesperado al mar en busca de agua sin importarle que sea salada. “Sobre todo, nada de efectos digitales”, dice el director. ¿Enemigo de la tecnología? “Enemigo no. Hice comerciales durante diez años, siempre tenía a mi disposición los equipos más modernos y me gustaba contar con ellos, pero cuando uno abusa se pierde la realidad. Nunca me sentiría cómodo diciéndole a un actor parado al lado de una pantalla verde ‘Haz como si enfrente tuvieras un cangrejo gigante’. Rodando en escenarios reales, todo es real, es un placer. A mí me gustaba la 3D antes de que se pusiera de moda e incluso rodé Las alas del valor con esa tecnología. Ahora no lo haría, la 3D es una moda para ocultar la falta de historia de algunas películas. Como todas las modas, terminará por pasar”.
¿No es difícil convencer a los inversionistas de poner dinero en una película de aventuras sin efectos digitales? Me imagino que buscan algo más barato y más simple desde el punto de vista de la logística.
“¿Sabes cuánto vale una hora de trabajo de un equipo de animadores digitales?”, dice Annaud. “Si nunca he tenido problemas con conseguir personas que estén de acuerdo con mi manera de filmar es porque finalmente es más fácil. Yo encuentro el lugar, me pongo de acuerdo con el director de fotografía sobre la mejor hora del día para filmar, acomodo ejércitos y camellos y después de que digo ‘acción’ tengo la escena filmada en tres cuartos de hora. Si lo hiciera en posproducción, tardaría una eternidad, y sobre todo, no sería yo quien lo hiciera. ¿Qué sabe un muchacho criado con los videojuegos de la manera como se ve un camello cansado en el desierto? Hay también un sentido social: 500 personas locales trabajando, que saben, 500 trabajos en lugar de robarle la historia al lugar. Yo siento tanto placer de estar allí, en la realidad, que sé que los espectadores lo sentirán también”.
Si Banderas define Oro Negro como “un homenaje al gran cine y una parábola sobre el poder corruptor del dinero”, la película, que tiene cierto tono entre parábola e historia de Las mil y una noches, es además el homenaje al mundo árabe que Annaud había querido, un mundo, dice Banderas, “que tiene un lado sensual y bello al que, por no conocerlo, no le prestamos la atención suficiente”.
“A lo mejor las nuevas democracias llegarán a triunfar y, así no lo veamos, con el tiempo nos entenderemos a pesar de nuestras diferencias, lo que parece evidente, una verdad de perogrullo, pero no es fácil. La prueba es que no hemos podido”, concluye el actor andaluz.