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‘Hacemos lo que indica la sensibilidad’

A pesar de los rumores de crisis, su director, Ricardo Camacho, asegura que habrá Teatro Libre para rato y que su obra consentida será siempre la próxima.

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El público debe pagar por el espectáculo que quiere ver, pero a Ricardo Camacho le ha tocado tributar por el teatro que quiere hacer. Así ha sido desde antes de fundar el Teatro Libre, en 1973, y ya está acostumbrado a timonear en medio de la oscuridad, porque en casi cuarenta años de historia sólo recuerda una época boyante para la institución. El resto de los días han corrido con afugias, con situaciones extremas, y por eso no se sorprende con las voces de alarma que en este momento producen gritos para salvar a la institución.

El Teatro Libre es rico en iniciativas, en trayectoria, en repertorio, en dos sedes bien acondicionadas (Centro y Chapinero), en escuela de formación actoral, en prestigio y en amistades, como la de Santiago García, recién nombrado Embajador Mundial del Teatro, que le enseñó a Camacho, a todos los de su generación y a los más jóvenes, a reflexionar a partir del arte. El factor económico, como es normal en un proyecto cultural, funciona sobre la base de no perder tanto y de evitar que el rojo de los números se convierta en escandaloso.

“En la época actual puedo decir que estamos vivos, vamos con nuestro nadadito de perro. Tenemos el patrimonio de la escuela y seguimos trabajando sin parar. Yo no sé hacer nada más. Nosotros vivimos en pequeñas crisis económicas permanentes, pero aquí hay un sueño con más de 100 estudiantes, así que el Teatro Libre está garantizado para rato”, da su parte de tranquilidad Ricardo Camacho, quien comenzó a relacionarse con las artes escénicas durante su bachillerato en el Liceo Francés. Allí, los profesores tenían un grupo para hacer montajes y le pidieron a él, un estudiante de sexto bachillerato (once para las generaciones posteriores), que los dirigiera. “Era un ciego tratando de guiar a otros ciegos”, dice.

Camacho estudió Filosofía y Letras en la Universidad de los Andes y participó en los distintos movimientos estudiantiles que caracterizaron el final de la década de los 60. En ese momento el teatro universitario se politizó y empezó una época muy agitada. A él le tocó esa cresta de la ola y mordió el anzuelo de que el arte podía servir para la transformación revolucionaria de la sociedad.

En el 73 le apostó a lo que consideraba una herramienta clave para modificar la conciencia de la gente. Luego de la efervescencia del instante, se dio cuenta de que ninguno de los actores de su generación (Jorge Plata y Patricia Jaramillo, con quienes fundó el Teatro Libre) tenía formación, y habían aprendido el oficio haciéndolo. Ellos simplemente, desconocían cómo era la educación de la voz o del cuerpo, porque su conocimiento había sido aportado por los libros.

“En general, el artista aspira a un mundo mejor, pero es muy relativo el rol que pueda desempeñar el teatro en ello. Sin embargo, ya embarcados en este proyecto, pensamos que debíamos hacerlo bien y en eso estuvimos entre el 70 y el 80, cuando conseguimos la sede del centro y definimos que queríamos ser un grupo de repertorio para poder abarcar los griegos y no excluir ningún género. Queríamos y todavía queremos hacer buen teatro, sin concesiones comerciales. Nosotros nunca nos preguntamos: ¿será que esta obra va a producir un hit?, eso se lo dejamos a otros que, además, lo hacen mejor que nosotros”, comenta el director.

En esa época no había entrado la ola del teatro comercial. La opción era el teatro de autor y eso ayudó a la consolidación de salas como La Mama, La Candelaria, Acto Latino y el mismo Teatro Libre. Pero la sociedad cambió a raíz de sucesos como la toma del Palacio de Justicia, la tragedia de Armero y el narcotráfico. En el 90 no podían actuar porque no había luz. El racionamiento en algunos sectores iba de 8 a.m. a 8 p.m, así que para ir a teatro tocaba salir de la casa a las 7 y a oscuras. Además, el centro estuvo cerrado durante dos o tres meses y luego las bombas alejaron paulatinamente a la gente de los eventos culturales. Después entró el teatro comercial con la fuerza suficiente para hacer que el público conociera a sus ídolos de la televisión.

“La mejor época fue entre el 75 y el 85; había temporada de martes a sábado, con dos funciones los fines de semana. Era el momento de mayor represión, pero nosotros hacíamos teatro de repertorio, como El rey Lear, de William Shakespeare, y Las brujas de Salem, de Arthur Miller. La peor época fueron los comienzos de los 90, con las bombas y los apagones. Eso fue fatídico y casi nos liquida. Fueron dos años muertos. No quiero ni recordarlos”, dice Camacho, quien considera que, a pesar de todo, los actores jóvenes son mucho mejores que los veteranos. “No tienen la mística, esa cosa fervorosa, eso desapareció, pero técnicamente son mejores porque lo que nosotros aprendimos a los 30, ellos lo aprendieron a los 18”.

La característica principal del Teatro Libre es que se trata de una compañía con una escuela actoral fundada en 1988, lo que hace que exista una retroalimentación constante. El Libre no es una compañía endogámica que mira hacia adentro. Los jóvenes han llegado con una inyección importante de conocimiento e incluso han confrontado a sus maestros.

“En el Teatro Libre hacemos lo que la sensibilidad nos dice. Nos interesa el teatro de autor, seguramente porque venimos de una escuela de literatura y la influencia más importante fue la de los libros”, dice Ricardo Camacho, quien asegura que su montaje favorito siempre es el que viene, en este caso Persecución y asesinato de Jean Paul Marat, de Peter Weiss, que dentro de poco estará en temporada. El Libre mira al futuro y lo ve rodeado de arte. Ya el pasado quedó atrás y al ver por el retrovisor, Camacho puede afirmar que está en tablas con la historia.

Los montajes del repertorio del Teatro Libre

Las obras más importantes del Teatro Libre en sus casi cuarenta años de historia condensan una fusión particular entre las piezas clásicas y los autores contemporáneos. Dentro del repertorio de la compañía se cuentan las cuatro adaptaciones de Fiodor Dostoievski: ‘Crimen y castigo’, ‘El idiota’, ‘Los demonios’ y ‘Los hermanos Karamazov’, una de las piezas más exigentes por su contenido dramático.

Además está ‘El encargado’, un texto insignia de Harold Pinter, exponente del teatro del absurdo; ‘Angelino, servidor de dos patrones’, en temporada actualmente en la sede del Centro, y ‘Divinas palabras’. La novena obra del repertorio será ‘Persecución y asesinato de Jean Paul Marat’, de Peter Weiss, que está en proceso de montaje.

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