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“A VECES MATAR ERA COMO CORtar flores. Es como si uno ha tenido 50 novias en la vida, sólo se acuerda de unas. Puede que tenga muchos muertos encima, pero sólo se acuerda de algunos”.
Esta fue la respuesta que le dio Pedro Bonito (o Pedro Ponte o Raúl Hasbun), jefe del Bloque Bananero de las Auc, en su tercera jornada de versión libre ante la Unidad de Justicia y Paz en Medellín, a la fiscal cuando ésta le pidió precisar las identidades de las víctimas. La fiscal quedó tan estupefacta que interrumpió la audiencia, imagino, horrorizada, ante tanta crudeza, tanta crueldad, tanta inhumanidad.
En la misma semana, en el auditorio de la Universidad de Medellín tuvo lugar una ceremonia macabra y respetuosa, en la que los invitados fueron familiares de víctimas que llevaban hasta una década buscando alguna huella de sus seres queridos. 27 familias recibieron pequeñas cajas con restos óseos. A cinco, una fotografía, una flor y la confirmación por el paramilitar H.H. de que a sus hijos los habían asesinado y sus cuerpos arrojados al río Cauca. El verdugo pidió un perdón que las madres no le concedieron.
El expediente contra el general Rito Alejo del Río, que el fiscal Luis Camilo Osorio cerró olímpicamente —con preclusión incluida, el 9 de marzo de 2004—, contiene historias tan dolorosas como éstas. Ciudadanos, organizaciones sociales y religiosos le solicitaron a Osorio investigar más de 200 crímenes documentados de lesa humanidad, ocurridos entre 1995 y 1997 cuando Del Río fue comandante de la Brigada XVII en Carepa, Urabá. Testimonios y constancias que permitirían judicializar las denuncias de apoyo al paramilitarismo y concierto para delinquir contra el general en retiro. El jesuita Javier Giraldo se constituyó en parte civil en el proceso y aportó pruebas de masacres y asesinatos en siete comunidades de Urabá.
La Operación Génesis del general Del Río dejó una estela de muertes atroces que aún no terminan de reconstruirse. Una Operación que, eso sí, le mereció el apelativo del ‘Pacificador de Urabá’ y el homenaje de desagravio que “fuerzas vivas” de la sociedad le hicieron en 1999 en el Hotel Tequendama, cuyo orador oferente fue el hoy presidente Álvaro Uribe, gobernador de Antioquia durante su comandancia. El fiscal Osorio ha disfrutado las mieles de la diplomacia en el Vaticano y en México, desde la preclusión de la investigación.
La tranquilidad del general Del Río parece terminar por cuenta de los paramilitares Salvatore Mancuso y H.H., sus cómplices de entonces, confesado por ellos mismos. Sus versiones son piezas sustanciales de un expediente de más de 9.500 folios sobre por lo menos 1.700 crímenes perpetrados en Jiguamindó, Curbaradó, Vigía del Fuerte, Pavarandó, Cacarica, San José de Apartadó y Dabeiba, cuando Del Río estuvo al frente de la Brigada XVII. ¿Qué hará con esto el fiscal Iguarán?
Estamos atrapados por la banalidad del mal, que analizó Hannah Arendt a raíz del juicio al criminal de guerra nazi Adolf Eichman. Banalidad nacida de la irreflexión de quien comete los crímenes, aupado por una dinámica de tolerancia con la violencia como medio para conseguir resultados. Unida a la complacencia, hasta la complicidad de quienes los tienen que juzgar y condenar. Llámense individuos o sociedad.