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Un hecho curioso, porque durante 34 años Rosset le rompió la cara a la buena industria literaria, los burócratas de turno, los jueces y, en general, a un establecimiento demasiado conservador como para mirarse en el espejo deformado de la literatura hecha de napalm que salía de la prensa de Grove Press. Todos aplaudieron en el homenaje de 2008 aunque, de pronto, más de uno moría internamente por tener que celebrar al eterno provocador.
A través de Rosset es que Esperando a Godot llegó a los lectores en Estados Unidos por primera vez. La misma ruta la recorrieron Trópico de Cáncer, Aullido, El almuerzo desnudo o Diario del Che en Bolivia, para mencionar algunos de los grandes éxitos de un editor que prefirió no publicar, también por primera vez en su país, El señor de los anillos.
Más que un provocador, Rosset, como otras buenas figuras de su oficio, se pasó la mitad de la vida peleando en un juzgado o bajo los peores titulares de la prensa amiga del poder (¿cuál no lo es?) para defender la libertad de sus lectores a recibir el material que un tiempo después la crítica consideraría sublime.
Claro, hoy que está muerto se honra al editor porque le entregó a Beckett o Ginsberg a tantos más lectores. Pero lo cierto es que pudo haber publicado literatura mucho menor, si cabe el adjetivo, y aún su obra sería admirable sólo por el hecho de haber resistido y pataleado y escupido a todos los que gobiernan, legislan y ordenan con el derecho divino de tener dinero o de haber robado el suficiente.
La revolución se extinguió en un mundo en el que un hombre armado es sinónimo de libertad, pero un pensador es un criminal.
Barney Rosset, incluso con sus desaciertos, fue una de las contrariedades de este sistema. Menos mal.