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La incomodidad de hurgar en la nada

La escritora danesa Janne Teller, invitada al Hay Festival, creó en 150 páginas una historia tan polémica que hasta fue víctima de la censura en Europa. La autora se cuestiona cuánta provocación hay en lanzar una pregunta convencional sobre el sentido de la vida.

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Hay una edad en la que empezamos a no darnos respuestas. Una en la que sentimos que quizás hemos conseguido darle a la vida algún sentido, una edad en la que las preguntas se cambian por una sensación de darlo todo por sentado. Hay otra edad, por el contrario, en la que uno no entiende muy bien hasta dónde llega el cielo, quién lo trajo a uno a la vida y por qué cuando se acaba el año no empieza algo completamente nuevo. Esa gran habilidad que tienen los más jóvenes de lanzar preguntas incómodas, capaces con frases inocentes de sacudir todo nuestro bien construido mundo intelectual, era algo de lo que la escritora danesa Janne Teller había oído y de alguna manera lejana había dado por verdad. Sin embargo, fue cuando escuchó en su cabeza la sentencia de un jovenzuelo que le decía, casi le dictaba, “Nada importa, hace mucho que lo sé, por eso no merece la pena hacer nada. Eso acabo de descubrirlo”, que se dio cuenta de la verdadera capacidad perturbadora de los asombros de la juventud.

Pierre Anthon, de 14 años, nació en su cabeza y, fruto de sus letras, se paró ante el salón de clase y les hizo saber a todos sus compañeros que había descubierto que nada tenía sentido y que, por tanto, lo único que importaba era subirse al árbol de ciruelas a contemplar el cielo y así, de alguna manera, confundirse con esa nada. Luego abandonó el salón, dejando en él a muchos niños en desconcierto.

Janne Teller dio origen así a su libro titulado Nada, publicado por Seix Barral, y a la vez creó una polémica historia que fue censurada en varios países europeos. “Es extraño que un libro sea censurado hoy en día en Europa, no por ser acusado de tener contenidos violentos o sexuales, o por su lenguaje inapropiado, sino simplemente debido a las preguntas que hace, preguntas que en efecto todos sabemos que existen, aun cuando no las formulemos, como Pierre Anthon lo hace. Hoy en día casi todo está permitido en un libro, así que para mí es signo de algo muy malo en nuestra llamada sociedad moderna y abierta cuando la cosa más provocadora que uno puede hacer es lanzar una pregunta convencional sobre el sentido de la vida”, asegura Teller, invitada al Hay Festival de Cartagena, con la tranquilidad que le han traído los años después de que su libro revolcara a maestros y libreros.

En su pequeña novela de 150 páginas, la historia prosigue contando cómo el grupo más cercano de amigos de Pierre Anthon quiere demostrarle que la vida tiene sentido, por lo que se aventuran a hacer un Monte del Sentido, un morrito en donde apiñarán las cosas que consideran le dan uno a su existencia. Ellos tendrán que enfrentarse entonces a una pregunta de esas que rascan y sacan herida: ¿En dónde está el sentido de la vida? ¿En dónde lo encontramos para demostrarle a Anthon que está equivocado? El juego por desvelar la vida misma los lleva a desentrañar la oscuridad del cuestionamiento y quizás es ese sinsabor o, más bien, esa imposibilidad de resolver del todo el acertijo, la que perturbó a tantos adultos que acusaron al libro de violento, de provocar una gran desesperanza en sus jóvenes lectores. “Usualmente oigo a la gente decir que Pierre Anthon es un nihilista. Yo creo que no lo es; él puede pensar que la vida no tiene sentido, pero está satisfecho con lo que él ha descubierto y, en consecuencia, desea que sus amigos entiendan lo que él ha entendido, o piensa haber entendido, así ellos podrán detener ese afán por correr a vivir una vida llena de normas sin mucho sentido”, añade la escritora, y confiesa que de alguna manera escribió el libro que hubiera querido leer de niña para descubrir que, incluso siendo una adulta, era uno de esos libros que estaba necesitando.

Seguramente si su libro lo hubiera escrito pensando en los adultos no sólo habría tenido que pasar por Jesucristo y Hegel, sino que quizás no hubiera ido tan lejos —una distancia que sólo los lectores del libro podrán advertir—, y entonces de modo paradójico es posible que no hubiese encontrado tan buen recibo como ha tenido entre los mayores, que parecen vivir un remesón entre sus letras, que parecen encontrar un libro que no los desampara y que se mantiene vivo en la cabeza meses y meses después de haber sido leído: “Escribiendo esta historia he podido lidiar con el asunto de la existencia y la nada que siempre me acechó desde chica, y creo que a muchos otros adultos les pasa. Todos tenemos un Pierre Anthon adentro, la decisión que cada uno toma es cómo lidia con eso en su cabeza”.

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