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Y LO SIGUEN SIENDO. SON, ADEMÁS, excelentes actores. Pero, ¿necesitaban maltratar su imagen pública con la encarnación de los criminales más despiadados y de los carteles mafiosos, no sé si llevado todo a la exageración o apenas en trasunto real, para mal de nuestras costumbres y de nuestra historia, como malogrado país?
Que un Manolo Cardona o un Cadavid, no digo un Robinson, quien hace rato representa con excelencia la maldad, estén personalizando la deslealtad, el crimen, la frialdad de las decisiones con que se prescinde de la vida de los amigos o compinches, es algo que no deja de trastornar al espectador apacible. No por lo bien que lo hacen debe aplaudirse el papel escogido o que han debido aceptar, para no quedar por fuera del seriado.
Hace mucho tiempo admiro el teatro y la representación, y ese misterioso desdoblamiento por el cual una persona entrega su propio ser, su aspecto físico, a veces sin maquillaje deformador, sus gestos, su tono vocal, sus reacciones nerviosas, a la farsa (“la antigua farsa”), a la mentira escénica. Porque allí muestran precisamente lo que no son y, en cierta forma, una oculta capacidad emocional para haberlo sido.
Es el actor un ser particular, dotado de facultades especiales, que entiende a cabalidad a sus semejantes, que ha observado o padecido, en lo propio o en lo ajeno, las distintas facetas de lo humano. Es, de este raro modo, un humanista, como que “nada de lo humano le es ajeno”.
Pero, así y todo, da dolor ver actuar a estos jóvenes ídolos como facinerosos, a los que por oficio representan. Tanto que algunos han tenido que salir a la pantalla en frío a explicar su repugnancia por la realidad que aparentan.
Para colmo, pasa uno de irse a la cama, impresionado por las secuencias miserables y despiadadas de una telenovela de moda, a escuchar al gobernante expresarse en parecidos términos para finiquitar matones de la descarnada realidad colombiana. Sonó feísimo aquello de “acábenlos,…y es por cuenta mía”. Frase de un presidente, legítimo para una Corte e ilegítimo para otra, pero que aparenta ser un gobernante democrático.
Si aquello es la farsa, la antigua farsa, esto otro es una realidad que ya no sólo se representa, sino que está viva. Muy mal se verá Colombia cuando viaje a otros países su última y atroz serie de televisión, con calidad de cine, que estamos viendo por estos días. Como tampoco un presidente puede dar órdenes de muerte o de prisión, pero ni siquiera increpar en público a sus subalternos, en una exhibición de poder, que muchos pueden ver y que desdice de lo civilizado. Es hora de preocuparnos del qué dirán.