Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Hay rituales que están llenos de esperanza, como cuando nos aplicamos una crema humectante en la noche o cuando bebemos los ocho vasos de agua para liquidar la piel de naranja.
Y son rituales que cautivan una intención para mezclarla con las vanidades y los azares en los segundos más cruciales del día; rituales que buscan el porvenir en el café de la mañana y que atan la nueva compañía al enredo de piernas de una madrugada.
Cada ritual tiene su diseño propio y su dosis personal de catarsis porque en esos momentos somos el centro del mundo y cada línea de futuro pasa por el propio ombligo. Un cruce de dedos, encender una vela en el sitio más sagrado, vestirse de azul para la entrevista y de rojo para el encuentro, leer un horóscopo, comprar flores amarillas o caminar dos cuadras antes de llegar a casa, son los ritos que nos vuelven repetidos pero que nos llenan de utopías en la dimensión de lo cotidiano.
Los rituales son una entrada al terreno de la atención en el instante. Atención que, con una pizca de conciencia, evoca la intención alrededor de un asunto que nos interesa y obliga la voluntad para hacer que suceda. Magia y no, es un momento en el que rogamos a la voluntad propia, divina o al universo etéreo, que suceda aquello que queremos. Todos tenemos un ritual, un simple reducto de la sabiduría primitiva, un acto que nos recuerda la especie que somos y que, hoy, en el auge de la globalización, puede parecerse mucho más a una rápida bendición cuando el avión despega que a una hoguera nocturna. Cada ritual es un pedacito de conciencia cósmica y es convertir el cuerpo en un albergue para el infinito.
Pero los rituales no son importantes por el tipo de rituales que sean. No hay rituales más efectivos que otros o más científicos que mágicos y resulta igual de parecido si nos permitimos un masaje con aceite de naranja para que los azahares atraigan el amor, como sumergir cada pie en agua tibia con sal para deshacernos de un mal genio o, porqué no, consumir piña en ayunas como reductor de barriga. Los rituales, los de todos los días, los verdaderos, los más eficientes, saben poco de género o de luchas de clases y son, a la vez, milenarios y de vanguardia, porque pueden levantar puentes entre la ilusión del futuro y el presente. Son nuestros actos secretos y personales, que abren esas otras dimensiones en las que nos cuesta creer pero que, con devoción interna, ponemos a disposición del sueño propio. Los rituales son nuestros centros de atención al usuario cuando, en una emergencia, queremos apostarle a la vida, reactivar la voluntad, hacer acto de presencia e invocar la conexión con lo imposible.