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Se habían cruzado al comienzo de la noche, ambos apartados del crónico bullicio de la calle, cansados con tanto repudio del neón como de la oscuridad, y del frío, y del vaho. Antes de tomar desinteresado asiento en la acera de una esquina, él pensó con furor en una posibilidad remota. Y esa posibilidad se hizo:
—¿Tienes fuego?— preguntó… preguntó…
—Aquí tienes. Y tú, ¿tienes un nombre?
Preguntó Irene. Podría decirse con inexactitud que vestía un traje rojo, o, evadiendo los controles por los que un hombre se ve sometido al sudor-temblor-placer-incapacidadparacontinuarescribiendo, insinuar que Irene no vestía de rojo sino que era ese rojo, con todo lo que en el fondo significa ser ese rojo. Y eso significa, más que nada, unos pezones y una turgencia y una forma bastante peculiar de fumar. Una forma que, imaginaba él, no resultaría entorpecida por frases cortas y protocolarias, quizá sobre el cambiante estado del clima o las últimas discusiones políticas:
—Lloverá —dijo Irene. Desapareció con un beso la gota en el dorso de su mano. Aspiró a dos tiempos una bocanada. Echó un vistazo a la multitud calle arriba. Continuó: —¡Y recuperamos nuestros abortos!
Bien pensado, que en el lenguaje de la noche es igual a convenientemente pensado, esas dos frases bastaban para romper de un tajo las reglas casi burocráticas por las que tendrían que incurrir en largas seducciones. Por eso Irene vestida de rojo y él, unidas las manos, transitaron felices por la calle, al encontrar el hidrante doblaron a la izquierda, rieron el brusco cambio de acera al que los obligó Irene para evadir al vagabundo, y se dejaron convencer por el viejo y poco convincente encargado de aquel derruido motel de que la fachada nunca le importó, sino la comodidad de sus habitaciones.
Y sin embargo no. A decir verdad ese trayecto, y el sexo posterior, y el sexo posterior, y el sexo posterior, y a pesar de las dudas mutuas también el sexo posterior, todo ello ocurrió en un estado de manos unidas pero no de felicidad. Porque la felicidad estorba al placer del mismo modo en que a Irene, desnuda y tumbada al encender el último cigarrillo, le estorba el fuego.
—Quiero que escribas un cuento para mí— dijo.
Irene, azulada por efecto de una persiana, era la palidez del fuego que se extingue.
—Hay un ejercicio… —dijo él, de súbito incorporado, buscando a tientas el pantalón—. Consiste, en realidad, en algo muy sencillo: piensa en una locación, un personaje y cinco palabras. Yo escribiré tu cuento con ellos.
Irene sonrió entretenida.
—¡Pienso en una playa!
Él asintió con la cabeza: una playa estaría bien. Miraba a Irene a los ojos, recordando haber leído que la visión humana nunca se enfoca en un solo punto, sino que llega a cubrir cientos de puntos en pocos segundos. Ella daba bocanadas y recitaba:
—Picante. Fusión. Distancia. Mariposa. Júbilo.
Asintió a las cinco palabras, se acercó a Irene, la besó en los labios, al oído le susurró que aún faltaba el personaje.
—Hazlo por mí. Quiero que lo elijas por mí.
Ella sonreía. Y era hermosa. Y era efímera.
—Se llamará Irene —le respondió pausadamente—. Y vestirá de rojo.
El resto del cigarrillo aún encendido cayó al suelo de la habitación. Un gesto mecánico hizo que él lo recogiera y se lo llevara a la boca. Intentó aspirar, pero fue inútil: la humedad de la playa lo había extinguido.
A Merly García