Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Siempre se habla de llegar a acuerdos. De hecho, el presidente está proponiendo un gran pacto nacional. Es difícil concertar, porque pesan prevenciones ideológicas, sesgos conceptuales, distorsiones de comprensión, en un proceso que durante años ha creado la idea de que los otros son enemigos. De esa manera no hay espacio para entenderlos o aceptarlos, sino que deben ser destruidos, lo que dificulta cualquier entendimiento.
Todo es parte de una insana política partidista. Los miembros del Partido Conservador tildaron a los del Partido Liberal de ateos, anarquistas, matacuras, enemigos de la religión católica, que era la que dominaba en todo el país y practicaban la mayor parte de los colombianos, por lo que profesar ideas liberales era poco menos que atentar contra las creencias y convicciones arraigadas en el pueblo. Los liberales ayudaron a ahondar en esa confusión, atizando la persecución contra los sacerdotes, promoviendo su expulsión del país, haciendo de la causa religiosa parte de su ideario. Colombia vivió de 1886 a 1930 una hegemonía conservadora de 50 años, lo cual creó un país acorde a ese ideario, por lo que las estructuras sociales, económicas y políticas correspondían al mismo. Las ideas liberales de 1930 a 1945 impulsaron cambios ideológicos y políticos que chocaron con las creencias de la mayoría de la población y con el sistema establecido.
Ambos partidos, Liberal y Conservador, hicieron de la división, de la confrontación, del ánimo pugnaz ante el contrario su divisa y sentaron las bases de un país polarizado. El acuerdo que llevó al Frente Nacional, como una manera de parar la masacre que estaba destruyendo a la nación, fue visto por la masa que había sido adoctrinada como un acuerdo entre los de arriba, que beneficiaba a los dirigentes, pero no al pueblo. Gaitán se situó en otro de los extremos y dividió al país entre ricos y pobres, e hizo de esa lucha el eje de su política. Los políticos, para crecer y prosperar, ahondan en las miserias y carencias de la población. La política en nuestro país ha sido fuente de división, de polarización ideológica, donde han medrado avivatos de todos los colores. La guerrilla profundizó la división ideológica, política, social y recurrió a las armas y a la violencia, desatando una confrontación que ha contribuido a la destrucción de la nación y a una polarización que hoy parece irreversible. Todos han tenido argumentos para defender su intolerancia y justificar la masacre y el dolor que han propiciado.
Para lograr un acuerdo nacional, es necesario reformular las ideas políticas entre los colombianos. Lamentablemente, la contienda política se inspira en pasiones, en sentimientos, y entre más exacerbados sean, más réditos ofrecen, por lo que hablar de una política que no apele a los sentimientos parece una utopía, algo irrealizable. Por eso, todo acuerdo termina asentado sobre bases deleznables, es visto como una maniobra entre los de arriba, mientras el pueblo se mantiene dividido y polarizado, alimentando odios y resentimientos atizados por los mismos que proponen los acuerdos.
Fernando Brito Ruiz. Pereira.
Envíe sus cartas a lector@elespectador.com