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‘La retrospectiva es un examen de conciencia’

La obra creada por la artista Beatriz González entre 1948 y 2010 será exhibida desde el 23 de noviembre para demostrar que con ella se ha convertido en la pintora de la vida social nacional.

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¿Cómo se hace para dejar en el olvido algunas vicisitudes de la vida cuando se ha vivido haciendo un registro frenético de todo lo que se ha visto, tocado, experimentado? ¿Cómo se hace para no recordarlo todo cuando un cuadernito te ha acompañado en la maleta y los momentos, los rostros, los recortes de periódico leídos están todos puestos sobre lienzo y papel? ¿Cómo hace un artista para contar su historia personal sin sentirse acosado por la propia obra que ha dado testimonio de su existencia? “Es que hacer una retrospectiva de tu obra es hacer un examen de conciencia”, sentencia la maestra Beatriz González, quien, a petición del Museo de Arte Moderno de Medellín, rebuscó entre anaqueles, revolcó sus archivos y se dispuso a pararse, valiente, enfrente de esa vasta obra que ha realizado entre 1948 y 2010, para permitirse una pausa y mirarse.

“Yo no hacía una retrospectiva desde 1984. Entonces eran muchos años para mirar. Esto ha sido como frenar en seco y darse cuenta de la cantidad de obra que uno ha hecho; es mirar las obras viejas, es descubrir otras olvidadas”, dice la maestra en su estudio, cerca a la Plaza de Toros de Bogotá, ubicado en un décimo noveno piso en donde la luz no sólo le permite la creación pictórica, sino que le aviva esos aires jóvenes que aún la habitan y hoy se manifiestan en su camisa leñadora roja y azul.

Parada allí, preparada para caminar por las pinturas de su pasado, Beatriz González no puede evitar reconocer lo determinantes que fueron esos primeros trabajos hechos para la universidad, en donde descubrió que su creación debía partir de algo dado: un afiche, la obra de otro pintor, un recorte de revista.

Una inclinación que se exacerbaría en su delirio por indagar cómo se registraba la vida, también la muerte, en las fotografías de periódico y que marcaría tanto su quehacer como pintora que la terminaría convirtiendo en una de las grandes retratistas de la vida social y política del país. La haría una testigo armada con pinturas que registraría en la memoria colectiva el gobierno de Turbay, los sucesos del Palacio de Justicia y las formas en que los sobrevivientes de la guerra cargan a sus muertos.

“No sé por qué a pesar de las maravillas que registran los reporteros gráficos de los diarios, por algún mecanismo son imágenes que se olvidan al poco tiempo. Lo que yo he querido hacer en mi trabajo es un ejercicio de memoria, pasar esas imágenes a otra técnica, para que así duraran un poco más”, explica la artista. Para ella el arte no puede escapar a su contexto: “Creo en el artista comprometido, pero me parece que debe ser muy distinto a lo que fue el arte comprometido mexicano o ruso, que fue militante. Uno no quiere aleccionar, ni dar clases con la pintura, pero uno sí tiene un compromiso con la verdad, con la realidad: es imposible desvincularse de eso que se vive”.

En la retrospectiva, que han curado Alberto Sierra y Julián Posada y que será inaugurada el 23 de noviembre en Medellín, tienen un lugar especial obras como ‘Los suicidas del Sisga’, una creación canónica que rompió con todo lo que González venía haciendo en los años setenta. También varias obras de la serie de los muebles, con las que se adentró en la exploración del gusto popular, así como sus versiones sobre grandes cuadros de la historia del arte y, por supuesto, sus pinturas de próceres, con las que sabe que se volvió una mujer incómoda para los poderosos y los académicos.

A los 73 años, Beatriz González mantiene intacto ese carácter que hacía que cuando en sus años de juventud asistía a una fiesta de sociedad, en su natal Bucaramanga, todo el mundo se preguntara por la chica callada que, sin embargo, con un comentario era capaz de desestabilizar de risa a todo el grupo. “El humor y la crítica presentes en mi carácter y en mi obra han sido un mecanismo de defensa para mi desmedida timidez”, dice la maestra, quien mantiene también vivo esa gran amor por la historia que su madre reconoció desde temprano, cuando le escribía en cartas a sus parientes: “Beatriz perdió aritmética y geometría. Menos mal que no le importan y con eso no sufre”. Y a pesar de que el color ha cambiado, dejando atrás los anaranjados y verdes loras, que ahora le dan espanto, a favor de unos más suaves, Beatriz González sabe bien qué es: “Siendo tan cuestionada la pintura, sigo siendo pintora, pero me he inventado unos mecanismos para sacarla de su decadencia”, confiesa esta artista, que, después de ver todos los vestigios que sus manos han dejado, no tiene más remedio que registrar esos archivos minuciosos de recortes de periódico que ha guardado en fólderes antioxidantes, tomar el lápiz y ponerse a dibujar los bocetos de ‘Los inundados’, la nueva serie en la que trabaja, que desentraña el dolor de las familias que vieron al futuro irse entre las aguas, unos dibujos que serán luego cuadros y que algún día harán parte de toda esa obra digna de celebrar.

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