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“He sido sólo un hombre que ha hecho todo lo posible por abrirse un camino hacia la dignidad y la emancipación. Ser un hombre”. Así finaliza el libro Éramos jóvenes y despreocupados, la autobiografía que escribió Laurent Fignon en 2009, en la que, entre otros temas, aceptó que durante su carrera como ciclista profesional se dopó en varias ocasiones.
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En ese año también le fue descubierto un cáncer intestinal que se extendió hasta el páncreas, que ya había hecho metástasis y que terminó con su vida el 31 de agosto de 2010, hace exactamente 11 años. Una vida que estuvo colmada de triunfos, polémicas y de odio hacia los pedalistas colombianos.
“El Profesor”, como le decían por sus gafas que concordaban con las de un académico de la época, debutó en el profesionalismo con apenas 22 años y uno después ya estaba ganando su primer Tour de Francia, el de 1983, en cuya clasificación general les sacó más de cuatro minutos al español Ángel Arroyo y al neerlandés Peter Winnen.
En 1984, Fignon volvió a quedarse con la carrera más prestigiosa del planeta, superando a otras leyendas de la historia ciclística. Aventajó por más de diez minutos a su compatriota Bernard Hinault y al estadounidense Greg Lemond. El hombre protagonista de este artículo volvería a triunfar en una grande en el Giro de Italia de 1989 y fue tercero en la Vuelta a España de 1987, ganado por el colombiano Lucho Herrera.
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Según manifestó Fignon en su libro, la victoria del “jardinerito de Fusagasugá” se debió a que él se dejó sobornar a cambio de 30.000 francos para no atacarlos en las últimas etapas. Una versión que suena poco real, pues faltando tres etapas Herrera ya tenía el título prácticamente asegurado y el francés era el tercero en la general.
“Hubiera tenido todo ese montón de plata para comprarme el título de la Vuelta a España, más lo hubiera invertido en el Tour de Francia”, dijo entre risas hace un tiempo Lucho Herrera en entrevista con este diario.
Además, fue Fignon el que en su misma autobiografía admitió prácticas irregulares, como haber ganado la última etapa del Clásico RCN 1984 bajo los efectos de la cocaína, aunque ese hecho fue desmentido por Cyrille Guimard, su entrenador en ese entonces. El francés también afirmó haber consumido anfetaminas y corticoides para doparse. Esas sustancias aumentaban su agresividad en el pedaleo, sumándoselo a sus cualidades natas para ser rápido en los distintos terrenos, pues no era ni un escalador puro ni un contrarrelojista. Se sabía adaptar a las circunstancias que le ofrecían las carreras.
Con esa habilidad para adaptarse también conquistó varias clásicas y otras competencias. Al parecer sus prácticas dopantes no tuvieron que ver con su enfermedad. Lo cierto es que fue un ciclista talentoso, polémico y despreocupado.