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Los contenidos de televisión como piedra en el zapato

Uno de los temas más discutidos en los medios de comunicación es el de los contenidos. Con el desarrollo de las nuevas tecnologías, el debate ha tomado caminos tan dramáticos, como el de China interviniendo internet o el del conservador David Cameron del Reino Unido, proponiendo el control de las redes sociales para tratar de atajar las revueltas cuyas raíces están en otra parte. Nuevamente se piensa erróneamente que el problema está en el sofá.

14 de agosto de 2011 – 06:00 p. m.

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La Constitución Política de 1991 es absolutamente clara. No habrá censura previa. Lo que simple y llanamente quiere decir que la responsabilidad reposa en los dueños y los directivos de los medios, que además deben hacerse cargo, ante la sociedad y la ley, de los efectos de sus decisiones. Los medios   tienen diferentes mecanismos para tratar de adecuar los contenidos a los objetivos de la sociedad: los principios y las políticas de su acción enmarcados en el interés público, el enfoque de su programación y sus múltiples procedimientos de seguimiento, el cumplimiento de los criterios de calidad de sus realizaciones, la tarea de productores y editores para ajustar las producciones a las reglas éticas de los canales, las demandas y críticas de las audiencias, los programas de responsabilidad social o las defensorías del televidente.

Colombia fue uno de los primeros países del mundo en crear las defensorías del televidente, una figura que se debe mantener y mejorar. Ellas posibilitan la evaluación crítica interna, el procesamiento de las quejas e intereses de los televidentes, el seguimiento de los contenidos y la pedagogía social. Siempre y cuando los directivos tengan en cuenta sus análisis y los televidentes puedan ver que se producen cambios reales. Es decir, siempre que se venzan el desgreño, la indiferencia o la arrogancia de los medios.

Sin embargo, para los televidentes los contenidos siguen siendo como piedras en el zapato. Mientras que muchos no se adecúan a las franjas y sus audiencias, otros se cambian indiscriminadamente, irrespetándolas; mientras que los niños y los jóvenes han terminado convertidos en ciudadanos de segunda, hay una saturación inocultable de telenovelas. Hay géneros y contenidos que no tienen importancia para los canales privados y que tampoco alcanzan a ser desarrollados por los públicos. Y para acabar de completar el panorama desolador, los mecanismos de autorregulación poco funcionan o son convertidos en rey de burlas.

El proyecto de ley que presentó el Gobierno al Congreso la semana pasada, dice que la Entidad Nacional de la Televisión —que reemplazará a la desprestigiada Comisión Nacional de Televisión— “garantizará la emisión de los programas de la franja infantil y familiar” (¡oh, gloria inmarcesible, lo mismo que se ha quedado en letra muerta desde el  origen de la TV!) y anuncia que se harán cumplir los horarios, una norma que seguramente les pondrá los pelos de punta a los canales privados. En el artículo 63 del proyecto se habla de los defensores o las defensoras del televidente, que serían nombrados por organizaciones de televidentes, lo que suena muy bien en el papel, pero puede dar lugar a los mismos desastres que se vivieron durante 20 años con el nombramiento de los consejeros de la CNTV. Y además, se anuncia el buen propósito de sacar los programas de los defensores del reino de las penumbras nocturnas, para colocarlo en un horario familiar diurno en que lo puedan ver los televidentes. Aunque esa solución peligrosamente puede enviar a los defensores a la hora soporífera de la siesta.

Hoy en el mundo, las opciones frente a los contenidos son tres: la regulación, la autorregulación y los procesos autónomos de participación de la comunidad. La primera debe ser estrictamente de mínimos, tratando de conciliar libertad de expresión con responsabilidad social. Sin embargo, los ejemplos autoritarios de algunos gobiernos latinoamericanos han sobrepasado los límites. La autorregulación está cambiando sustancialmente. De una autorregulación que enunciaba pero no cumplía, se está pasando a una autorregulación 2.0, en la que los ciudadanos se pronuncian sobre los contenidos mediáticos de manera inmediata y crítica a través de las redes sociales. Pero entre las dos opciones, existen sociedades que se están inventando mecanismos como los observatorios de medios, las organizaciones sociales de medios o las veedurías de medios, y que ya no se quedan quietas recibiendo todo lo que les quieran dar los productores, sino que se movilizan, debaten, se hacen oír.

Pero quizás el cambio más fundamental lo está promoviendo la tecnología. Se acabaron los días de la televisión omnipotente. Ahora y en el futuro próximo, la gente podrá hacer su propio menú, sus propios canales. Y no los verán sólo sobre la pantalla de su televisor, sino sobre las múltiples pantallas de sus teléfonos móviles y de sus computadores. Ya estamos viviendo en esos nuevos tiempos.

* Profesor de la Pontificia Universidad Javeriana

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