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Santiago García en escena

Su momento más difícil lo vivió por las amenazas de muerte contra la actriz Patricia Ariza, cofundadora de La Candelaria, «sindicada» de ‘hippie’ y de nadaísta.

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A primera vista, Santiago García podría ser un bucanero que se escapó del siglo XVIII y llegó ayer a las aguas del mar Caribe, descendió del barco con las manos atadas, camiseta de franela a rayas, de preso, el bigote blanco extendido hacia los lados, y una mirada cansada por el insomnio. O, quién sabe: un actor inglés que combina en su sombrero los colores rojo y negro, al igual que en el vestido que ahora exhibe en mitad de la función.

Camina con una vida de 82 años a cuestas, leve inclinación de espalda, pero con una reciedumbre que todavía le permite moverse como Pedro por su escenario, con la seguridad de conocer las miles de casas de teatro que ha recorrido entre aplausos y ovaciones cuyo eco parece no inmutarle. Pero la procesión va en el interior de su pecho, pues uno de los primeros reconocimientos que hace es al público, esa masa abigarrada y anónima que contempla entre risa y asombro las figuras fantasmagóricas, los espíritus pintarrajeados y las sombras largas de su arte contemporáneo.

Está en plena celebración de los 45 años del Teatro La Candelaria, jubiloso, y con la misma disciplina de siempre: meditación, a través del tai chi, de 9 a 10 de la mañana, 15 minutos de recreo y enseguida trabajo fluido junto a los 13 actores y actrices, además de un técnico, que lo acompañan en el despliegue de una creatividad colectiva que poco a poco se constituye en obra teatral, con vida propia, encauzada hacia el corazón de los espectadores.

— ¿Cómo es Santiago García?

— Cómo no soy… —responde—. No soy una persona seria, y siempre trato de encontrar el lado poético de todo lo que sucede, de todo lo que es, y lo que no ha podido ser. Por eso me ha interesado mucho profundizar en el estudio de la relatividad y la teoría de la física cuántica.

El estudio entregó resultados en la más reciente obra que recorrió el país: A título personal, cruzada por la incertidumbre y el caos, y en la que una realidad vívida y actual se instala de manera intempestiva en el escenario donde 12 personajes danzan, dialogan, cantan y se presentan sin representarse, mientras García, el director, comprueba una vez más que no es locura, sino una expresión del teatro posmoderno en el que, incluso, algunos coletazos del absurdo de Antonin Artaud, Ionesco y Beckett sobrevuelan en varias escenas.

II

La casa de la niñez de Santiago García era la de una familia santandereana que había emigrado del Puente Nacional hasta Bogotá, por allá en los años veinte, época en que en la capital se expandía el comercio de la clase media y se multiplicaban las quintas y las casas de inquilinato. En una de esas casonas convivía el niño Santiago junto con cinco hermanas casadas y 14 párvulos más con los que, sin saberlo, hacía teatro infantil a través de juegos inocentes en los que la vida era apenas un descubrimiento del mundo exterior expresado en sonrisas y miradas cómplices.

“Eso me marcó, me pareció fascinante”, dice, mientras sigue y persigue con sus ojillos adormilados el vuelo de una mosca. Enseguida recuerda que en las vacaciones de fin de año todos regresaban a Santander, donde continuaban los certámenes teatrales de familia en los que él participaba sin saber que lustros después aquellos movimientos lúdicos reaparecerían sin posibilidad de retorno.

En la preparatoria y en el bachillerato, el teatro continuó rondando su vida, junto a la pintura. Consideraba que eran las dos cosas más importantes de su vida y en las que ya se asomaba su inclinación hacia el arte. Sin embargo, al momento de escoger la carrera universitaria se decidió por la arquitectura. Entonces, como un gitano sin futuro, inició una vida de vagabundo en la búsqueda de algún lugar donde acampar sus sueños. Así, se fue a París, a Inglaterra y a Italia, donde terminó los estudios. Aquel instante, que precedería su pequeño y definitivo universo, lo remata con la variante de una frase de La Maga, en Rayuela: “De tanto buscar, lo que encontré fue lo que no estaba buscando”.

A los 27 años, sin saber qué hacer con el diploma de arquitecto, una extraña coincidencia habría de encaminar su destino hacia lo que siempre palpitó por dentro. A Colombia llegó Seki Sano, el director de teatro japonés que había ganado fama con la puesta en escena de Un tranvía llamado deseo, de Tenessee Williams, y La fuerza bruta, de John Steinbeck. García asistió a sus talleres, bebió de sus fuentes, aprendió sus frases —“El artista no puede ser indiferente hacia la sociedad y la época en que vive; al contrario, debe ser agente activo para la toma de conciencia social y política”—, se introdujo en el mundo de Konstantín Stanilavsky, y salió del salón dispuesto a llegar a viejo entre dramas, diálogos, signos escénicos, técnicas corporales y recursos psicológicos.

El refuerzo de aquel anhelo lo logró en Checoslovaquia, donde la impronta del poeta y dramaturgo Bertolt Brecht sobrevivía aún a través de Berliner Ensemble, la conocida compañía de teatro alemana que el creador del teatro épico había fundado junto a su mujer, la actriz Helene Weigel, quien, viuda, siguió dirigiéndola.

“Brecht había muerto en el 56, pero su viuda continuó al frente de la compañía. Allí estuve seis meses, me empapé a fondo de las metodologías del teatro de Brecht y logré aproximarme a esa nueva propuesta escénica que en los años 50 marcaba la ruta del teatro internacional del siglo veinte”, afirma.

— ¿De allá proviene su nostalgia, tristeza, depresión, locura? ¿Qué sobresale más?

— Hay un elemento —dice— que ojalá pudiera definirse y conectarse con el teatro, en mi relación con la realidad: mi carácter. Me siento siempre en una actitud de distanciamiento que en Brecht se llama el efecto de extrañamiento. Es decir, ver toda la realidad, pero tratando por todos los medios de analizar sus elementos más cotidianos.

III

Atrás quedó Guadalupe años sin cuenta, obra que se estrenó en 1975 y que abrió las puertas al mundo mediante premios, reconocimientos y una gira por 14 ciudades alemanas. Fue, según García, una especie de varita mágica. Pero hoy es sólo un recuerdo, al igual que Diez días que estremecieron al mundo, extenso reportaje de John Reed sobre la Revolución de Octubre que La Candelaria convirtió en una aplaudida obra de teatro.

Más atrás, en los comienzos, están los recuerdos de grandes amigos: Álvaro Cepeda Samudio, cuya novela, La casa grande, sirvió de base para la primera obra que se montó en La Candelaria, en 1966, con el nombre de Soldados; Gabriel García Márquez, cuya Crónica de una muerte anunciada permitió el montaje de una exitosa obra que aún forma parte del repertorio; Gonzalo Arango, fundador del nadaísmo, quien vivió en su casa durante dos años y de cuyo texto HK-111 montó una obra teatral, junto a Enrique Buenaventura, en los lejanos tiempos de El Búho…

Y los recuerdos continúan desfilando como las escenas propias de una pieza dramática, una sucesión de remembranzas que sólo se detienen cuando rememora con tristeza las amenazas de muerte contra la actriz Patricia Ariza, madre de su hija Catalina y cofundadora de La Candelaria, quien fue ‘acusada’, hace cuatro años, por haber militado en su juventud en los movimientos hippie y nadaísta.

— ¿En qué momentos llora, Maestro?

— A veces me he despertado llorando, pero por las pesadillas. Yo me sueño las desgracias de la realidad.

Patricia Ariza: único acto

La vida de Santiago García está ligada estrechamente a la de Patricia Ariza, con quien viajó hace dos años a Tokio para adelantar las gestiones que permitirían la presentación de La Candelaria a través de una gira por varias ciudades del Japón. Pero el terremoto y el tsunami aplazaron indefinidamente el propósito.

Patricia señala que las primeras amenazas contra ella se sucedieron entre 1987 y 1991, y revivieron en 2008 mediante un montaje infame y ridículo que provocó la solidaridad internacional de literatos, poetas, teatreros y actores importantes de la cultura universal. “Santiago fue solidario conmigo, pero esa situación no paralizó las actividades de La Candelaria”, dice.

Después recuerda que en el año 66 se reunían, junto a una pléyade de intelectuales, en El Cisne, restaurante-cafetería y bar ubicado en la calle 26 con Séptima. La Candelaria, afirma, surgió por una necesidad histórica, pero la coyuntura fue que en la Universidad Nacional clausuraron un programa de la obra de Galileo Galilei que Santiago García había montado. Entonces, junto a Carlos Reyes y otros artistas, fundaron un Centro Cultural independiente del que posteriormente surgiría el Teatro La Candelaria, hoy con sede propia ubicada en la Calle 12 No. 2-59, de Bogotá, y en la que en estos momentos ensayan, sin tregua ni descanso, una creación colectiva sobre el cuerpo humano en estado de agresión y de júbilo, y la manera como ha sido tratado en Colombia.

De William Ospina para Patricia Ariza

“Querida Patricia: Aprecio tu labor, admiro tu inteligencia, comparto tu sensibilidad, y me sorprendo siempre no sólo con tu capacidad de trabajo sino con la abundancia de proyectos que emprendes, siempre marcados por el compromiso, siempre solidarios y lúcidos. Son tantas las  reuniones de acción y de pensamiento que hemos compartido, que cualquier cosa que se diga de ti tendría que decirse de  los amigos que hace años te acompañamos.  Hace poco  vivimos la alegría adicional de saber que acababas de recibir el Premio Nacional de Poesía, porque además de dedicar los  a las creaciones teatrales, tienes tiempo para oír la voz de las musas.

Acabo de enterarme de que un absurdo montaje policial te acusa de ser Nadaísta, y he sonreído con envidia porque siempre soñé con que me acusaran de ese delito y nunca he podido lograrlo. (…). Tengo entendido que el prontuario que te han levantado también te acusa de ser hippie. Ese anglicismo está un poco en desuso, pero todavía nos recuerda la capacidad de ingenua disidencia que tuvo una generación. Con el paso del tiempo los hippies murieron, o cambiaron el gusto de las hierbas místicas por las drogas industriales, la prédica del amor libre por los mercados del sexo, y el retorno a la naturaleza por la búsqueda de propiedad territorial”.

(Fragmento de la columna publicada por el autor de En busca de Bolívar, el 27 de diciembre de 2008 en El Espectador).

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