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Tras las bombas atómicas lanzadas el 6 de agosto de 1945 sobre Hiroshima y tres días después sobre Nagasaki, no sólo quedó una estela de desolación y cenizas: quedó sobre todo un gran silencio. Un silencio impuesto por el presidente Truman, quien ordenó restringir cualquier circulación de imágenes que pudieran, “directamente o por inferencia, perturbar la tranquilidad pública”. Esa censura ha logrado pervivir hasta nuestros días y justamente con la intención de romper ese pacto callado de no hablar sobre la tragedia, la reconocida universidad de fotoperiodismo ICP (International Center of Photography), de Nueva York, revela 60 imágenes de los desastres de la bomba atómica nunca antes expuestas en público, en la exposición “Hiroshima: Ground Zero 1945”.
Las imágenes, de una ciudad en un 70% devastada que registró 140.000 personas muertas y que no hacen más que insistir en cómo toda forma de vida se convirtió en carbón, hacen parte de las más de 1.100 que hicieron unos días después de la tragedia los 1.150 hombres, entre militares, ingenieros civiles, fotógrafos y arquitectos que fueron comisionados en la División de Inspección de Daño Físico por el gobierno norteamericano. Su función, más allá de registrar la devastación, era hacer un detallado y confidencial análisis de los daños ocasionados por la detonación nuclear en las construcciones e infraestructuras. Las imágenes, de carácter secreto, servirían como evidencia para nuevos desarrollos urbanos estadounidenses que fueran resistentes a posibles ataques nucleares. De estas imágenes se dedujo, por ejemplo, que las fábricas debían estar en las afueras, alrededor de las ciudades, para que en un posible ataque no hubiera desabastecimiento.
El veto sobre el flujo de información fue imperante, ninguna imagen se conoció sobre la destrucción masiva de las dos ciudades hasta que en 1952 la revista Life publicó unas fotografías tomadas un día después del ataque. Por otra parte, muchas de las copias de las películas tomadas por la División de Daños Físicos y publicadas en un informe titulado “Los efectos de la bomba de Hiroshima, Japón”, fueron en los años sesenta descalificadas y quedaron en manos de Robert L. Corsbie, un ingeniero miembro de la comisión y experto en los efectos de las armas nucleares. El destino de esos archivos fue incierto después de que él y su familia murieran en 1967 tras el incendio de su casa.
Fue sólo en los años 90 cuando se volvió a tener noticias de ese material. El dueño de un restaurante ubicado en Watertown, Massachusetts, se vio seducido por un extraño maletín que estaba puesto sobre unas bolsas de basura. Al abrirlo, las fotografías, le parecieron de valor e intentó armar una pequeña exposición que sucumbió ante el desinterés mediático. Finalmente, en 2006, este material fotográfico fue comprado por el International Center of Photography para que fuera parte de su colección. “Estos archivos de imágenes, que alguna vez fueron parte de los archivos clasificados del gobierno norteamericano, documentan el poder de devastación de una bomba atómica”, asegura el curador de la colección, Eric Barnett, que cuenta con alrededor de 700 imágenes de los bombardeos y quien asegura, además, en uno de los ensayos que acompañan las imágenes, que la muestra es una especie de acto de contrición que de alguna manera reconoce con su título que, antes del “Ground Zero” del 11 de septiembre, hubo otro gran centro de destrucción.