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Eran buenos tiempos. Marta Traba, la siempre exiliada, empezaba desde la pedagogía y la crítica a avivar los estados adormecidos del arte. De su mano, Gloria Zea y su sana locura le apostaba sus esperanzas a un local ubicado en la carrera séptima desde donde se construiría el Museo de Arte Moderno de Bogotá.
En esa época, a mediados de los 60, el feto del teatro universitario comenzaba a crecer. Varios actores, como Carlos Benjumea, Mario Sastre y Franky Linero, se tomaron la Televisora Nacional. Otro sector, el más independiente y experimental, tuvo su lugar en la recién inaugurada casa de la cultura que unos crédulos de la expansión del arte en Colombia abrieron.
Santiago García, Carlos José Reyes y Frank Preuss fueron esos soñadores, a los que ahora se les podría llamar los precursores del teatro popular en Colombia.
La casa funcionaba en un galpón de la calle 20 con carrera 13 que los hombres compraron el 6 de junio de 1966. Desde aquel apocalíptico día, era común oír por los vetustos pasillos apellidos como Obregón, Rayo y Manzur.
El lugar fue centro de acopio de músicos, literatos y artistas. Numerosas personas, entre intelectuales y estudiantes, encontraban en el solar del galpón el mejor lugar para acercarse al teatro. Allí se presentaron obras de Peter Weiis, Jack Gelber y Arnold Wesker.
En esos días, como un buque en un río, el hipismo se hundía en las almas juveniles que leían a Gonzalo Arango y a sus amigos nadaístas, los mismos que invadían la ciudad como la peste: de los bares saxofónicos al silencio de los libros, no sin antes pasar por la casa cultural. Por eso tampoco era raro encontrar allí montajes mixtos, productos de amalgamas de amor y paz entre teatreros y artistas plásticos; “experimentos mágicos”, se hacían llamar.
Con el tiempo, los actores apropiaron obras nacionales y numerosas novelas colombianas fueron adaptadas a las tablas, de esta manera el público creció y paulatinamente se hizo fiel a la casa-galpón.
Ya finalizando los sesenta, el centro cultural se trasladó a la sede colonial en la calle 12 con segunda donde actualmente funciona. Desde ese momento se llamó Teatro La Candelaria, allí se fortaleció el método de creación colectiva, así como la participación en la formación y técnica actoral.
El movimiento del teatro colombiano se agitó. Proliferaron los festivales y las invitaciones a teatreros colombianos al exterior. El sueño de expansión se estaba cumpliendo. Actores provenientes de escuelas de Europa y Latinoamérica y otros, cuya formación se la había dado la casa, construyeron nuevas sedes en Cali y Bogotá. Hernando Forero, Álvaro Rodríguez, César Badillo, Carmiña Martínez y Alexandra Escobar, actores que se formaron en las tablas de La Candelaria, fueron a parar a la televisión y al cine.
A pesar de ser un teatro sin apoyo estatal, los logros no han sido pocos. A principios de la década de los ochenta sus integrantes escribían y montaban sus propias obras. Un ejemplo de esto son El diálogo del rebusque y La trifulca, piezas escritas y dirigidas por Santiago García, directo general del teatro desde 1966, en las que la búsqueda de los nuevos lenguajes expresivos y la producción de imágenes fueron vitales para enriquecer el género en el país.
Además, la creación de la Corporación Colombiana de Teatro, presidida por Patricia Ariza, uno de los pilares más importantes de la idea de tener una dramaturgia nacional y cofundadora de La Candelaria, constituyó otra forma de independencia. Bajo su liderazgo, año tras año, el festival de teatro alternativo ha cobrado vida, convirtiéndose en la más importante vitrina para los teatreros colombianos.
Igual de trascendentales han sido los libros escritos por Santiago García, en los que habla sobre la teoría y práctica del teatro. Eso, sumado a los seminarios y talleres impartidos en Colombia y en el exterior acerca de una metodología propia, constituyen un aporte significativo a la formación y consolidación del teatro emergente.
Es por eso que muchos investigadores y algunos de los más prestigiosos centros actorales del mundo se han sentido atraídos por la práctica teatral, los procesos de trabajo y la técnica de las obras de este teatro que cumple cuatro décadas y media al servicio de las artes en Colombia y que ni en épocas de pantalones bota campana ni ahora ha dejado la sala a medio llenar.