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Un canadiense errante

A los 76 años, Leonard Cohen se convierte en el primer músico en ganar un Premio Príncipe de Asturias en Literatura. Su fama como cantautor oculta una prolífica obra como poeta y novelista.

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La joven promesa

Al principio quería ser escritor, y si no comenzó a verse a sí mismo como cantante hasta que ya pasaba la treintena fue porque hasta ese momento acabó de convencerse de que los escritores pasaban hambre. Nacido en Montreal “en una familia inglesa rodeada de gente que hablaba francés”, según sus propias palabras, Cohen tenía 33 años cuando publicó su primer disco.

Tenía, también, seis libros publicados.

Se inició en la literatura con la publicación en 1956 de Comparemos mitologías, una compilación de los poemas que escribió mientras estudiaba literatura en la universidad McGill de Quebec y a la que siguió The Spice-Box of Earth. Cohen tenía 27 años y era reconocido como una de las jóvenes promesas de la literatura canadiense cuando, gracias a una beca de 2.000 dólares del Consejo Canadiense de Artes, decidió irse de Canadá.

Inspirado por la obra de Federico García Lorca, Cohen vivió en Nueva York y luego cruzó el Atlántico. Londres no resultó lo que esperaba. El dinero de una herencia familiar y lo que quedaba de la beca apenas le permitía una o dos comidas diarias. Sobre todo, así lo recuerda, no paraba de llover.  Tentado por el anuncio en la vitrina de una  agencia de viajes que prometía buen tiempo en el sur, Cohen empezó un viaje que lo llevaría hasta la isla de Hydra, en Grecia.

En ese entonces, como ahora, en Hydra no había automóviles; en ese entonces, a diferencia de ahora, no había tampoco hordas de turistas. Con sus últimos dólares, Cohen compró una casa sin electricidad.

Fue allí donde terminó su primera novela, El juego favorito, una exploración literaria de la vida monótona alrededor de un campus universitario en Montreal que llevaría mucho más lejos en su siguiente obra, Los hermosos vencidos,

En esta segunda novela, escrita también en Hydra, tres personajes, cuya existencia fuera de la mente del narrador nunca queda demostrada, protagonizan un triángulo amoroso marcado por la presencia de Catherine Tekakwitha, la santa indígena norteamericana. A pesar de una admiración general por parte de la crítica vanguardista, las descripciones sexuales explicitas en las que la religión está presente generarían una polémica que continuaría en el siguiente libro de Cohen, la colección de poemas Flores para Hitler.

Las búsquedas de un eterno seductor

De origen judío y estudioso de la cábala, los textos bíblicos y la iconografía católica han jugado un papel importante en la obra del canadiense, pero la sensualidad no ha dejado de estar presente. Cuando en su primer libro hablaba de un hombre que “Decía cada palabra de una manera tan hermosa, que con sólo escuchar su nombre, las mujeres se le entregaban”, comenzaba a crearse una reputación de mujeriego que recuerda con nostalgia en uno de sus textos más recientes. “Gracias a un par de líneas en las que hablé de su misterio, las mujeres han sido excepcionalmente comprensivas con mi vejez”.

Judaísmo, cristianismo, sensualidad y coqueteos con el ocultismo hacen que en 1994 Cohen decidiera ingresar al monasterio budista de Mont  Baldy  en California, donde permanecería aislado del mundo por cinco años.

Dino Soldo, músico multi-instrumentista que compartió su formación en Mont Baldy,  recuerda que Cohen recibió el nombre de ‘Jikan’, que quiere decir “silencio”, y que allí comenzó a escribir los poemas que aparecerían casi diez años después en Book of Longing. Soldo, que escribe también poesía, dice que Cohen trabajaba y aún trabaja sus textos durante meses, años incluso, pero que nunca se negó a darle una mirada a las páginas que escribía su joven discípulo.

“He tenido  la suerte de tener por maestro al más importante poeta vivo del mundo”, comenta Soldo,  quien fue uno de los escogidos por Cohen para formar parte de la banda con la que en el 2008 decidió emprender una gira mundial que durante dos años llenó todos los auditorios y festivales por los que pasó.

Porque Cohen, por supuesto, es cantante y ha grabado once álbumes de estudio.

Cuando le dieron el premio Juno, ‘el Grammy canadiense’, en 1993, dijo:  “Sólo en Canadá alguien con una voz como la mía podría ganarse un premio como cantante”. Quince años después sería admitido en el Salón de la Fama del Rock ‘n’ Roll y recibiría el Grammy a toda una vida.

Poeta entre poetas

Que el más grande reconocimiento que ha recibido hasta ahora por su obra literaria venga de España no es una casualidad.

“Leonard aprendió sus primeros acordes y arpegios de un profesor de guitarra que tuvo en Montreal, que precisamente era guitarrista flamenco, así que la técnica que aprendió era de la música española”,   dice Javier Más, el laudista que lo acompañó durante toda su gira mundial. La admiración de Cohen se extiende también a la literatura española. Es algo que uno puede suponer, cuando su hija lleva por nombre el apellido del autor asesinado por los franquistas.

“Lorca es sin duda su poeta preferido, y también le gustan mucho Miguel Hernández y Antonio Machado”, comenta Más, que, como Soldo, lo recuerda siempre tomando notas en una libreta antes de los conciertos y en cada gira.

“Un caballero”, según su baterista Rafael Gayol. “Un maestro”, en palabras de una de sus coristas, Charley Webb.

Hay una línea de Tower of Song que dice:  “No tuve elección, nací con el don de una voz de oro”, que siempre le arranca a Cohen una sonrisa y a su auditorio un aplauso. De ahí una broma que circulaba entre sus músicos, según la cual  Cohen podría leer un manual de instrucciones y seguiría sonando como poesía.  Pasa también lo contrario, cada uno de sus discos puede leerse como un libro. El primero llevaba por título Canciones,  pero cualquiera de ellas, de la inocente Sisters of mercy a la oscura Stories of the Street, con su línea final “Llévame al matadero, con el cordero allí te esperaré”,  podía leerse como poema. Su más reciente álbum, Dear Heather, es quizás por eso más bien un disco de poesía con música de fondo.

El jurado del Príncipe de Asturias no quiso separar la música de la obra literaria y así Cohen, que se define en la única canción que interpreta en francés como “Un canadiense errante” se ha convertido en el primer cantante en recibir el premio en la categoría de Literatura. Al otorgarle el premio, el jurado lo ha sumado a una lista de ganadores que incluye no sólo cuatro escritores que luego ganarían el Nóbel de Literatura (Vargas Llosa, Doris Lessing, Camilo José Cela y Günter Grass), sino también a autores como Paul Auster y Arthur Miller.

“Ellas eran hermosas, la verdadera belleza, la verdadera magia. Breavman lo sabía. Sus cuerpos no morirían jamás. Todo el resto era literatura. Él las recordaba todas y nada había perdido”,  decía Cohen de uno de sus personajes en su primera novela. Hablaba de mujeres. Y de libros.

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