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Ninguna fantasía colectiva es más perversa y paralizante en el mundo de hoy que aquella denominada por los medios “la corrupción y su limpieza”. Es una fantasía moralizante, aplicada en forma desigual a mujeres y activistas mediante la violencia jurídica del estado con el fin de homogeneizarles y a las clases trabajadoras y medias, deferir su acción, y someterlas a una limpieza de manera que en lugar de ocuparse de cosas supuestamente triviales (como hacer la revolución, tener sexo e irse de fiesta) se auto-repriman y abandonen sus medios de expresión y deseo.
Es la fantasía que une a la Francia de Le Pen y el el Brasil de Temer, y a éstos con sus votantes subordinados.
Es el resultado de la deificación de la guerra en los países de nuestra juventud. Significa que debemos tratar de resolver un problema del mal diferente: hemos crecido en este paisaje del cual la gente ha desaparecido. Hemos sido abandonados a nuestra suerte en predatorias repúblicas comerciales cuya crisis terminal no termina de serlo. Nuestros ídolos han muerto. Nuestros enemigos están en el poder. Al despertar, los dinosaurios aún estaban allí pero no eran gigantes sino cucarachas. Cada uno y todos ellos proclaman ser nuestros dioses menores y representantes legítimos; y como tales reclaman obediencia y deseo. Nos hemos convertido en un parentesco que no funciona, pues su culpa colectiva no ha sido más que una variación la estructura providencial e inconsciente de nuestro ser gobernados.
Las balas de la guerra tenían alas de mariposa. No somos el ángel. Somos las ruinas. ¿Cómo no cerrar esta paráfrasis con una cita? “A pesar de toda mi ira, no soy más que una rata en una jaula”.
Tras una traición tan invisible como inmensa en Francia, Brasil o Venezuela, parecería que sólo nos queda la amargura de otra oportunidad perdida. Pero sabemos que la respuesta no puede ser más la narrativa rosa de “los días gloriosos de la resistencia”. Me preocupa menos la cuestión de si es posible o no prevenir que la práctica revolucionaria se desvíe y se pierda en una cualquiera de las fantasías colectivas que representan la historia como si se tratase de una pintura puntillista, pero que pueden pervertir a las masas.
Cuestiones como esta paralizan y pervierten la política al moralizarla. El problema con esta moralización de la política es que si se excava un poco, lo que se encuentra debajo es el tópico venerable de la corrupción y su limpieza; que como bien sabemos en Colombia termina en limpieza social y quema de libros.
Más bien se trata de decidir qué condiciones permitirían la emergencia de agrupaciones independientes capaces de controlar sus propias fantasías lo suficiente como para prevenir quedar atrapados en las arenas movedizas dispuestas en el imaginario por quienes nos dominan.