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El bombardeo de la base área Shayrat en respuesta al uso de armas químicas por parte al-Asad en Siria (una medida rechazada por Trump cuando Barack Obama la propuso en 2013), el uso de la “madre de todas las bombas” (cuyo apodo mismo debe ser motivo de crítica) en Afganistán, y el despliegue de una armada de guerra a la península de Corea y endurecimiento del lenguaje sobre el programa nuclear norcoreano, constituyen en su conjunto una demostración teatral de fuerza que recuerda la película Cortina de humo (1997). En ésta, los estrategas de la Casa Blanca deciden inventar una amenaza terrorista en Albania para contrarrestar un escándalo sexual que le costará la reelección al presidente-candidato. Además de ilustrar cómo la guerra se utiliza para manipular la opinión pública, la película pone de relieve la obsesión enceguecedora de los medios con la “noticia”.
La coyuntura política en Estados Unidos no es menos crítica. Trump goza de bajísimos niveles de aprobación para un presidente recién posesionado, las riñas al interior de su gobierno aumentan a diario y las especulaciones sobre su destitución continúan, no solo por los vínculos entre su campaña y Rusia, sino por actos ilegales que haya podido cometer como empresario, conflictos de interés con aquellos países con los que el emporio tiene negocios y abuso de poder. A su vez, son pocos los éxitos que reporta en sus primeros 100 días, inexistente su agenda legislativa, y contundentes sus fracasos, incluyendo el intento de revocatoria de Obamacare y la orden ejecutiva sobre migrantes y refugiados.
Pese a lo anterior, el ruido mediático sobre la injerencia rusa en las elecciones estadounidenses, el crimen de traición, el impeachment y la incompetencia general de Trump para gobernar ha sido reemplazado, al menos temporalmente por un reconocimiento acrítico del carácter “presidencial” de las decisiones frente a Siria, el Estado Islámico y Corea del Norte. Este cambio repentino en los términos de la conversación ha generado dividendos políticos claros, incluyendo la anotación de varios hit consecutivos en el plano externo -sin importar que constituyen un giro de 180 grados en su discurso- y un leve aumento en la popularidad del mandatario estadounidense.
Nuevamente, Trump el maestro del espectáculo está reescribiendo el guion, no en función de alguna doctrina gubernamental, sino con la expresa intención de blindar su imagen propia como “ganador”. El problema de una “estrategia” internacional así diseñada –sobre todo tratándose de la primera potencia del mundo- es triple: no busca ni puede resolver los problemas para los cuales supuestamente se despliega; confunde a los países amigos acerca de las intenciones de Estados Unidos, con lo cual difícilmente pueden sincronizar sus propias políticas; y corre el riesgo de aumentar el conflicto con los contrincantes que, en el caso de Corea del Norte, Rusia y China, puede provocar una mayor desestabilización del orden global. A diferencia de la película, además, en donde la guerra es fabricada, Washington está lanzando bombas y movilizando militares de verdad. ¿Quién dijo miedo?