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Durante septiembre y octubre de 2010, el artista Bernardo Ortiz trabajó suplantando a un personaje deliberadamente inventado. Quizás un hombre ermitaño, obsesivo, meticuloso que anota a manera de diario todos los gastos que ha tenido durante el día marcando con diferentes tamaños de bolitas verdes para representar la cantidad de dinero. Paralelamente, y de acuerdo con lo que le suscita cada día, este personaje de ideas fijas dibuja una frase que se esparce por el papel a manera de virus, cuelga con alfileres una hoja arrancada de un libro y escribe todos los minutos de un día, entre otros. Las hojas con anotaciones desprendidas de las libretas son una manera de atrapar el tiempo, de plasmarlo y dejar una huella de lo que acaba de suceder para que no desaparezca en la sucesión de pequeños acontecimientos que llenan lo cotidiano. La obra evoca una existencia común y corriente, si se obvia el carácter obsesivo, atravesada por la música, por los libros y por las tareas domésticas. Sin duda es el diario de un obsesivo, la contabilidad hecha dibujo está desplegada en las paredes de la galería siguiendo una línea de tiempo. Cada hoja va marcada con una fecha impresa con un sello de caucho con tinta roja, como salido de una oficina de notaría. Ese es otro elemento de la ficción porque todo lo que pareciera real es creado. “Es como un juego, una actuación. Le creo un pequeño universo a este personaje que tiene que ver con el arte”, confiesa el artista. Según Ortiz, su obra la componen varias capas, la pura mecánica que se encuentra en la repetición, en lo sucesivo, la literaria y la parte formal. En efecto, sus creaciones siempre han cruzado el arte y las palabras, producto de sus estudios de posgrado en filosofía y la afinidad que siempre ha sentido por las letras. Al mismo tiempo, la tendencia a inventarse personajes que intermedien su creación también ha sido una constante como pretexto para marcar distancia con la obra. Pero al final, ese personaje lejano quizás es una forma de crear un álter ego y de exorcizar manías y pulsiones a través del lápiz y el papel. “Tengo las uñas largas. Debería cortarme las uñas de los pies. Me duelen los pies desde hace dos semanas”. Este es un aparte de uno de los diarios de Charles Bukowski que aparece como si fuera una página real de un libro, punto de partida para que el personaje de Ortiz escriba en las siguientes líneas variaciones sobre este acto de higiene. Su obra está llena de comentarios literarios y musicales que saltan de un lugar a otro y se encuentra marcada por un trazo hiperrealista, en formato miniatura como si estuviera hecho para miopes, como lo es el mismo artista. En la otra parte de la galería queda en evidencia que el personaje también se interesó en la pintura. Unos papeles finos están pintados de colores distintos. El soporte desaparece porque la pintura casi que se sostiene por sí misma. Cada uno, por supuesto, tiene su fecha y hasta la hora escrita. Otra hoja alude a una serie de cartas escritas en 1953. La fecha hace un guiño a esa época de la historia del arte, punto máximo de la pintura abstracta moderna, en la que ese tipo de obras tienen validez porque hoy en día, desprovistas de la ficción, no tendrían mucho sentido. Bernardo Ortiz estudió arte en la Universidad de los Andes y tiene una maestría en filosofía de la Universidad del Valle. Sus obras siempre son una combinación de las dos disciplinas. Ha participado en exposiciones colectivas en Colombia y en otras partes del mundo. Actualmente es profesor de la Facultad de Arte de la Universidad de los Andes en Bogotá, donde dicta taller de escritura e interdisciplinario. Dibujos es una exposición para un espectador atento que la recorra para volver sobre sus mismos pasos y que esté dispuesto a descubrir esos intertextos, esos juegos de ficción. Galería Casas Riegner. Calle 70A N° 7-41. Tel.: 2499194.