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Es posible que la modernidad en la música colombiana tenga que ver con ciertos nombres (Lucho Bermúdez, Pacho Galán, Antonio Peñaloza), con una influencia (la del swing) y con la idea de enriquecer algunas músicas tradicionales. Más allá de esa posibilidad, de esa época dorada quedó un profundo legado. Y es justamente desde ahí, desde la riqueza de esa herencia, que es comprensible el origen y la formación de un saxofonista como Justo Almario, tal vez uno de los músicos más representativos de Colombia en los últimos tiempos (ha grabado con músicos fundamentales como Mongo Santamaría, Freddie Hubbard y Cachao López).
Almario nació en Sincelejo, en la sabana del Caribe colombiano. Ese lugar de nacimiento determinó una manera particular de sentir la música. “Es mi identidad, es algo muy especial esa sonoridad sabanera”, afirma. “A eso se debe —agrega— que cuando la gente tome un disco pueda decir: está tocando Justo”.
Y Justo tocó siempre. Criado entre porros y fandangos, Almario tuvo en el trompetista Pello Torres a su primer maestro. “Mi papá tocaba con la orquesta de él, que se llamaba Los Diablos del Ritmo, porque ellos ensayaban en la casa de mi abuela, y yo me les pegaba a los músicos, y los otros muchachos me decían: ¡oye, Justico, vamos a jugar! Yo prefería quedarme ahí ayudando no sólo con los atriles sino a repartir el ron, porque era sancocho y ron en esa época”, recuerda. En Justo y necesario, el documental del periodista Rafael Bassi, Almario hablaría del gusto de Torres por Louis Armstrong y esa educación sentimental de las buenas canciones, de las melodías hondas y pegajosas.
Sin embargo, ese primer contacto con el jazz tendría su forma más directa en Barranquilla, la ciudad donde conoció a su otro gran maestro, Jorge Rafael Acosta. “Un señor con una pedagogía tremenda”, afirma Almario. “Él tocaba el trombón —agrega—, pero si te gustaba la guitarra podía enseñarte la guitarra”.
¿Se encontró con el jazz en Barranquilla, entonces?
Con Álex El Muñecón Acosta (hijo de Jorge Rafael), gran saxofonista, que tocaba con Pacho Galán, con la Banda Departamental, que estaba muy apegado a la cosa del jazz, y a él le mandaban unas grabaciones de vez en cuando, aunque era muy difícil en esa época: eran discos de Charlie Parker, de Benny Goodman, y él los escuchaba en la casa, y yo ahí encantadísimo, nunca había escuchado algo así.
Lo primero que escuchó fue Charlie Parker, ¿no?
Exactamente. ¡Escuchaba como un pájaro abriendo la puerta de la jaula y volando libremente! Me impactó mucho.
La importancia del jazz
Para Almario, el encanto principal del jazz fue su riqueza armónica. “Ya en las melodías americanas había progresiones de acordes que permitían más giros melódicos para los músicos”, sostiene. Y habría que escuchar al propio Almario improvisar a partir de Giant Steps (del merengue que hizo de Giant Steps en Tolú—Rumbero’s Poetry, el disco que grabó con el peruano Álex Acuña) y reconocer un fraseo audaz, de formidable expresión melódica.
Al hablar de Bermúdez, Galán y Peñaloza, Almario es enfático: “Esas orquestas estaban inspiradas por las bandas de jazz americanas”. Y afirma: “Peñaloza, por ejemplo, fue una gran influencia en mi vida. Él era un jazzista, tocaba su trompeta, tenía un gran oído y tocaba como un músico americano, con todas esas cadencias de progresiones armónicas y modulaciones de forma natural”.
Bebe de Peñaloza, de Pacho y de Lucho y termina tocando con Duke Ellington. ¿Cómo fue tocar con Elligton?
Tenía 20 años, estaba jovencito, y para mí… ¡Imagínate! Yo ya sabía la influencia de Ellington en la historia de la música, pero no sólo estaba él, sino los grandes saxofonistas de su orquesta en esa época, Johnny Hodges y Paul Gonsalves, que yo lo reemplacé en ese concierto. Fue una gran oportunidad para mí, algo que siempre ha marcado mi vida.
¿Recuerda algo particular de Ellington?
Lo que recuerdo es que era muy amable. Cuando estábamos en el camerino, me puso la mano en el hombro, ¡como si fuera familia, como si fuera de allá de Sincelejo! Después él tenía una costumbre que siempre daba cuatro besos, a hombres o mujeres, y me acuerdo que cuando me despedí de él me dio un abrazo y varios besos, uno para cada mejilla. Era un hombre muy trabajador. Cuando ibas a su hotel después del concierto estaba despierto como hasta las 4 de la mañana escribiendo música.