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Alessandro Baricco no es un escritor fácil de caracterizar. Es calmo, amable, pero impenetrable, de esos con los que no importa cuánto tiempo uno comparta siempre sentirá que algo de él se escapa. De hecho, si un lector curioso intentara encontrar algún rasgo personal en los miles de artículos que se han escrito sobre él, rápidamente se daría cuenta de que su mayor atributo, el único que se resalta, son sus palabras, su escritura. Parece un escritor libre de manías y oscuridades, es más bien uno de esos vitales, desparpajados, normales —de alguna forma— que alivianan todas esas materias que suelen atormentar a los escritores. “No necesito ningún espacio para escribir, la escritura en sí misma es mi lugar favorito del mundo, no tengo rituales, y sí, la escritura es algo que se me facilita”, confiesa el escritor. La intuición queda entonces confirmada.
Es muy italiano, tiene la finura de los rasgos de los del norte y habla algo así como cuatro idiomas. Ama la música, pero como el talento le fue esquivo, no pudo ser como lo hubiera soñado un rock star, así que el ritmo ha tenido que ser traducido a sus novelas. “Cuando hablas, cantas. Cuando escribes de alguna forma también lo haces, es una cuestión de ritmos, de volumen, no hay diferencia, cuando escribo pongo el sonido de una voz adentro, así es como me gusta escribir. Mis libros se pueden leer como una partitura, están construidos sobre una estructura musical. Esto no es necesario para la escritura, hay grandes autores que no son musicales, León Tólstoi, por ejemplo, pero para mí eso es un placer físico y creo que es algo que comparto íntimamente con mis lectores”.
Alessandro Baricco se hizo conocido por su novela Seda, un libro de 125 páginas que al español fue traído por la editorial Anagrama. El libro cuenta las aventuras de Hervé Joncour, un comerciante que viaja a Japón en busca de gusanos de seda y deja a una fiel y amada esposa en casa. Sin embargo, en su periplo conoce a una concubina oriental que le roba el corazón, o más bien el alma. La historia se convirtió en un best seller, fue llevada al cine bajo la dirección de François Girard y protagonizada por Keira Knightley (Helene Joncour). Hoy, casi quince años después de haberla escrita, con su camisa azul y su jean, sentado en una butaca que ha elegido, porque le pega la fresca brisa cartagenera, Baricco aún parece no haber descifrado el encanto arrasador de ese triángulo amoroso que ha vendido 15 millones de copias. “Me gustan el libro y la historia, pero es imposible entender qué es lo que hace clic de esa manera con los lectores, es como cuando conoces a alguien y en algún punto te enamoras sin entender por qué”, confiesa el escritor con un tono que delata una extraña relación con esa novela. Ese vínculo tirante con la obra es lo que catapulta, es lo que hace pensar en Robert Plant renegando de Stairway to heaven.
A Baricco la novela que más le gusta de las ocho que ha escrito es City (Anagrama, 2002), un complejo entramado en donde seis historias se le van revelando al lector como si estuviera haciendo un zapping en la televisión. “No es un experimento, es exactamente como amaría escribir. City es mi libro favorito, es el menos vendido del mundo, porque es complicado, enlaza muchas historias, así que el lector tiene que hacer una cierta acrobacia, es como escalar una montaña muy alta, pero creo que yo empecé a escribir para obtener este tipo de objetos. Seda, Novecento, son sólo el camino que me ha llevado a este libro”, explica Baricco, quien añade: “Viajé por tres años en City. El lector que quiera puede caminar mi camino, aunque nunca se sabe si uno pueda realmente participar en el viaje del otro”.
El italiano no sólo se ha sentado a escribir sus novelas, se ha sentado también a ver en la pantalla grande, refundido entre el público común, sus obras convertidas al cine. Además de Seda, su monólogo para teatro, Novecento, que cuenta la historia de un niño prodigio para tocar el piano, que crece en un barco y no se baja nunca de él, fue adaptado por Giuseppe Tornatore y titulado La leyenda del pianista (1998). “Sentarse a ver tu libro en el cine te crea una sensación graciosa, es un buen sentimiento pero es extraño, para mí fue como si hubiera visto a mi hermana en la página central de una revista Playboy”, se ríe el autor que ante la fatiga decidió más bien él mismo armarse de una cámara y rodar su propia película.
Lezione 21 fue un debut, para muchos no muy afortunado, del narrador italiano en el arte de las imágenes. En esta pieza, Baricco desentraña toda su erudición melómana y su gran pasión por los grandes de la música. Así, a través de varias entrevistas falsas que se les realizan a personajes prominentes del Siglo XIX, reconstruye la tarde del 7 de mayo de 1854 cuando Beethoven, ya anciano y sordo, muestra una última sinfonía. La experiencia parece haber dejado lecciones: “Es un trabajo completamente diferente, cada cosa que se hace es distinta, uno olvida completamente que es un escritor, pocas cosas del trabajo pueden ser útiles cuando las cosas cambian tanto. Es verdad que básicamente se está contando una historia, así que básicamente es la misma cosa, pero desde el primer paso ya todo es diferente cuando uno decide hacer cine”.
En ese mismo año, 2008, cuando el bicho del cine infectó también a Baricco, en las librerías apareció un extraño ejemplar de ensayos, firmado también bajo su nombre. Los bárbaros. Si la pantalla grande le había permitido sacar toda esa música que su alma cargaba adentro, el libro de ensayos parecía expulsar con violencia esa mirada crítica a la cultura que desde sus años como estudiante de filosofía aprendió.
“Había muchas cosas alrededor mío que parecían locas y había cosas que empezaban a perder sentido, por ejemplo cuando un día en una campaña presidencial vi aparecer a Berlusconi en una publicidad con un overol que decía ‘Presidente obrero’. Para mí esa era una audaz mofa, pero resulta que fue una exitosa campaña de promoción. Me parecía imposible que día a día cada persona estuviera tomando elecciones equivocadas, por qué escogemos este apocalismo, es raro, es idiota, así que intenté entender diferentes puntos como unas pequeñas piezas que hacían parte de una figura mas grande, en esta gran figura empecé a reconocer que estos pequeños pedazos eran de alguna manera inteligentes y sabios. Si un hombre en una reunión de repente empieza a quitarse la camisa y los pantalones, todo el mundo va a creer que está loco, nosotros estamos en ese punto del mundo, pero si de repente ese hombre se para y se va a la piscina y nada y nada, finalmente entendemos su lógica, y todos decimos: ¡Ah, este hombre no está loco! Al contrario, pensamos es un ser astuto porque está haciendo mucho calor, así que yo también empiezo a quitarme la ropa y a meterme a la piscina. Así, Los bárbaros es un libro que intenta entender esa piscina a la que todos están saltando”, sentencia Baricco.
Después de oírlo por unos minutos, de verlo tan prolijo a sus 53 años, con película, novelas, ensayos filosóficos y hasta una academia de escritura creativa en Turín a cuestas, parece entonces cobrar sentido que los periodistas que antes han tenido el chance de conocerlo no hayan reparado en su personalidad, o en su apariencia. La vida de Alessandro Baricco es intensa y contarla es, quizá, la manera más eficaz de develar a ese hombre italiano de ojos azules que la ha vivido.