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Difícil asunto este de creer en un ser al que no vemos, del que se habla demasiado y está presente en todas nuestras locuciones y mitos; pero es igualmente difícil no creer en Dios.
Estamos en un mundo en el que todo es sorprendente, incluyéndonos nosotros mismos. Pero como es algo connatural, como nacimos en esto, nada nos parece maravilloso y esperamos siempre algo que realmente lo sea. O como lo afirmó José Eustasio: “esperando una estrella que vendrá de los cielos a bogar en mis ondas”.
Al mirar por la ventana de una casa rural, veo diminutos seres adheridos a la parte externa del vidrio, que muestran el asombroso revés de su dorso, y pienso sobre su destino y el nuestro y el por qué y cómo llegaron a la perfección de sus funciones específicas. Y por qué nosotros somos para ellos unos monstruos y ellos para nosotros los pequeños insectos que son y no al revés.
Cierta vida contemplativa induce a observar y a preguntarnos. No únicamente con ocasión de la Semana Santa —que ha entrado ya con sus lluvias y resfriados— ni porque en este tiempo la actividad cese un poco, aunque no para todos. Siempre será posible la observación, pues si bien el trabajo ocupa buena parte de nuestro tiempo, no olvidamos lo que sucede en el entorno de nuestras vidas, lo de cada día, lo de cada hora, y cómo vamos andando por el mundo y a dónde vamos llegando.
Aceptar que esta portentosa creación universal haya sido obra de una evolución de la materia durante todos los tiempos, a partir de un comienzo que nadie puede explicar o pensar que un orden tan perfecto de las cosas haya partido de una enorme explosión, de la cual se fuera desprendiendo lo conducente a la materia y a la vida, son conceptos tan difíciles de enunciar como de aceptar.
Para dónde vamos no lo sabe nadie. Recuerdo al sabio profesor Luis López de Mesa, quien, en sus últimos días, se dice que pasaba horas sentado frente a la tumba de sus mayores, interrogándose; otro López, éste Michelsen, jurista, pero también filósofo, respondió perplejo y con sarcasmo sobre el tema de si habría otra vida, al afirmar no tenerse de ello comprobación científica. Y el poeta nicaragüense, Rubén Darío, quien estremece siempre con su verso: “ser y no saber nada y ser sin rumbo cierto y un temor de haber sido y un futuro terror y un espanto seguro de estar mañana muerto…”
En páginas de prensa he leído de un gran pensador que considera toda religión como una farsa. Me resisto a pensar que la fuerza natural e inteligente o el ser supremo que la regula permitan caer y permanecer en error a tantos seres creados, así mismo inteligentes, y esto a lo largo de interminables años. En cuanto a mí, seguiré llevando velas a los altares que fueron la fe de mis mayores y elevaré una oración a Dios, por lo demás litúrgica: “En ti esperé, no sea confundido eternamente”.