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Hace 20 años, Cecilia Duque, la entonces directora de Artesanías de Colombia, tuvo una idea descabellada, para muchos desproporcionada: quería hacer una feria en Bogotá que reuniera lo mejor de las artesanías de un país que, sin tener mucha conciencia de ello, estaba señalado como uno de los más ricos del mundo en variedad de técnicas artesanales.
Después de viajes en chalupas, mulas y buses averiados, Duque logró convencer a ciertas comunidades de que enviaran sus productos a la capital en donde, intuía ella, mucha gente se extasiaría con esas creaciones que narraban desde sus entrañas la historia de este país.
La idea imposible se transformó, con el paso de los años, en un monstruo que hoy celebra dos décadas de vida continua en 10 mil metros cuadrados del recinto ferial, que acoge a 857 expositores. “Las alcaldías y gobernaciones ya apoyan de manera decidida y juiciosa la participación de los artesanos en la feria y de ahí que la feria haya pasado de ser una iniciativa pueblerina —la primera se hizo en el Parque Nacional— a este gran evento que mueve una cifra aproximada de 12 mil millones de pesos”, confiesa Amalia de Pombo, directora de Expoartesanías.
Iris Aguilar Ipuana, una indígena wayuu, ha sido testigo infaltable de todos estos años de trabajo en torno al rescate, la promoción, visibilización y comercialización de las artesanías nacionales. En estos primeros días de feria ha decidido ir a la peluquería, porque como ella lo confiesa también siente estar de cumpleaños. “Expoartesanías nos dio el chance a mí y a muchos otros artesanos wayuus de creer que era posible vivir y construir un futuro con nuestros tejidos. Estamos orgullosos de hacer nuestras mochilas que hablan del cielo y el atardecer y mostrárselas al mundo”, confiesa esta mujer, que podría resumir su historia como artesana con una de sus pequeñas mochilas coloridas que, como innovación para esta feria, llevan incrustados pequeños cristales y cuentan ya con el sello de calidad Icontec.
La feria —parecen coincidir los artesanos— tiene un importante impacto entre sus ventas, por el orden del 50% del total en el año. Pero más allá de eso, “la feria se ha convertido en un importante movilizador de calidad e innovación”, asegura Iris Aguilar. “En Expoartesanías se hace una curaduría del producto que se vende. Por convocatoria los artesanos deben presentar cinco muestras de producto nuevo. Luego hay un equipo que evalúa una a una todas esas muestras para decidir quiénes entran”, explica por su parte Amalia de Pombo.
Aunque no todos los 1.500 artesanos que se presentan salen seleccionados, todos tiene el chance de buscar asesorías gratuitas para hacerle mejoras y cumplir con los requisitos no sólo de la feria, sino del exigente mercado internacional.
Otro elemento que parece haber ayudado a mantener el nivel de la feria es que se haya privilegiado la participación de los artesanos y no el de los comercializadores, de tal forma que cuando un comprador invierte dinero en un producto bello y sobre todo único, el dinero llega directamente a esa familia. “Expoartesanías les ha dado la oportunidad a los capitalinos y a los cientos de compradores internacionales de tener contacto directo con los creadores, de oír sus historias, de entender sus técnicas, sustentar una industria y de alguna manera de comprender algo más sobre este país”, confiesa el diseñador de Artesanías de Colombia Juan Pablo Socarrás, quien en el pabellón siete expone todo el resultado de los trabajos sociales realizados este año en torno al rescate de saberes ancestrales.
Así, desde los butacos de madera típicos de los tikunas, en el Amazonas, que vende Higidio Bautista; de los canastos de iraca de María del Chocó, hasta los tallados de madera de Jairo Yepes traídos desde Puerto Gaitán y las bellas ruanas de los indígenas pastos de la diseñadora Adriana Santa Cruz, Expoartesanías se convierte una vez más en un lugar privilegiado para ser testigos del arte de mayor calidad que realizan manos colombianas.