Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
A pesar de lo que imagina una parte importante del país, la paz comienza a llegar a Colombia. Desde hace más de un año los muertos y heridos han disminuido notoriamente. Los exguerrilleros de las Farc se desplazaron a sus reservas para dejar sus armas, y la fuerza pública, su antiguo enemigo, los acompañó sin incidentes. Es un primer paso a la reconciliación que debe ser general y es necesaria para que la sociedad progrese.
Pero no parece sencillo lograrla. Hace un par de días, a propósito de la tragedia de Mocoa provocada por una avalancha que dejó 250 muertos, un senador opositor a los acuerdos de paz, expresando un enorme resentimiento, acusaba a las Farc, sin ningún fundamento, de ser las causantes de la tragedia mediante explosivos. Luego se disculpó de semejante infundio con la población de Mocoa aduciendo que había sido inducido a error, aunque no quiso hacerlo con las Farc. Paradójicamente, los primeros que anunciaron su intención de colaborar en la limpieza de escombros y recuperación de víctimas fueron las Farc.
La reconciliación implica superar resentimientos entre las partes que se agredieron y sus víctimas. Pero también en la sociedad postergada, mucho más numerosa y significativa. Sus resentimientos tienen origen, en gran medida, en las carencias, los abusos y, sobre todo, en la inequidad que experimentan.
Superar esas carencias y esa inequidad solo es posible con una nueva economía que crezca rápidamente en forma incluyente. Esa nueva economía exige una política económica distinta que genere empleo y desarrollo rural. La actual, durante varias décadas, solo logró que la economía crezca en el mejor de los casos a tasas de 4 por ciento, mediocres comparadas con las asiáticas, y que produzca una profunda concentración de ingreso.
De otro lado, la teoría económica del consumidor enseña que los humanos maximizamos nuestro bienestar adquiriendo bienes y servicios de acuerdo a nuestras preferencias y con las limitaciones de nuestro ingreso. La solución de ese problema genera lo que se conoce como demandas, desde arroz hasta motocicletas.
El problema ocurre cuando la economía no genera empleos suficientes y, por lo tanto, tampoco ingresos para satisfacer esas demandas. En Colombia no es pequeño: 10 por ciento de la población económicamente activa está desempleada y 26 por ciento subempleada; es decir, un poco más de un tercio de la población no recibe ingreso o recibe uno precario.
Pero hay otros “bienes”, a los cuales usualmente llamamos valores: seguridad, solidaridad y libertad, que no tienen precio, no se requieren ingresos para adquirirlos ni se atienden a través de los mercados. Sí dependen de nuestras preferencias, definidas por la historia, la cultura y la sicología y modificadas a través de la publicidad, por ejemplo.
Durante los últimos años, partiendo de hechos reales magnificados convenientemente, la demanda de seguridad ha sido promovida a niveles, en muchos casos, casi paranoicos, lo que ha relativizado las demandas por libertad y solidaridad. Y esta última ha sido relativizada más aún por el desconocimiento del otro, en particular si es distinto, lo que crea miedos, distancias, rechazo a la diversidad e insolidaridad.
La poca preferencia por la solidaridad parece notoria: los insucesos relacionados con la precariedad en la que viven muchos semejantes se ven distantes y ajenos. La solidaridad sólo parece aflorar en forma circunstancial, cuando alguna tragedia, como la de Mocoa, conmueve, y los más favorecidos ofrecen asistencia. Pero la solidaridad debe ser permanente y general, no eventual ni asistencial.
Mejor dicho, generar reconciliación exige generar ingreso de forma equitativa, revalorizar las preferencias en favor de la solidaridad para que sea demandada con fuerza e induzca esa nueva política económica, y educar a las personas en el conocimiento de lo diverso. Es una responsabilidad del Estado pero también de las personas. Sólo así será posible el progreso de la sociedad.
* Profesor, Pontificia Universidad Javeriana, Departamento de Economía.