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¿Recuerda cuál fue el primer texto que le devolvieron?
Supongo que el primer texto al que le hicieron correcciones fue Los agentes de kaos, que fue el primero que publiqué en Página 30, de la revista Página 12, en 1992. Era un texto muy largo sobre el caos de tránsito en Buenos Aires. Recuerdo que mi editor me dijo que era cierto que escribía bien, pero que tenía que cortarle como treinta mil caracteres al texto, porque parecía una novela. Les pasa a todos, pero siempre he terminado publicando los textos en otro lado.
¿Cuál ha sido la entrevista más difícil de hacer?
En este momento estoy trabajando en algo donde el entrevistado me decía lo mismo, pero como siempre me veo varias veces con las personas, no tengo urgencia de tener la información inmediatamente. Siempre aplico paciencia. Todas las entrevistas son difíciles, así como toda nota tiene momentos difíciles. Uno siempre puede equivocarse. Pienso que la responsabilidad es mía, porque el entrevistado está ahí para que yo lo entreviste bien y, si algo sale mal, es porque lo estoy entrevistando mal.
¿Y un tema complicado en el momento de investigar?
Los temas para libros como Los suicidas del fin del mundo y Una historia sencilla fueron temas largos, de años. Ahí lo que se complica es sostener la confianza y la convicción de que uno quiere contar esa historia. Cuando se tiene la tensión de cumplir con el trabajo cotidiano y al mismo tiempo querer sacar un libro adelante. Me tomo muy en serio mi trabajo y no lo tomo como una colección de anécdotas, lo veo más como un cosmos grande… Pensar en esos términos es lo más complicado, porque trabajo con una materia prima muy sensible: las historias de la gente.
¿Cómo se da cuenta de que es momento de parar una investigación y comenzar a escribir?
Cuando siento que ya comprendí la circunstancia, pienso que puedo pasar a escribir. Cuando empiezo a chocarme con la misma información, busco y busco y encuentro lo mismo, recojo mis velas y me marcho a escribir.
¿Cuál es su rutina para sentarse a escribir?
Es muy idéntica siempre: termino de hacer todo el trabajo de investigación, desgrabo, imprimo y leo todo el material (no solo la grabación, sino libros y vídeos). Lo que hago es tener muy claro el párrafo de arranque, sin eso no empiezo. Tengo que tener por lo menos diez días libres sin ningún tipo de compromiso, porque para mí el territorio de la escritura es inmersión total, prácticamente no salgo de mi casa, lo dejo todo de lado para escribir.
¿Cómo es el estudio donde trabaja?
Es una habitación de un apartamento grande, rodeado en L por una biblioteca, también con un escritorio en L. Detrás de mí siempre estoy custodiada por el estante de poesía y de literatura, británica y norteamericana.
Usted estudió turismo, ¿de algo le sirvió para ser periodista?
Era una carrera muy bien dictada, con información que podemos llamar de cultura general. Me sirvió porque estudiaba etnografía, folklore, geografía, religiones comparadas o arte, una enorme cantidad de cosas. No aprendí a emitir un pasaje, pero toda la parte humanística me sirvió mucho, porque encajó con mis curiosidades y la cabeza de un periodista debe estar llena de referencias de todo tipo. No fue una pérdida de tiempo.
¿Considera que la crónica es un viaje?
Como toda lectura, si una crónica está bien escrita sumerge al lector en un mundo paralelo y en ese sentido se parece a un viaje: cuando uno está de viaje, está en la tierra, pero en un tiempo y un lugar paralelos. Lo más lindo que tiene la lectura es ese rapto del sentido de lo que rodea, leer 100 páginas y que se haya ido el tiempo. Es un viaje a la cabeza del autor, a la realidad desconocida y a mirar a través de los ojos del otro algo que de otra forma no hubiera detallado.
Usted se considera escéptica, ¿a qué se debe su escepticismo?
No soy paranoica o desconfiada, pero sí veo que el mundo es un lugar con pocas oportunidades para los débiles. Conocí en Medellín a un chico llamado Yidis, él quiere estudiar Filosofía, pero tiene una situación precaria: allá está él y acá estamos nosotros que no hacemos nada. Acaba de cumplir 18 años, su mamá perdió el empleo y vive de hacer malabares en la casa, ¿por qué yo puedo tener la vida que quiero y él no?