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Dos noticias que se cruzan en el tiempo y que nos muestran cómo el eje de las prioridades se está moviendo, se tiene que mover. En Cajamarca con el voto de más de 6.000 personas se da un NO contundente a la explotación minera. Apenas unas horas después el Ideam reporta que la Sierra Nevada de Santa Marta y los demás glaciares están desapareciendo. El daño es irreversible. Nos queda mitigar el impacto, adaptarnos al cambio y tratar de no hacer más daño.
Después de la consulta en Cajamarca se enciende el debate jurídico que no es de poca monta, porque estamos transitando un camino nuevo y, como suele suceder con los cambios históricos, los choques son fuertes, apasionados y las leyes se quedan cortas frente a las realidades que cambian primero. Ambientalistas y defensores del desarrollo se parapetan en esquinas opuestas. Unos y otros, quienes empujan la transformación y quienes quieren mantener lo que se ha entendido hasta ahora como correcto, se tornan fundamentalistas. El tiempo lo va a decantar porque lo ha hecho siempre, pero el mensaje que se dio en las urnas en el Tolima es claro: la gente no quiere minería si eso pone en riesgo el futuro de lo que se come y lo que se toma.
Dicen en el debate que hay minería buena y minería mala, la legal y la criminal, la que mitiga impacto y la que solo destruye. Es cierto, pero el daño hecho por una y otra es inmenso y es tiempo de incorporar otras miradas y otras medidas a los proyectos. Algunos serán viables si su impacto es menor porque no podemos desaprovechar los recursos mineros, pero otros tendrán que dejarse atrás si el riesgo es demasiado alto. Proteger las fuentes de agua, por ejemplo, debe ser prioridad por encima de toda discusión. El costo en vida y hasta en plata, único factor que interesa a algunos, es también altísimo cuando llegan los desastres ambientales.
Ya dirán los expertos si prima la nación o el municipio, de quién es el subsuelo y qué pasa en la práctica con la decisión que se tomó en las urnas, pero algo cambió y es mejor aceptarlo y adaptarse. Como tendremos que adaptarnos al cambio climático que llegó, está aquí y ahora: nos borró de un plumazo buena parte de nuestros glaciares.
Los paradigmas están cambiando y tendremos que aprender a debatir sobre otros asuntos que hace 30 o 40 años ni siquiera nos preocupaban. Pasamos de considerar un logro del desarrollo la “tumbada de selva” para colonizar y el “relleno” de los humedales para construir, a entender que si seguimos al ritmo que venimos no habrá futuro para el planeta ni para los humanos. Valorar los ríos, las montañas, los bosques como tesoros en donde se guarda la vida no es problema de ambientalistas radicales, es cuestión de supervivencia.
Encontrar el camino del desarrollo sostenible que nos permita seguir existiendo, protegiendo de manera prioritaria al ser humano, pero sin dañar la casa en que vivimos, es el reto mayor. Entender que hoy no todo es cuestión de plata como mandan los mercados es vital para que exista un futuro para todos. Tendrá que bajar la temperatura del debate (ojalá bajara la que ha subido del planeta) para que encontremos respuestas para todos, pero es claro que a la planeación de los grandes proyectos hay que ponerle, además del crecimiento y la rentabilidad, las variables de la sostenibilidad y la vida para que de verdad ayuden y no terminen convertidos en un lastre que nos traiga desarrollo cargado de muerte. Empleo sí, pero sin perder las fuentes de agua, regalías sí, pero que no se arrasen los ecosistemas. Inversión extranjera sí, pero sin vender el alma de nuestro futuro. Las cosas están cambiando y, por fortuna, muchos se están dando cuenta aunque algunos los tilden de locos extremistas.