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Y terminaron condenados a eso y por eso que llamaron amor, intentando ignorar por todas las formas que eran una mutua dependencia, sin enfrentarse a la realidad de que él, Nicolás, se volvió cada vez más radical en sus ideas y en sus actos porque ella, Indira, lo llevó al límite y le decía, con o sin palabras, que si no actuaba y si no pensaba de tal o cual manera, se iba y lo dejaba. Ella se aferró al anarquismo porque necesitaba aferrarse a algo que le diera sentido a su vida, y después se aferró a la fuerza de Nicolás y a su hacer lo que ella le pidiera en nombre del futuro.
Terminaron condenados porque juraron amarse toda la vida, con pactos de sangre incluidos, y le fueron fieles al juramento, no a ellos, pues cumplir un juramento era ser un activista con todas las letras, y ser un activista era ser mejor persona, y ser mejor persona llevaba a la transformación de un mundo cada vez más podrido, más inhumano, más débil. Ella exigía fortaleza, y desde que se convenció de que su deber en la vida era pelear con el cuchillo entre los dientes por su ideal, se afianzó a ese ideal sin controvertirlo. Era el ideal por el ideal.
El ideal ciego, fanático, con el que fue arrasando y con el que lo enloqueció a él, un necesitado de amor, de un amor que paliara los desamores de su padre y el olvido de su madre, o los desamores que le habían dicho que sufrían los niños cuando sus padres no eran cariñosos con ellos. Y su desamor fue dolor, conflicto, carencia, ausencia, imaginación, y luego, ya de adulto, la razón por la que se prendó de la mujer que, dirían sus amigos y sus pocos familiares, lo llevó a la ruina. Se condenaron porque se hicieron mutuamente necesarios.
Disfrazaron de fortaleza y lucha su necesidad de amor, su debilidad de amor, y se anularon. Una tarde de invierno, él acató todas y cada una de las órdenes que ella le dio. Le dijo que sí, sí, sí; que iría donde ella le dijera y haría lo que ella determinara, que no haría ninguna pregunta. Una semana más tarde debía salir hacia el aeropuerto para ir hasta Perú a eliminar al líder de los opositores, y luego perderse varios meses. Ya en el taxi, divisó a Indira en una esquina. Tembló. Apretó los puños. Sudó. Le pidió al chofer que se detuviera. Se bajó. El amor es más fuerte, pensó.