De Pablo a Donald

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MIAMI.—Si usted trabaja duro, muy duro, y respeta las reglas, es decir,  juega limpio, puede  llegar al paraíso: el dudoso sueño americano. Lo han dicho todos, demócratas y republicanos,  empresarios,  académicos,  artistas;  los que han partido de cero y han llegado muy lejos.

Aquí “llegar muy lejos” significa, la mayoría de las veces, ser rico y famoso. O tener poder político, como Obama: “Sólo en este país es posible mi historia”, dijo muchas veces. La presentadora y empresaria Oprah Winfrey es el otro ejemplo. Nacida y criada en la pobreza, bajo toda clase de adversidades, es hoy en día una multimillonaria. Hollywood está colmado de estrellas que nacieron de la dificultad y brillan después en medio de una opulencia decadente.

Pero estamos en la era Trump y es claro que su ejemplo cotidiano, repleto de artimañas y falsedades, podría estar enviando una señala perturbadora a las nuevas generaciones, de la misma manera que Pablo Escobar transformó, para mal, la escala de valores de la sociedad colombiana. El billete fácil, el poder a la vuelta de la esquina, el bandidaje para hacerle el quite a la pobreza y conquistar el mundo, el plomo y la sangre como métodos para romper el muro infranqueable de la exclusión.

Trump nació millonario, pero ha jugado sucio la mayor parte de su vida. Supo navegar entre lo legal e ilegal en medio de demandas y acuerdos multimillonarios en los tribunales para no perder casos y enfrentar el peso de la ley. La estafa ha sido uno de sus sellos característicos, exagerar, prometer y no cumplir, inflar cifras, vender humo. Amenazar. Vengarse.

Llegó al poder montado en las mismas tácticas podridas. Llevó la distorsión de la verdad a niveles que no se habían visto en la política estadounidense. Ya no se trató de la destrucción de la honra, o la pulverización de la personalidad del contrincante, como era más o menos lo acostumbrado en las campañas presidenciales. Se trataba de mentir y mentir y exagerar para minar al enemigo, destruirlo sin contemplación alguna. Y pasar por encima de lo que fuera necesario para triunfar.

Eso explica el escándalo, cada vez con más aristas y más explosivo, de la supuesta intervención de los esbirros de Vladimir Putin en las pasadas elecciones presidenciales. Investigan si Trump estuvo involucrado de manera directa en esa maniobra, pero lo que sí se sabe es que hubo contactos entre dirigentes de su campaña y la inteligencia del Kremlin. La piratería cibernética —al parecer patrocinada y decidida en las altas esferas del poder ruso— contra el Comité Nacional Demócrata y la revelación de los correos electrónicos de personas clave de la campaña de Hillary Clinton fueron munición diaria para el discurso incendiario de Trump y la manera como erosionaron aún más la credibilidad de la candidata demócrata.

El terreno estaba pulpito para un bribón de estas características. Pero no por la pobreza ni la desesperanza o el resentimiento de los abandonados por la tecnología, la globalización y la destrucción de la industria manufacturera. La tierra estaba abonada porque no hay una clase obrera y media más alienada con el individualismo exacerbado, el consumismo y los prejuicios ideológicos, que la estadounidense. Y ni hablar del racismo y el fanatismo religioso que corren por las zonas rurales.   

Por estos días, en los que el presidente y el Partido Republicano buscan derogar y cambiar el llamado Obamacare (la ley de salud asequible aprobada por el Congreso y sancionada por Obama hace siete años), se han visto casos patéticos. Hombres y mujeres agobiados por la enfermedad y la falta de recursos que, gracias a ese plan de salud, pudieron salvar sus vidas; trabajadores que ganan el salario mínimo y lograron ir, por primera vez en sus precarias existencias, a un hospital, seguir un tratamiento, tener acceso a los médicos y a las medicinas. Esas mismas personas, en muchos casos, de manera suicida, votaron por Trump, por el candidato que dijo, desde el principio, que quería acabar con esa ley con la que más de veinte millones de personas pudieron contar con un seguro de salud. El anzuelo fue que él haría algo “hermoso”, “inolvidable” que “dejaría a todo el mundo feliz”. “Nadie se quedara sin un seguro de salud”, fueron sus palabras de campaña. Y lo concreto es que el plan de salud de los republicanos dejará, en 2018, a 14 millones de personas sin acceso a los hospitales o médicos. Y a la vuelta de nueve años ese número se habrá casi doblado.

¿Cómo es posible que la gente pobre que vive de los beneficios del Estado vote por quienes quieren limitarlos o destruirlos?

Son dos caras de una extraña moneda. Por una parte, una Casa Blanca que todos los días inventa las llamadas “verdades alternativas”, habitada por  personajes que compiten en la habilidad de mentir o justificar la mentira de su comandante en jefe con información espuria o argumentos retorcidos. Por otro lado, el endiosamiento del mercado, del consumo. Del billete.

Puede que Trump se vuelva en víctima de su propio invento. Puede que el haber llevado tan lejos sus mentiras y sordideces tenga un precio muy alto para su “marca”: la destitución, como le sucedió a Nixon. Eso, por ahora, es imposible.

Pero Washington se ha convertido en una máquina diaria de producir sobresaltos. El vértigo de las revelaciones enreda aún más la maraña de la trampa. La administración Trump está bajo la lupa del FBI. Se suponía que Hillary era la corrupta irremediable y en quien no se podía confiar.

Desde muy joven, Trump ha aprendido a salirse con la suya. Y a caer de pie. Alguna vez Pablo Escobar sintió que era más poderoso que el papa. El uno es un rufián de cuello blanco, el otro era un mafioso y asesino. Pero los dos, bajo su propio estilo, en su contexto social, se podrían hermanar: la permanente demostración de que el juego sucio es el único válido para tener éxito rápido, sin tanto perendengue moralista, y plata. Mucha plata.

@sergiootalora

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