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El primer contacto de Yeudiel Vargas Mateus con la guerrilla ocurrió cuando apenas tenía nueve años de vida y las Farc se tomaron el corregimiento de Sabanagrande, ubicado a cuatro horas del municipio de Sucre, en el sur del departamento de Santander. “Fueron años de mucha violencia, en los que por $150 mataban a un amigo”, recuerda Eduardo Ardila, un habitante del pueblo, quien siendo sacristán vio como los insurgentes asesinaron a su hermano.
Pasaron los años y decenas de sabaneros fueron matados, desplazados o despojados de sus tierras. Sin presencia de la Policía o el Ejército, salvo en época de elecciones, las Farc y el Eln se turnaban el control, ejercían la autoridad y eran amos y dueños de la verdad. Un día de 1992, ante la ausencia del Estado, un grupo de jóvenes, encabezado por Yeudiel Vargas, y el sacerdote de la época asumieron la defensa de la vida y crearon el Comité de Derechos Humanos, una organización que buscó conciliar todos los problemas y evitó que los campesinos acudieran a la guerrilla para resolver sus diferencias.
Sin embargo, el grupo armado ingresaba a Sabanagrande en las noches y se llevaba a las personas para que respondieran por alguna queja o acusación. Si el Comité de Derechos Humanos se enteraba que iban a asesinar a alguien, de inmediato se reunía y se metía en el monte para buscar a los insurgentes y mediar por la vida del campesino. “No hacíamos compromisos, sólo pedíamos que nos devolvieran a esa persona para que ella arreglara su inconveniente con el vecino, el amigo o la familia”, asegura Vargas.
Emilio Sanabria, otro de los miembros del comité, hoy reconoce que sentía miedo cada vez que subían al monte, porque interceder por la vida de otro era poner en riesgo la propia. “No era un trabajo por aparentar o figurar, por eso ha sido anónimo. La vocación lo lleva a uno al riesgo”, dice Yeudiel al indicar que en esa gestión cerca de 200 personas fueron rescatadas y regresadas a sus hogares.
Un año después, Vargas organizó la Junta de Deportes de Sabanagrande y creó los Juegos Interveredales Copa de la Paz, como herramienta de unión. En ese tiempo, los jóvenes andaban armados y cualquier cosa podía detonar una balacera. Así que con esta iniciativa los borrachos se convirtieron en deportistas y, lejos de las tiendas y las cantinas, fueron congregados en una cancha para que se recrearan sanamente.
“Los violentos se tuvieron que ir porque la gente les quitó el espacio y la oportunidad”, reflexiona Vargas al recordar que el siguiente paso fue inaugurar el Festival del Maíz, una fiesta anual para rendirles homenaje a la tierra, a los ancestros y al arraigo del campesino. Cada vereda elige a su reina y organiza su carroza con los frutos de la parcela. En los 12 festivales realizados no se ha registrado ni un solo muerto ni un solo herido. Este evento se transformó en un sello de la paz.
Pero no todo ha sido fácil. Cada vez que la guerrilla o los paramilitares han querido volver, Yeudiel es el primer amenazado y ha tenido que refugiarse con su esposa y sus hijos en la ciudad, revela Gladys Mateus, una mujer de campo que no ahorra esfuerzos para decir que si Sabanagrande no fuera un corregimiento, este hombre ya hubiera sido alcalde mínimo tres veces.
“Lo amenazan porque es un buen hombre, un líder que defiende la vida; a los malos no los amenazan, a los grandes sí”, agrega a sus 70 años Eduardo Ardila.
Pero a Sabanagrande todavía le hacen falta los servicios básicos. La población “necesita hoy salud, infraestructura, educación, apoyo al campesino y un puesto de Policía, es decir, autoridad, porque todo eso también hace parte de la paz”, puntualiza Vargas .