Dos cartas de los lectores

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¿Diálogo?

Buenas tardes, quería señalar que no estoy de acuerdo con el editorial “Dialogar en Venezuela” (El Espectador, 11/03/17) en la medida en que para hablar de un proceso de diálogo entre el oficialismo y la oposición, hay que señalar que éste debe contener elementos mínimos para que se llegue a verdaderos acuerdos, cosa que no se está presentando en el vecino país.

Por el contrario, el editorial debería alentar temas relacionados con la defensa de la democracia, la importancia que en la actualidad tiene la opinión de los contrarios y el respeto por el pensamiento crítico.

La situación en Venezuela nos debería preocupar a todos los latinoamericanos, situación que no se compadece con la gran cantidad de organismos multilaterales que actualmente están volteando la mirada a la miseria y la muerte de seres humanos que buscan cómo salir adelante, ante la debacle diacrónica de un partido político que perdió los límites del respeto y pretende de mil maneras quedarse con el poder, arrancando de la tierra el sentimiento de miles de personas que sufren por sus decisiones.

Es hora de repensar la verdadera posición de la diplomacia en el mundo y la posibilidad de evitar que, como en otrora ha sucedido, tras la mirada impávida de la sociedad, una sociedad caiga en manos de un grupo de personas que con sentimientos populistas lleguen a sobrepasar los límites del contrato que una vez juraron defender a través de una Constitución Política, dejando de lado los valores de respeto, libertad y democracia.

Es hora que en un editorial se hable de la necesidad que tiene el mundo y sus organismos multilaterales para unirse en comunión y verificar realmente lo que sucede con un pueblo hermano que todos los días clama por ayuda, pero estamos sentados esperando un desenlace, sin importar las consecuencias. Ese es el problema de la sociedad moderna, donde se habla constantemente y se enarbolan las banderas de los derechos humanos, sin importar que se defiendan realmente.

Carlos Eduardo Valenzuela.

Feminismo desprestigiado

Me cuesta en demasía entender las mujeres que, con orgullo y desdén, denuncian que el feminismo es una exageración y que no debe caer en radicalismos, como si estuviesen descubriendo que el agua moja. Por culpa de esas posiciones incapaces de entender las complejidades ante las que busca responder el “feminismo”, entendido como una miscelánea de teorías sociales, es que hay un movimiento contracultural actual que amenaza nuestras libertades.

Helena Niño.

Envíe sus cartas a lector@elespectador.com.

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