Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Por la tarde oigo el programa Voz Fariana, hecho por las mujeres de las Farc y dirigido por Yira Castro. Además de noticias sobre el proceso de paz, suenan alguna música de rock nacional y otros joropos o vallenatos. Sobre todo se transmiten comunicados, poemas y entrevistas. Bastantes párrafos se repiten sobre los temas del discurso general de las Farc. Sobre la justificación de la lucha, la oligarquía, las enseñanzas del comandante Manuel, la importancia del “enfoque de género” y el rechazo a la violencia contra la mujer. Pero entre tantas fórmulas recitadas en el credo políticamente correcto de la paridad, hay también testimonios más íntimos. Relatos sobre el pasado y las distintas redenciones dentro de la guerrilla.
Como en una religión (una hinchada o un sindicato) en las Farc se vivía una comunidad de camaradas. Aunque esta igualdad se limitara quizá sólo al lenguaje más cotidiano, este hacía la diferencia. “En el momento en que ingresé pensaba que la guerrilla iba a ser como el ejército”, cuenta Alejandra. “Creía que todos los movimientos armados eran iguales: tratos soeces, empujones, maltrato a los compañeros. Pero luego llegué a las Farc y me dijeron que no, que aquí las palabras soeces son prohibidas. Ahí es cuando empiezo a mirar la solidaridad entre los compañeros. Ahí es cuando me doy cuenta de que yo soy un movimiento”. Hay también, dentro de la narrativa, historias sobre un descontento con respecto al acceso campesino a la educación. “Fue bastante complicada esta vida era llena de tristezas, porque uno soñaba con ser una médica o al menos profesora, pero siempre que llegaban a matricularlo a uno por ahí a los dos tres meses ya tenía que salir corriendo para otro lugar porque llegaban amenazas y se acabó el estudio”, cuenta una miliciana. Explica también que “cuando uno llegaba a otro lugar tenía que llenar tantos papeles que a veces terminaban por decir no. Que ya perdió medio año. Que tiene que traer tantos cuadernos y así, uno se quedó sin estudiar”. Y concluye: “lo que me aporta la injusticia son las fuerzas para llegar aquí. Porque después de buscar acceso al bachillerato, yo sé qué es lo que siente el pueblo buscando lo mismo”.
La emisión de radio trae al público otra narrativa, que se teje sobre el valor de la experiencia política (acumulada a través de una militancia consistente en la izquierda). Mayerli, por ejemplo, explica sus redes y lealtades. “No soy la misma mujer que ingresó hace 23 años a las Farc. Soy completamente diferente porque tengo mayor claridad sobre el porqué de las cosas. Te cuento que mis padres militaron en el Partido Comunista. Aparte de eso mi madre era integrante de la Unión de Mujeres Demócratas, que era una organización liderada por el Partido Comunista. Ahí también militaba yo desde los 13 años. Yo participaba en toda actividad a que llamara el partido, siempre marchamos en familia, fuimos con mis hermanitos bailarines de un grupo cultural del partido. Bailamos el San Juanero Huilense, la Campesina Santandereana y Cachipay, que es un pasillo”.
Imelda Daza, integrante de la Unión Patriótica, también cuenta sobre sus renacimientos dentro de la guerrilla: sobre cómo, cuando hicieron el lanzamiento de la UP en Pueblo Bello, en 1986, ya había grupos paramilitares. “Nosotros fuimos 14 dirigentes que fundamos la UP en el Cesar. La única sobreviviente de ellos soy yo”, explica. “Los demás todos fueron asesinados. Fueron asesinados muchísimos compañeros. Yo me quedé sin amigos y sin compañeros de actividad política y eso infunde terror”.
El experto Steven Dudley dijo esta semana que “les ve poco futuro político a las Farc”. Por su cuenta, dos profesoras del CIDER de Los Andes enumeraron los retos de las mujeres de las Farc para no pasar del fusil al servicio doméstico. Todos se basaron en conjeturas y datos de prensa. Un camino más sería oír a quienes comienzan a contar sus historias de vida. En el pasado hubo que confiar en información experta e interpretada. Hoy solo hay que escuchar.