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La mirada es atenta, el oído se aguza, la piel se vuelve fina, la mente se abre y la conciencia se pone de frente. A Johanna Calle, como a muchos otros artistas, el mundo la toca por las cuatro esquinas, y la música, las realidades sociales, la literatura, entre tantos otros, son materia de inspiración que se traducen en su obra como signos y códigos.
El trabajo de esta artista no se basa en momentos de inspiración o en iluminaciones repentinas. Es el producto de una sensibilidad desarrollada, y de un trabajo juicioso, en el sentido de la investigación que subyace a cada pieza y en la manualidad exhaustiva que implica cada una.
Si hay algo que caracteriza la mayoría de su obra es el gesto caligráfico que dibuja el papel, cuyo significado respalda el concepto de cada pieza.
Variaciones, la muestra que presenta la Galería Casas Riegner, reúne el trabajo de cuatro años de la artista, sus preocupaciones y temas recurrentes.
En una de estas variantes, Calle presenta 33 dibujos basados en una convocatoria nacional organizada por la Fundación BAT y la Biblioteca Luis Angel Arango. La gente tenía que mandar una carta sobre cómo habían superado un momento difícil en sus vidas. Las llamaron Las cartas de la persistencia y más de 5.700 envíos llegaron de todos los rincones del país. Se hizo una selección e invitaron a seis artistas para que propusieran una obra a partir de estas cartas. La artista abstrajo los textos tanto en la manera en la que estaban escritos como en lo que decían. Unos son dibujos con palabras sueltas que evocan esa oralidad donde no hay corrección gramática, otros aluden a cartas confusas, llenas de nudos que se traducen como manchas en el papel y otros tienen citas o palabras legibles que marcan la procedencia de la persona y su lenguaje vernáculo, como “matando incriminadamente”, “habían salido espavoridos” o “hacer torcidos”.
En otra parte aparecen enmarcados unos cuadernos escritos con la técnica de taquigrafía con el método Gregg. Tiempo atrás, la artista aprendió a transcribir 280 palabras por minuto con el fin de convertir el lenguaje verbal en estos signos sueltos poco precisos que recuerdan la elipse. Unos paneles de gran formato captan artísticamente esta alusión a la taquigrafía como mensajes encriptados hechos con pedazos de cable que Calle encontraba alrededor de sitios de construcción.
Los ritmos, la música, los compases, los movimientos también tienen cabida dentro de su obra. Unos finos hilos de seda cosen el papel formando pentagramas con pequeñas variaciones que muestran intervalos. En otras piezas, las letras trazan el registro de un sonido que emula la actividad cerebral captada por un electroencefalograma. El poema de León de Greiff Secuencia del solitario es transcrito en forma de pentagrama para mostrar esa musicalidad del lenguaje poético y su característica casi plástica.
En otra sala de la galería, Calle trabaja el tema de las construcciones informales y su carácter efímero por su predisposición a caer. Unos alambres se adhieren al papel con una sutilidad que contrasta con la dimensión social que denotan estas casas enclenques. Otros dibujos hablan de los planos de barrios del sur de Bogotá, y de manera irregular se van regando esos esquemas desordenados como si se tratase de un crecimiento orgánico.
La plumilla, el rapidógrafo, los alambres y los hilos cuentan historias a través de la experimentación con escritura y sus múltiples formas. El resultado es una muestra de una estética entrañable que invita a leer los mensajes cifrados del dibujo.